Felicidad y productividad en equipos y organizaciones.

“Un ambiente de trabajo divertido es mucho más productivo que uno rutinario. A la gente que disfruta de su trabajo se le ocurren más ideas. La diversión es contagiosa.”
Roger Van Dean.
Hace unos días me presentaron una estadística en la que, entre otros datos llamativos, se exponía que, en España, “el 63% de los empleados se sienten frustrados dentro de su organización”. Supongo que en el término frustrados pueden entrar matices de muy variada índole y naturaleza, pero parece incuestionable la relación y la estrecha correspondencia que en el mundo de los Recursos Humanos existe entre felicidad, rendimiento y resultados.
El caso es que algunas organizaciones aún permanecen con vida aferradas a viejos paradigmas funcionales, mirando con recelo la transformación que se encuentran afrontando determinadas estructuras y poniendo buena parte de su fuerza operativa en la resistencia a cuanto viene o pueda venir. Sea como fuere, nos encontramos, a pesar de tantos y tan acertados pasos emprendidos por innumerables proyectos empresariales, ante unos elevados índices de toxicidad organizacional, algo que, en definitiva, reduce considerablemente la productividad.
En este sentido, se podría llegar a entender que una empresa no tenga entre sus objetivos prioritarios o en su visión estratégica la felicidad de sus empleados, pero sí parece bastante obvio que tenga en sus resultados a final de año un objetivo tan lógico como incuestionable. Cuestión tanto de supervivencia como de proyección. Pero precisamente por esta razón –y otras que ahora no vienen al caso- deberían plantearse algunas estructuras esa correspondencia rotunda entre felicidad y productividad.
Existe y obtiene ya resultados contrastados un nuevo modo de entender conceptos organizativos tan determinantes como la jerarquía, la autoridad, el trabajo en equipo o la misma productividad, asociada a factores como la percepción del logro o la derrota. Vayamos entonces por partes.
1.   Jerarquía. No se trata de volatilizar una estructura organizativa que demarca competencias y otorga responsabilidad; más bien se trata de entender de un modo diferente este esquema, donde se incorpora un factor fundamental, la confianza. Una organización no reparte puestos de mando, sino que estructura funciones en orden al desempeño de competencias con plena vocación de servicio al conjunto del operativo humano. La horizontalidad de la estructura jerárquica no viene sostenida solo por un organigrama más o menos afortunado, sino –sobre todo- por los principios de participación e interrelación que rigen la organización y el grado de identificación de los miembros.
2.   Autoridad/Equipo. Como sostiene el coach –y buen amigo- Joaquín Martín, quien delega competencia, debe estar dispuesto a delegar autoridad, y –añado- también autonomía, factor constitutivo de la confianza. La alta dirección de equipos genera un espacio en el que cada miembro del equipo se siente libre y capaz, protagonista y parte fundamental; construye un espacio donde, en relación al proyecto, cada uno se siente primero alineado y, después y en consecuencia, enviado. La autoridad se concede, se siente y, por supuesto, se comparte en equipo. Signo de esa madurez del equipo, ninguna aportación cuestiona a la persona ni nadie se siente cuestionado; todo se dirige a las ideas y la estrategia. Toda aportación, en definitiva, surge de la responsabilidad y el compromiso, con plena conciencia de la situación y en ejercicio de la libertad necesaria para crecer como equipo y organización.
3.   Productividad. Hablamos de la productividad en su sentido más extenso, donde se entiende que la ganancia o la rentabilidad sólo es del todo completa si de ella participan todas y cada una de las partes de la organización. La organización gana si cada parte de su organismo vivo gana; vence si todas las partes se sienten realizadas y recompensadas. De lo contrario, cualquier logro será parcial e incompleto. Y no parece la mejor inversión para el presente y el futuro del propio proyecto.

Algunos lo llaman ecología de la organización, clima o atmósfera laboral; algunos incluso le otorgan carta de naturaleza encarnada en factores como la motivación, la cohesión de equipos, la superación, el liderazgo... En cualquier caso, parece evidente que la frustración, emoción que desencadena la falta de alineación con la organización, supone uno de los principales enemigos de la productividad. Por lo que atender y destinar recursos para la salud del espacio de los equipos de trabajo resulta cada vez más rentable, superando ya la consideración de moda coyuntural o pose de última tendencia.

Personas felices; organizaciones rentables. Reflexión sobre El principito se pone corbata.

“Cuida tus pensamientos porque se volverán palabras; cuida tus palabras porque se transformarán en acciones; cuida tus acciones porque se convertirán en hábitos. Cuida tus hábitos porque forjarán tu carácter. Cuida tu carácter porque determinará tu destino. Y tu destino será tu vida”.
Mohamat Gandhi.

       Hace algunos días, mi compañero y amigo José Ángel Thomas tuvo la ocurrencia de invitarme a un módulo de Personal Branding para compartir mi escasa experiencia y algunas convicciones con un grupo de futuros coaches. Me llevé muchas enseñanzas pero, sobre todo, pude experimentar con el grupo y sus encendidas aportaciones una certeza: el entusiasmo se convierte en factor decisivo del cambio. No me refiero solo al plano de los resultados, donde también tiene impacto e incidencia, sino a la manera en que ese entusiasmo interior limpia los filtros y contribuye al engrasado del motor que tenemos dentro y que moviliza nuestra existencia.
         Entre el material que José Ángel había dispuesto para el trabajo de ese día, se encontraba un título editorial sugerente que hasta entonces –confieso mi ignorancia- no había tenido la ocasión de abordar, El principito se pone la corbata. Lo tomé entre mis manos en un descanso con mi curiosidad bibliófila y dirigí entonces una mirada escrutadora a mi compañero después de que éste compartiera algún párrafo con el grupo. “Llévatelo”; me lo ofreció con esa generosidad instantánea que tienen por hábito las buenas personas y, sí, me lo llevé a casa.
         “La arrogancia de creer que lo sabemos todo nos impide seguir creciendo y evolucionando”, afirma su autor, Borja Vilaseca. Una lectura fresca, una historia salpicada de encrucijadas vitales que transitan por el desfiladero que separa la oportunidad del cambio de la resistencia atrincherada con que lo habitual nos amordaza. Una historia trenzada de luchas personales, sinsabores profesionales, expectativas incumplidas o sueños rotos por el camino a menudo tortuoso del mundo de las organizaciones. Pero una historia también de ruptura paradigmática que abre un surco en la tierra y espera la lluvia que acreciente la semilla nueva.
         Una historia de descubrimientos y decisiones; de fe ante el vértigo de los cambios inevitables que nos permiten crecer. Acompañamos a unos personajes amontonados en el tedio de la rutina tolerada y asumida; personajes con la necesidad inaplazable de poner en orden lo suyo para –por fin- relacionarse equilibradamente con todo lo de fuera. Una historia que escarba en la finalidad última –más última- de las organizaciones empresariales y en una gestión más humanizada de sus recursos humanos. Una historia que deja atrás el victimismo reactivo que nos anestesia el alma y que trata de combatir y poner fin a los dos grandes enemigos del ser humano, la ignorancia y la inconsciencia.
         No se trata tanto de crear una identidad nueva cuanto de recuperar la esencia de nuestro ser, esa que posiblemente se haya visto enterrada por una montaña de falsas creencias que engendraron nuestro ego y su tiránico modo de llevarnos por la vida. Un camino de purificación personal duro y complejo, pero agradecido con quien lo emprende y persiste; que provoca el verdadero cambio que nos cambia: la manera de observar la realidad.
Al fin y al cabo, alejado de cualquier narcisismo paralizante, el mayor de todos nuestros retos es conquistarse a sí mismo, descomponer el propio ego y conectar con tus valores más esenciales. Tan válido para la persona como para la organización, quizá se trate –como apunta el autor- de algo sencillo, algo tan revolucionario como “poner lo esencial en el corazón de la estrategia”.

#RetoPDC2014. Una experiencia educativa.

“No mires hacia atrás con ira, ni hacia adelante con miedo,
sino alrededor con atención”.
J. Therker
Entramos en la meta de la mano, porque todo el curso no ha dejado de ser precisamente un mano a mano para encontrar motivos, descubrir razones y compartir emociones que nos acercaran al objetivo que hemos compartido. La cuenta atrás decidimos comenzarla cuando quedaban 124 días, una cifra ya mágica para cada uno de nosotros.
El #RetoPDC2014 ha sido toda una experiencia vital que han protagonizado un grupo de alumnos de ESO adscritos al Programa de Diversificación Curricular de mi cole, y que he tenido la fortuna de acompañar como profesor del ámbito socio-lingüístico, pero, sobre todo, como coach y... compañero de equipo. Para quienes no estéis relacionados con el mundo de la educación, debéis saber que se trata de un Programa de Estudios orientado a un tipo de alumnado muy concreto, que debe cumplir una serie de requisitos, resumidos en dos fundamentalmente:
1. La dificultad para alcanzar los objetivos que les permitan conseguir su titulación en ESO.
2.  Y su interés, sin embargo, en hacerlo posible. Para todo ello, se adapta el currículo, se flexibilizan los contenidos, sin dejar de trabajar los objetivos generales.
Ellos saben perfectamente que no han sido los mejores estudiantes de la etapa; que no siempre aprovecharon el tiempo lo mejor que pudieron; o que les cuesta llegar a ciertos niveles de exigencia que otros compañeros alcanzan. Pero ellos curran ahora como auténticos campeones y -como tantos otros- tienen sus días buenos y también sus días… mejores (jajaja). Eso sí, estoy convencido -antes de que ocurra- que van a obtener, a pesar de todo, su título de graduado en ESO, y esa será su victoria completa ahora.
Han sido 124 días de auténtico aprendizaje para cada uno de nosotros. El #RetoPDC2014 ha consistido en preparar una carrera de 5 km, con entrenamientos planificados semanalmente, adaptados a su situación y revisados cada lunes. La voluntad, la disciplina, el esfuerzo, la constancia, la superación, entre otros valores, han sido nuestros compañeros de camino estas inolvidables semanas. La comunicación entre nosotros, la posibilidad de dedicar un tiempo a descubrir y compartir sensaciones personales en grupo ha sido estimulante en todas las dimensiones: mental, emocional, física... Íbamos descontando día a día como quienes saltan vallas o salvan el peldaño de una larga escalera; constancia, tiempo, paciencia...; y las semanas volaban hasta que -por fin- llegó el momento; el día y la hora. Sábado, 31 de mayo. Montilla, 22:00 horas. XI Carrera Popular “María Auxiliadora”.
El #RetoPDC2014 fue posible por muchos factores. Ellos –Ángel, Jorge, Abrahán y Antonio- han demostrado algo realmente valioso para muchos de sus compañeros y profesores; algo que tiene un valor fundamental; algo que nos queda –por lo menos, a mí- como su mejor lección, sintetizada en estas claves:
1.   Ser conscientes de que hay cosas que CAMBIAR en ti y la necesidad de hacerlo ¡YA!
2. Quererlo, desear el cambio. COMPROMETERTE día a día con él, hasta cuando creas que cuesta tanto que no está hecho para ti. Entonces necesitas descubrir que realmente se trata de una falsa creencia. Vas a poder; vamos a poder.
3. Experimentar la DIFICULTAD; mirarla a la cara. Probar el miedo y la posibilidad –como en otras cosas- de rendirte y… ¡NO HACERLO!
4.   Vivir la fuerza inspiradora del grupo. Sentir la responsabilidad de construir un EQUIPO, ser y sentirte parte de él. El equipo sostiene en los peores momentos.
5.   Sentirte orgulloso de tu mejor ESFUERZO. Repetirte que el verdadero logro no es llegar, es la manera de hacerlo, esa que te hará soñar con otros desafíos y muestran tu forma de afrontar la VIDA.
6.   ¡Celebrar los LOGROS! La vida depara todo tipo de momentos, pero es tu ACTITUD la que marca la diferencia. Hay que celebrar la vida, cada uno de sus instantes. Puedes elegir que cada cosa que te suceda esté para beneficiarte o fastidiarte; o, en cambio, puedes elegir que está para enseñarte algo.

El #RetoPDC2014 quizá no haya cambiado nuestras vidas de arriba a abajo, pero sí le ha proporcionado nuevas claves que nos ayudan a caminar con un espíritu renovado, más fuerte. La distancia no importa, el tamaño de los retos los marca tu corazón. De todas formas, la superación es generosa con quien la busca; lo mejor no son los resultados, sino la oportunidad que te concede de ir descubriendo quién eres.

Afortunadamente tenemos vida, instantes, camino y, sobre todo, nuestros pasos, esos que decidimos dar ahora y que nos pueden acercar -depende de nosotros- al gran objetivo marcado. El mejor reto es el que empiezas; la mejor batalla es la que ahora libras. El destino se construye; y lo haces con el paso que das en este momento ¡Gracias, AMIGOS, por la experiencia! Vosotros, vuestro entusiasmo, vuestra exigencia y vuestra vitalidad también me han permitido hoy ser algo mejor profesor que hace un año y, sobre todo, mejor persona. ¡GRACIAS por compartirlo!

Pasó la noche, amor. (Presentación de la novela de José M. Núñez)

Entre las páginas heladas y a un tiempo ardientes de El hombre en busca de sentido, Victor Frankl escribe como sin conceder importancia al mensaje: “La vida cuyo sentido último dependa del azar o de la casualidad para mantenerse viva seguramente no merece la pena ser vivida”. Acaso solo una hermosa y acertada sentencia si no estuviera forjada por ese hierro fundido con que se sellan las horas del ser humano en un campo de concentración.
¿Qué cabe esperar del destino cuando te sientes devorar inexorablemente por él?, ¿cuál es la esperanza que queda ante la ausencia de reglas a las que atenerse para continuar con vida?, ¿Qué te pertenece, al final, de ti, tan tuyo en esencia, que nada ni nadie pueda arrebatar ni siquiera con esa caricia fría con que las sombras acechantes anteceden a la muerte?
Al fin y al cabo, en medio del pánico en el que se siente zozobrar el ser humano, puede que el verdadero drama de la existencia sea precisamente ese: carecer de sentido, del propósito que este dispensa y la acción a la que empuja y compromete.
Nos sumergimos en una novela histórica generosa con el lector, rebosante de vida, sin reparos en entregar en cada renglón el alma de las palabras; palabras que van cosiendo cada historia con puntadas de pasión y pinchazos de descarnada ternura; una novela de José Miguel Núñez limpia en su propuesta literaria y liberada de todo prejuicio que terminara por arrinconarla en la realidad monocorde de los estereotipos.
En Pasó la noche, amor, aunque atrapa el contexto, ese modo tan singular que el autor tiene de acercarse a un tiempo y un espacio tan inhóspito y desagradecido, conquista y rinde definitivamente al lector la fuerza de su historia, la explosión de unos personajes rotundos, abiertos en canal a la grandeza pero también –precisamente por esa apuesta- a la miseria de la vida, a la contundencia –siempre imprevisible- de la existencia desnuda. Te ata desde el principio su vitalismo cercano y entrañable, sin estridencias ni brindis alguno a la afectación desmesurada.
Se trata de una novela en la que se cuida con suma delicadeza el hilo de sus historias entrelazadas, dos tiempos distintos que juegan a anudarse dentro de un único espacio posible que como escenario total se nos entrega, el escenario más apasionante posible, inmenso y pequeño: no es otro escenario que el alma humana, la entraña, su urdimbre frágil y robusta a un tiempo; el alma humana despojada de todo ropaje que confundir pudiera sus adentros.
Y la vida, esbelta en su desnudez, mágica en su espontáneo y sincero derroche de gestos; la vida, tanta vida agarrada a la tierra que nos sostiene...
Al fin y al cabo, vida en la literatura y literatura en la vida, el diálogo eterno de este arte noble y caprichoso de escribir al que magistralmente juega José Miguel en su novela.
Creo adivinar que el propio autor se ha enamorado del género, no hay más que leerlo y comprobar cómo consiente y hasta bendice, en rendida complicidad, el coqueteo de la realidad y la ficción… Bueno, yo me atrevería a decir que hace que se fundan realidad y ficción hasta provocar que una y otra por fin se entreguen con pasión en ese baile inagotable de pesadillas y sueños que solo este género te permite como licencia creativa.
José Miguel -afortunadamente- no puede esconder ni reprimir su llama poética; ese arrebatado impulso lírico que desprende el aroma de sus adjetivos al contactar con la piel de los nombres, de los nombres que hacen posible y custodian la vida de los seres, de las emociones, de las cosas…
Por momentos, alcanza a oler su estilo sensorial y preciso a alta literatura, algo que demuestra la naturalidad con que el autor se relaciona con el lenguaje místico. Precisamente esta virtud es la que, sin duda, le permite desarrollar esa capacidad tan personal, tan genuina para rastrear el alma humana, ese hermoso y preciado don para adentrarse en los pliegues y espacios más recónditos de sus personajes, allí donde solo se encuentran los triunfos y las derrotas más íntimas, oquedades y anhelos; allí donde permanecen aquellos sedimentos del alma incluso inaccesibles para la propia conciencia de los personajes creados, acaso solo disposición del narrador omnisciente y el afortunado lector.
Tiene el mérito de elevar de pronto el tono, de subir a la cima expresiva, de hoyar una de las cumbres en la cordillera de la novela y, tan pronto como alcanza ese clímax literario, mostrarse capaz de rebajarlo en función de los tiempos, los personajes, las escenas… hasta el punto de orillar en un estilo más abrupto, directo, severo, propio de un cambio de registro narrativo dentro de la misma obra. Estilos en el estilo, novelas en la novela. Postura moderna bien ensamblada y acertadamente dispuesta. Una suerte de transiciones narrativas compleja de la que el autor no solo sale airoso, sino en la que incluso se recrea haciéndonos disfrutar.
Descripciones medidas pero generosas, en las que, en una sintaxis casi simétrica en sus proporciones, pasean luminosos sintagmas y evocadoras metáforas. En definitiva, múltiples combinaciones de términos que tienen la fuerza que solo pueden darse las palabras que se prestan esencias, palabras que se entregan en cuerpo y alma tan solo al intuirse, al rozarse en el papel.
Hay dominio de la técnica de la conversación, espontaneidad en los diálogos que hace que se conviertan en verdaderas arterias de la novela. Hay lucidez conceptual y seguridad en el lenguaje. Nada, por tanto, está forzado ni escaso. El autor de Pasó la noche, amor aprovecha todas las posibilidades que el género dispensa y nos regala un estilo fresco, matizado, amable en su justa y discreta abundancia.
Fluye la palabra en boca de los personajes de tal manera que los percibimos llenos de vida, de expresión, abrazados a sus perfiles sinuosos, aferrados a sus matices, desde los que nos donan todo lo que son, todo lo consentimos que sean y –por qué no, aceptemos el rapto de la literatura-, todo lo que ellos, en ese despliegue abundante de sus almas intrépidas y palpitantes, llegarán a ser en nosotros.
Pasó la noche, amor se balancea entre el impulso muy bien medido de dos tiempos y los empujones de una realidad y una ficción que sortean todo tipo de pruebas para convertirse en una verdad toda, incontrovertida, donde la verosimilitud desprende el aroma de lo cierto. La realidad como esa verdad histórica, encajada, sometida al dictamen de lo probado; y la ficción como esa verdad que emerge de los anhelos y construye nuestra mente, nuestro corazón; la ficción como esa verdad no acontecida fuera, pero rescatada del más hondo tejido humano, en ese lugar recóndito donde se producen los estallidos del ser. Si no es cierta esa verdad tan íntima, por no estar fuera, ni probada, ¡qué mentira tan verdadera nos navega dentro a cada uno de los que somos!
Pues sí; la ficción es verdad, tan sólo una verdad en otro estado. Quién podría negar la verdad de la ficción, o la verdad que de entre sus brazos de cristal nos rescata el escritor ávido y apasionado. Quién podría entonces negar la verdad que se adentra en el mapa emocional de la persona y, si no acontecida fuera, en el mundo de los hechos, sí vivenciada dentro, en el universo de las emociones.
Trae ficción, José Miguel, como quien sueña la verdad completa de las cosas y la esculpe con pensamientos frescos y palabras hondas. ¿Qué verdad trae la ficción que no se deja someter…? Ficción y realidad, tan verdad ambas como verdadera es la niebla que oculta las cosas; como verdadera es la incertidumbre que va tejiendo libre sus miedos al no verlas; como verdaderos son los presentimientos que acunan la sospecha y el frío; como verdaderas son las sombras que aciertan a distinguirse al comenzar a levantarse; tan verdadero, en definitiva, como todo lo que dentro de nosotros surge por cuanto existe y aún no vemos.
Nos deslizamos por una historia que encandilará al lector por la rotundidad de sus imágenes, el poder evocador de su lenguaje, el modo de disponer en el relato las historias, los momentos, el amor, el odio, la culpa, la pasión, el abatimiento, la esperanza, el perdón, la impotencia, la miseria, la coherencia…, todos ellos rasgos que trazan el escarpado contorno de la fragilidad y la inconsistencia humana en medio de un mundo tan vibrante como desconcertado.
         Es una novela muy de autor porque arrastra hasta la orilla de sus renglones al inquieto profesor de filosofía; porque interpela al teólogo que cuida y alimenta su fe; porque, después de todo, acude a ella el hombre apasionado en busca de lo que todos, en algún momento, buscamos: sentido.
         Precisamente en la búsqueda de sentido cobran vida y fuerza los protagonistas de la novela, que desfilan en mundos sin oxígeno, engullidos bien por la espiral del odio y la sinrazón –como es el caso de Bartolomé en un tiempo-, bien por el vértigo de las decisiones y por el hastío en ocasiones febril que provoca la culpa, como ocurre con Carmen en el otro tiempo. Una primera historia ascendente y desafiante; y una segunda, descendente y claudicante. En cualquier caso, dos historias que juegan a anudarse y comparten esa búsqueda de sentido en medio del sinsentido.
         Advertía el recordado Octavio Paz que “las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo”. Y así podemos atestiguarlo a lo largo de la obra. Si ha habido quien tuvo la firme voluntad, la decisión libre de enterrar su rencor antes que incluso su propio cuerpo, ¿quiénes somos y seremos nosotros para elegir odiar; quiénes para, aunque sea incluso por puro instinto de supervivencia emocional, masacrar otra vez al alma humana que tirita a la intemperie víctima de un mundo a menudo quebrantado?
Por encima del trazo cuidadosamente esbozado, perfilado con maestría por el cincel de las palabras exactas, hallamos en el testimonio vital de Bartolomé Blanco claves, actitudes, gestos, palabras que, ante la ausencia de una explicación, regalan sentido como quien regala melodías para llenar el silencio atronador de la barbarie y la nada. No cautiva la canción por su duración, sino por su intensidad, por la cadencia de esa inconfundible melodía que alguien apasionado comenzara tímidamente a entonar y que ya nada ni nadie pueden acallar.
Ni el aguijón metálico de unas balas en la noche, ni el grito sordo y agónico de la última y acechante oscuridad, podrán hacer estallar las costuras del espíritu indómito. Podrán romper el cuerpo, pero no la historia. Podrán desgarrar los corazones amantes, pero no la huella de la más pura ternura; podrán cuartear las emociones entregadas a otras vidas, podrán segar las propias vidas que respiran ese aire insuficiente en el que habitan, pero no podrán eliminar el aire que limpiaron y perfumaron con su entrega, con su pasión y hasta con su propio tormento.
En Bartolomé se recrea el valor de la integridad; la coherencia se encarna en su compromiso social. Contemplamos una personalidad limpia, rica, dinámica, sin fisuras; una extroversión impecable en las formas y también en el fondo. Ni muros ni paredes jalonan su alma rotunda, abierta, expuesta. Una personalidad que terminará por demostrar que todo destino se elige, porque lo hacemos cada instante, cada hora, cada día… que el destino no es más que tu propósito, tu actitud, la alineación con tus propios valores; y que seremos lo que hoy plantamos, con nosotros o sin nosotros aquí.
El protagonista de Pasó la noche, amor se adentra en el mismo ojo del huracán de un tiempo socialmente convulso, una política deshumanizada, y una mentalidad dilemática que termina por polarizar las posturas, alejar más aún los extremos, y arrastrar a las personas al abismo inmisericorde del recelo, justo allí donde supura la herida abierta y se desbocan resentimientos y prejuicios; justo allí donde se muestra más descarnado el problema de la absolutización de la ideología y el daño que esta puede infligir en el corazón humano.
Dónde están entonces los vencedores; dónde los vencidos cuando el tiempo asienta la polvareda del conflicto vergonzante; cuando permite ver con mínima nitidez la realidad, y puede comprobarse ese campo de batalla en que se convierte la historia con otro episodio de horror y destrucción que aniquila almas y extermina a hermanos. De nuevo Caín y Abel, Abel y Caín aferrados a la piedra que un Sísifo exhausto se empeña torpemente en encumbrar.
Traza José Miguel con mimo el contorno de una sociedad confundida, errante, aturdida, sorda y vociferante a la vez. Una sociedad plural que a menudo confunde la cohesión con la uniformidad. Y lo hace aprovechando la expresión contundente del humilde sillero, del sindicalista católico que devora el camino con sus pasos decididos en pro de la justicia; lo hace –cómo evitarlo- sumergiéndose la explosión de vida que hay en Bartolomé, ese humanismo cristiano que lo moviliza y compromete. Hay tanta hondura en el personaje, en el hombre claro, sereno y activo, soñador; ese mismo que firme camina con los pies en la tierra y el corazón en las estrellas… El hombre que cree, que tiene propósito y tiene esperanza; que ha interiorizado el valor del asociacionismo y su insustituible función de integración social. El cristiano que se indigna por las atrocidades y los abusos, con los postulados contaminados y las intenciones perversas. El sindicalista católico inteligente, astuto, que se sitúa por encima del tactismo partidista que hizo que la política se olvidara de lo fundamental, el bien común; que no consiente que ningún partido patrimonialice el mensaje cristiano, ni tampoco que el sindicato católico se ideologice y alinee políticamente. Y todo ello sin más armas que la fuerza de los argumentos, el peso y el poder de la palabra llena, la consistencia que el sentido común impone en los labios rebosantes del ser humano que vive íntegro.
No abandonemos a su suerte al resto de personajes que hacen robusta a la novela. Hay en sus conflictos internos, en sus luchas emocionales, en sus cuentas pendientes con ellos, una implosión que hace vibrar su interioridad más íntima y acaso oculta. Asoma en ese trabajo de escultura literaria que aborda el autor con sus personajes –reales y ficticios- el eco incendiario del realismo ruso, esa virtuosa cualidad de horadar las paredes del alma humana para contemplar y hacer contemplar al lector los mismísimos pliegues en los que se atrinchera, no siempre manera consciente, la persona que somos. Hay literatura en mayúscula…, hay ficción en los personajes reales y realidad en los personajes ficticios, y a pesar de todo -o por eso precisamente-, verdad en todo ello.
Hay heridas, heridas muy dentro; y hay cicatrices que tapan alguna de esas heridas; pero no su huella, grabada con tinta indeleble en el mapa emocional de sus historias tan distintas y tan semejantes, tan distantes en el tiempo y tan cercanas y próximas en el alma de los personajes. Qué sucede cuando todo se trunca, cuando se aviene lo inevitable, cuando el tren de la vida descarrila sin llegar a todas las estaciones del viaje, cuándo sentimos cómo el golpe seco del vacío llega hasta lo más íntimo…
En escenarios personales diferentes, comparten todos los personajes la inflexión de sus pequeñas o grandes tragedias; el sorbo amargo de la copa que sin contemplaciones le acerca el mundo; el mordisco rabioso con que les desnuda a dentelladas la realidad. Como percepción y emoción humana, toda tragedia lleva impresa en su inexplicable realidad la textura desgarrada y porosa del dolor. Su descarnado gesto, su despiadada sentencia, desangra y exprime el corazón de quienes no tienen más remedio que mirarla a la cara.
Y ante lo trágico, la inconsistencia de la palabra humana, las promesas que se elevan inciertas, discontinuas, difusas… Ante tanta incertidumbre, poco más que la posibilidad cierta y robusta de la fe sin límites. Ante la ceguera y el despropósito, la posibilidad de encontrar un sentido último a tantos pasos rotos que terminan en el paredón donde acribillan los sueños. La fe para que, más allá de ese escenario agónico en el que zozobra el ser, aviste el corazón empapado de anhelos el mundo que esperamos.
No hay victoria, tampoco derrota. Quizá la novela nos muestre que el verdadero fracaso es no disponer de un sentido que abrace nuestro propósito y cosa nuestros pasos a la tierra que pisamos. Quizá, Pasó la noche, amor, pretenda agarrada a sus personajes realzar el valor, la valentía de quienes, revestidos de tan humana dignidad, deciden caminar o detenerse con la herida abierta y no sucumbir –por ello- en el cenagal del odio, atrincherarse en las oquedades del miedo o entregarse a los dictados llameantes y abrasivos del rencor.
Caminar sin reparar en el daño, en las consecuencias que lo inhóspito o trágico del camino deparar pudiera; caminar hacia la luz que no ves, pero presientes y te agita por dentro hasta mirar cara a cara al miedo, a la nada que hace tiritar el alma y busca desnudar la esperanza. Y, de pronto, escuchas dentro de ti, como rompiendo la noche, una voz queda, entera, solemne, amplia: “NO TENGAS MIEDO, DIOS TE SOSTIENE”. Silencio atronador, recogimiento…; es el amor fundante que se abre paso como luz en la oscuridad. Tampoco en la desesperación… El amor nunca llega tarde.
Después de todo, y en espera de que se rompa la noche y despunte definitivamente el alba; de que se disipen las sombras de la oscuridad, nos cabe al menos la certeza -como afirma Víctor Frankl- de que “ni siquiera la libertad es la última palabra; es –tan solo- una parte de la historia y la mitad de la verdad”.

En Pasó la noche, amor hay una última palabra que se entrega a las garras de la noche oscura para conquistar la propia existencia; una última palabra antes de la paz y la libertad que nos esperan al cruzar el descampado de las sombras; una última palabra que alimenta nuestra voluntad. Una última palabra al pasar la noche: AMOR.

Si hay pulso, hay vida. Si hay vida, hay llama.

“Nunca es demasiado tarde para ser la persona que podrías haber sido”.
George Eliot.

         Es posible que te encuentres atravesando un momento delicado; de algún modo, todos lo vivimos. También es posible que lo hayas pasado y conserves su huella en forma de cicatriz mental o emocional. Cabe la posibilidad de que todo hasta ahora haya sido plácido en tu vida. Sí, es posible. Pero, de ser así, no te extrañes si de pronto cambia el viento, viene el rostro adverso de los días y, por alguna razón que incluso en este punto desconoces, pretende quedarse. No importa, lo mejor de cada desierto es la fortaleza con que su experiencia condecora tu alma.
En cualquier caso, a pesar de que ciertas sombras traten de cernirse sobre nuestros pasos, se puede vivir en la certeza de que nada de lo que en esencia somos se apaga del todo. Se puede vivir con la seguridad de que parte de lo que en esencia somos, y que aún no hemos desarrollado, terminemos por descubrirlo de una vez y lleguemos a vivirlo, a compartirlo, y, por supuesto, a disfrutarlo. Así es el ser humano en su sencilla pero maravillosa complejidad.
         Buena parte de nuestro crecimiento y desarrollo personal pasa por mirarse dentro, asombrarse de ese espacio tan singular y entenderse con la propia interioridad; por trabajarse esa estructura personal que nos sostendrá y también nos impulsará. Buena parte de esa oportunidad para impulsarse pasa por no tener miedo y emprender definitivamente la aventura de adentrarse y conocerse; pasa por respirar profundo y reconocerse en la profundidad del ser que eres, quieto y dispuesto al mismo tiempo.
Y entonces… ¡estallas!, tienes la sensación que solo vives para expresar y compartir tu persona, radiante y vulnerable a la vez. Y entonces, la inspiración te envuelve porque vives en y desde la experiencia de encontrarte, de descubrirte, de comprenderte. Entonces vives en la continua necesidad de alinearte con el ser humano que en esencia eres. Y para entonces, el talento se convierte en expresión natural y limpia de tu don; y la creatividad, en el torrente incontenible que canaliza esa energía que va de dentro hacia fuera como una fuerza centrífuga vital realmente mágica.
Si hay pulso, hay vida; si hay vida, hay llama, por muy inconsistente que podamos sentirla en esos desconcertantes instantes de zozobra vital. No muere la esencia mientras tu corazón lata; está presente en tus latidos de cristal que parecen quebrarse entre el ruido caótico de los días inconexos, desapasionados. Pero no muere la esencia porque avivar el fuego del ser depende de nosotros. Se trata primero de una decisión, de resistir el ciclo caprichoso de las emociones; de querer después esa luz que eres y provocar así las condiciones que la impulsen. Nadie es tan débil como para no encontrar la fuerza que tiene dentro.

Al fin y al cabo, la prueba de haberte encontrado parece bastante sencilla. Sabrás si has llegado de un modo precioso y verdaderamente valioso. El viaje al centro de tu corazón te empujará irremediablemente a salir, a emprender ese camino de vuelta que, después de todo, solo encuentra en el otro la posibilidad anhelante de completarse. La esencia humana es, en definitiva, vivir la experiencia de encontrarse, conocerse y comunicarse abiertamente…, trascender.

El liderazgo tóxico.

“El pesimista se queja del viento.
El optimista espera que cambie. El líder arregla las velas.”
John Maxwell

El éxito de la alta dirección y los directivos en las organizaciones no va siempre asociado a la perfección personal, entre otras razones porque, sencillamente, no existe. De hecho, quienes la proyectan tienen luego dos opciones ante sí: o la necesidad de replantearse su modelo de liderazgo o, de otro modo, la obligación de cavar una trinchera que, con frecuencia, termina por dinamitar el puesto, fagocitar el proyecto y, lo peor, dañar la persona.
El modelo de liderazgo tiene mucho que ver con nuestras convicciones, con nuestra preparación, con nuestra trayectoria, también con nuestra experiencia. Pero, sobre todo, nuestro liderazgo habla, por encima de cualquier otra cuestión, de nuestra personalidad; del modo en el que gestionamos nuestras creencias, emociones, energía... y de la manera en que todo esto impacta y afecta al entorno liderado.
Si bien parece complejo dar con la fórmula del éxito, no parece tarea tan difícil trazar una serie de claves que dibujan el contorno de un liderazgo tóxico. Y es que la tensión evolutiva de las organizaciones la viven todos sus miembros; su realidad dinámica se hace patente a fuerza de haber caído una y otra vez, y de haberse levantado y recrearse en otras tantas ocasiones. De ahí que puedan advertirse alguno de los rasgos de un liderazgo tóxico que debilita las estructuras organizativas y amenaza con llevarse por delante a los proyectos y arrastrar con ellos a las personas que los sostienen y procuran su vida.

1.   Respecto a la organización. El líder tóxico gasta gran parte de su energía en hacerse un espacio dentro de la organización. Forma parte de sus prioridades. Legítimo, por supuesto, si no fuera por lo que está dispuesto –y a quienes está dispuesto- a dejar en el camino hasta llegar a crear ese sitio. De modo que no repara en mostrarse muy atento, complaciente y hasta servil con quienes son sus jefes y tienen en su mano elevarlo al altar del poder. Su propósito está claro y, llegado el momento, utilizará expresiones como dar la vida por esta empresa cuando lo que quiere expresar es su firme e indiscutible convencimiento de que nadie, sino él, está tan preparado y lo merece tanto. Hay un componente de ególatra suficiencia que lo distancia de la realidad y lo sumerge en una espiral centrípeta.

2.   Respecto al proyecto. El líder tóxico no lo considera el proyecto organizacional o institucional, o la concreción de éste en su ámbito de gobierno o decisión, sino más bien su proyecto. Por tanto, quien cuestiona al proyecto lo cuestiona a él o ella y también cuestiona su función como líder. Suele hacer de cualquier consideración concreta, parcial y puntual que se aparte de la línea marcada una amenaza a la totalidad; siendo la totalidad el proyecto, y el proyecto, él o ella. El equipo, parte fundamental del liderazgo, perderá entonces su función, y con el tiempo habrá quienes lo abandonen o quienes, por la razón que sea, estén dispuestos a asumir su función casi decorativa. Pero lo analizamos a continuación.
 
3.   Respecto a los compañeros. El líder tóxico dice trabajar en equipo y confiar en las personas, pero en realidad establece un modelo de delegación que genera disfunción, confusión y, por tanto, desconfianza. Su manera de delegar consiste a menudo en repartir tareas preestablecidas; no acordadas. Por lo general, desconfía de las aportaciones de otros y, sobre todo, de la intención que pueda haber detrás de ellas. Además, suele entender la lealtad como sumisión, por lo que no quiere personas leales en su equipo, las prefiere sumisas y premiadas afectivamente por tal actitud para crear sistema y estructura. La toxicidad del liderazgo en la alta dirección consiste en delegar sólo tareas, rara vez funciones o autoridad. El líder tóxico tiende a llevar mal el éxito de ciertos miembros de su equipo, porque ve en su talento y brillo una posible amenaza para su estatus, por lo que, llegado el momento y sin perder la oportunidad, habla mal a otros del ausente o los ausentes amenazantes, creyendo que así los debilita más y sale reforzado. Rara vez se cumple este propósito. Por otra parte, pensará que la información es poder, y llevará razón, pero difícilmente ese tipo de poder podrá ser beneficioso para su proyecto, su equipo e incluso –al final- para él o ella.

4.   Respecto a las emociones. Cuando siente la presión o la tensión natural del ejercicio de las competencias y las decisiones, el líder tóxico recurre con cierta frecuencia -públicamente o en el marco de su equipo- a su compromiso inquebrantable y sin fisuras con el proyecto y a la carga de trabajo que soporta por el bien de todos. Para entonces, parte de su equipo se sentirá culpable de no poder hacer tanto como su líder y agradece -por un tiempo limitado- tener a alguien tan capacitado, competente y bueno. Además. El líder tóxico realiza pequeñas concesiones en algún momento que no tendrá reparo en utilizar de manera desproporcionada cuando sea necesario.

5.   Respecto a sí mismo. El líder tóxico dispone de cualidades y habilidades incuestionables; tiene talento -por supuesto-, pero su  problema es que lo devora la ambición. Por lo general, posee un alto concepto de sí mismo, pero con una autoestima tan quebradiza que necesita permanentemente de la aprobación y el reconocimiento de los demás. A veces delimita con equívoca ambigüedad el sentido de la responsabilidad y su relación poco sana con la perfección, algo que le hace disminuir sus niveles de tolerancia a la frustración. Quizá lo peor es que, aunque en ocasiones luche para que no resulte así, no acaba de disfrutar con lo que hace. De ahí su permanente insatisfacción.

El liderazgo tóxico es perfectamente reconocible, y casi todos los que en algún momento hemos desempeñado tales funciones hemos mantenido una relación a corta, media o larga distancia con él. La cuestión es que todos salimos dañados cuando, de alguna manera,  su insaciable espiral nos absorbe. Nada tan imperfecto como la perfección malvendida. Hay y vendrán nuevos modelos de liderazgo y estimulantes teorías, pero –como casi siempre- serán las personas las que conviertan en válidos y valiosos los horizontes a los que las palabras apuntan. Después de todo, como señala Brian Tracy, “la integridad es la cualidad más valiosa y respetada del liderazgo”.

Liderazgo providente. En el camino inestable.

“Las cosas y los estados pueden darte placer; pero no alegría.
La alegría no tiene causa, surge desde dentro”.
Eckhart Tolle

Liderar forma parte esencial y constitutiva de la propia vida. Cuando tomamos decisiones lideramos; pero también lideramos cuando dejamos de tomarlas. Cuando tomamos la iniciativa sobre aspectos que nos afectan a nosotros mismos o a los otros, lideramos; y también cuando dejamos de tenerla. Después de todo, optar es liderar, y la vida –de mayor o menor trascendencia- es un constante ejercicio de opciones.
Liderar es asumir el protagonismo que a ti -y a nadie más, por la existencia que se te ha concedido- te pertenece; liderar es tomar conciencia de quién eres, adónde vas, con quién o quiénes quieres ir, para, llegado el momento, no terminar por recluirte en ese socorrido papel de víctima que culpabiliza al resto del mundo por todo lo malo que te sucede. Liderar forma parte del comportamiento humano y es una conducta natural, una magnífica oportunidad para ser y convertirte en quien has decidido. Liderar es nada más y nada menos que descubrir, descubrirte, proyectarte y -algo que otorgan los otros- trascender. 
El liderazgo providente aparece como la apuesta personal y de equipo que genera el espacio necesario para descubrir la realidad más profunda y construir la posibilidad. El liderazgo providente crea y protege un escenario de interacción personal y colectiva donde la confianza en las posibilidades dispara el rendimiento, la creatividad, la realización, el desarrollo. El liderazgo providente inspira, entre otras razones, por una serie de rasgos que lo definen y distingue:
1.   Deposita el centro de gravedad en las personas, no en las circunstancias.
2.   Las circunstancias no dejan de ser datos de la realidad; no son determinantes; más bien lo es tu actitud y tu disposición ante ellas. Ganar o perder es una cuestión de nuestra mente; se vive.
3.   Muestra una plasticidad mental y una flexibilidad emocional ante lo inevitable, ante aquello que de pronto cambia la realidad percibida y transforma el escenario.
4.   Entiende la intensidad vital como una presencia comprometida; vive en el poderoso “aquí y ahora” sin que ello suponga un olvido del pasado ni una falta de previsión del futuro. Toma conciencia del momento como constructo.
5.   Elimina el ego. El corazón ama y se re-crea en las experiencias; el ego ama y vive de las medallas. El corazón busca expresar, el ego necesita el reconocimiento y el aplauso. El corazón te hace sincero y libre; el ego, esclavo y ambicioso.
6.   Hay un rasgo fundamental que se recoge en el paradigma del pionero. El líder no se siente mejor que nadie; pero sí capaz, interpelado, llamado, convocado a una misión apasionante que contagia.
7.   Admite la caída como parte del camino. Caemos e hincamos la rodilla, pero lo hacemos ya pensando en la manera de levantarnos, en el modo de seguir acercándonos a la meta.
Cuando todo parece estallar, cuando se agotan las alternativas y los análisis se derriten en la mente; cuando las ideas se agotan o huyen por el sumidero del miedo, la gestión personal y de equipo requiere de nuevas dimensiones que añadan perspectivas y sentido, amplitud y distancia para acercarse de nuevo y con una visión más completa. 
  El liderazgo providente es esa expresión limpia que solo desprende la conexión entre la persona, la realidad y el equipo. El liderazgo providente provoca un estallido ingobernable por dentro, un impulso creativo que trasciende de los caprichos del tiempo y el espacio y se entrega a un juego que olvidó la distracción que provoca vivir sólo de la dictadura del marcador o la tiranía del resultado. Incontenible, el liderazgo providente rezuma el aroma de lo genuino y auténtico que cada ser alberga y trae al mundo, ese liderazgo que se relaciona con la esperanza como inconfundible señuelo de la verdad que está y viene.