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Camino de Betania. (Lunes Santo)

"Entonces, los jefes de los sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque por causa suyo muchos judíos se separaban de ellos y creían en Jesús"
Juan 12, 11.

        Caminábamos sin prisa, sumergidos en triviales conversaciones siempre cerca del maestro, que sonreía ante la jovialidad de algunos de nosotros. Su sonrisa siempre decía más, y sus palabras –a veces directas, otras enigmáticas-, todo… Nos dirigíamos a Betania y el sol caía sobre nuestras espaldas; aquellas sombras se proyectaban cada vez más alargadas delante de nuestros pasos. La suave brisa que la tarde solía traer los primeros días de primavera acariciaba los matorrales y los árboles que salpicaban el camino polvoriento. La intensidad del anaranjado del cielo se desvanecía por momentos y la primera oscuridad se recortaba en el horizonte.
Quedaba poco menos de una semana para la celebración de la Pascua y estábamos invitados en casa de Lázaro. Él y sus hermanas –Marta y María- siempre se deshacían en la presencia de Jesús, aún más desde aquel suceso de la resurrección de su amigo que conmovió a todos, aquél que terminó por extender la fama del maestro y que tanto incomodaba a cuantos fariseos se acercaban.
Betania estaba cerca, apenas distaba tres kilómetros de la muralla de Jerusalén, a la derecha del camino que conducía a la ciudad de Jericó. La noche se abría paso entre aromas de flores nuevas. Los tres hermanos nos recibieron con bendiciones y grandes muestras de respeto en la puerta de su casa. En seguida pasamos a una estancia en la que todo estaba prácticamente dispuesto. El pan estaba sobre la mesa y el aroma del vino invadía aquella agradable atmósfera. El nazareno no mudaba su ligera sonrisa, ni su serena y penetrante mirada cambiaba. Los saludos y los fraternales abrazos dieron paso enseguida al acomodo de todos, que fuimos recostándonos alrededor de una generosa mesa.
Palabras intensas en el juego de luces y sombras que las velas disponían entre nosotros. Marta trataba de servir con ese natural encanto que su persona desprendía. Pero antes de que pudiéramos si quiera tomar el pan y degustar aquel oloroso vino que se entremetía muy adentro, María se acercó algo impaciente a Jesús. Al instante, abrió un frasco de perfume de nardo puro y se lo extendió por sus pies. Al terminar, secó con sus propios cabellos los pies húmedos del maestro. Aquel caro perfume inundó la sala y concitó la atención de todos cuantos allí nos encontrábamos.
El gesto demudado de Judas delataba su contrariedad, mostrando su disconformidad ante tal dispendio inútil. Aquellos ojos pequeños y desafiantes parecían devorar su alma insaciable e inquieta. A pesar de estar acostumbrados a su espíritu algo huraño, a esa rebeldía zigzagueante que a ratos le hacía sentirse fuera del grupo, Jesús le recriminó su indecorosa actitud sin perder un ápice de su serena templanza. El silencio trajo tensión, y la tensión de nuevo silencio, hasta que alguien decidió coger una copa llena de vino como si nada hubiera pasado.

Los ánimos se aplacaron y la amarga soledad de Judas se evaporó con el perfume de nardo en aquella noche plácida y violenta a la vez. Un halo de tristeza se dibujó por un instante en la mirada del maestro. Quizá pocos o nadie la vieron. Fuera, la noche traía una silenciosa calma como presagio de algo nuevo e inesperado.

De la trinchera al camino. (Imprudencias sobre Evangelii Gaudium)

“Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle,
antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad
de aferrarse a las propias seguridades”
Francisco, Papa de la Iglesia.

Toda una declaración de intenciones para un mundo –sobre todo intraeclesial- desapasionado, que no palpita, que tiene la queja como bastón y el victimismo por bandera. Pero también para un mundo en el que no parece haber espacio para los demás, donde emerge un individualismo racionalista de conciencia aislada y recurrente autorreferencialidad. Una exhortación encendida, de profunda provocación, que no cae en el dogmatismo huero o en una acomplejada normatividad; una exhortación llameante, destinada a un mundo interconectado y sobreinformado que continúa buscando una alegría que perdure más allá del instante que se nos va.
Derriba Francisco la barricada que la soberbia y no pocos temores infundados levantaron, abandona la trinchera del miedo, animando al sendero que nos acerca al mundo que no deja de caminar. Una eclesiología pastoral cercana, abierta, creíble, comprometida, se abre paso. Incluso el mismo concepto del magisterio papal abandona ciertos ribetes de infalibilidad que lo alejaban de la contingente y humana realidad. Aparece entonces una Iglesia que surca caminos nuevos, sin miedo a la sinuosidad del terreno que se abre a sus pies, ni temor a los horizontes difusos que se recortan en la lejanía. Una Iglesia sin miedo a salir de la trinchera paralizante que cavó como refugio estéril, como monumento a la amenaza inexistente o a la desconfianza en la propia providencia.
Reverdece el paradigma del encuentro, de la experiencia constituyente de Dios; se hace incuestionable la contundente fortaleza de la Alianza que el Éxodo nos regala. Y acontece esa apertura valiente, dispuesta a la peregrinación que enriquece. Se abandona  esa innecesaria urgencia de permanecer al mortífero calor que el refugio de la estructura dispensa, ése que estrangula y asfixia el mensaje más genuino… Sea como fuere, la superación de esta introversión eclesial alumbra nuevas estancias, nuevos espacios y, sobre todo, nuevos caminos que regalan nuevos horizontes.
Ante el riesgo evidente de perder el aroma fresco del Evangelio, surge un replanteamiento de objetivos, estructuras, métodos, estilo…; una renovación de formas y lenguaje que no temen “mancharse con el barro del camino”. Sí, con un único y principal temor, el de acaparazonarse y alejarse del mundo al que somos enviados.
Y todo para ser la sal y la luz en la “cultura del descarte”, allí donde quedan todos los sobrantes, el deshecho del mundo que emerge en esta “globalización de la indiferencia”, donde reina el desafecto. Una visión antropológica en la que el ser humano queda reducido, mutilado en su concepción y también en su aspiración, donde se crean seres domesticados e inofensivos, dependientes. Una Iglesia llamada a ser en ese peligro, en el del mundo escindido, un mundo excluyente donde los nuevos fundamentalismos serán una de las posibles consecuencias de ese galopante y maltrecho racionalismo secularista que agoniza entre hirientes dentelladas.
Una Iglesia que tendrá que afrontar la grave crisis del vínculo y el problema del desencanto. Una Iglesia que tiene la tarea de mostrarse y mostrar su mensaje limpio y directo, sin reducirse a la realidad de un  dogmatismo ramplón o un liturgismo desmedido. Una Iglesia que reaviva el valor de la credibilidad, sin manifestar mayor preocupación por mantener las verdades a salvo que por encontrarse con el mundo en la intemperie de la historia, de cada historia. En definitiva, la promoción integral del ser humano debe conducirnos con valentía a la propia superación del asistencialismo de un mundo que se empeña no arreglar del todo la grieta.
Ahora que el desierto espiritual parece acabarse, debemos saber si estamos dispuestos a transitar el camino que Dios nos sugiere, hacerlo nuestro en su dureza providente, y dejarnos seducir finalmente por aquella hermosa “revolución de la ternura” que un tal Jesús vivió y nos ofreció.

La existencia desnuda. Donde el ser comienza a ser. (Imprudencias sobre El hombre en busca de sentido)

“La vida cuyo sentido último dependa del azar o de la casualidad para mantenerse viva seguramente no merece la pena ser vivida”
Viktor Frankl.

         ¿Qué cabe esperar del destino cuando te sientes devorar inexorablemente por él?, ¿cómo reaccionamos ante la percepción cruel del límite o el descontrol absoluto de lo que supuestamente controlábamos?, ¿cuál es la esperanza que queda ante la ausencia de reglas a las que atenerse para continuar con vida? Al fin y al cabo, en medio del pánico en el que se siente zozobrar cualquier ser humano, puede que el verdadero drama de la existencia sea carecer de sentido, del propósito que éste dispensa y la acción a la que compromete.
La exaltación del tiempo cronológico, la concepción longitudinal de la existencia puede ensombrecerlo, apartarlo, pero nunca llega a ocultar del todo el sentido más profundo de la existencia humana, el tiempo ontológico, aquél que subraya y potencia el protagonismo del ser. Así, ante lo inevitable de las grandes reglas del juego, ante la pujante y en ocasiones desconcertante fortaleza de lo contingente, sólo ese sentido proporcionará sentido a todo.
El tiempo ontológico requiere una decisión fundamental para la persona, no otorga el poder a las circunstancias ni entrega toda posibilidad de realización a lo externo, sino que crea, confía en ese potencial que convierte al ser, desde que así lo decide, en expresión auténtica y máxima de lo posible, sí, traspasando esa difusa frontera que no pocos llaman lo im-posible.
El gran campo de concentración al que puede someterse nuestra todopoderosa modernidad es al del olvido de quiénes somos, ése que provoca la muerte en vida de nuestra propia identidad, al que arrojamos nuestro corazón para que sea despedazado por la indolencia y la apatía, doblegados por el hastío de todo. Quizá no se trate hoy de la experiencia explícita del horror, el terror, la angustia, la desolación o la total desnudez que provocaron los campos de concentración y exterminio. En cualquier caso, sabemos de ese hondo vacío que inocula la aniquilación de la emoción por la razón que fuere, de la del ser desprovisto de la dignidad que le fue conferida y desde la que se siente interpelado a ser en el mundo.
Al asumir el valor madurativo del sufrimiento inevitable, al descubrir su dimensión también potenciadora del ser, llega la hermosa posibilidad de descubrir tu propósito, y llega el riesgo de esa decisión que marcará la diferencia en tu vida, aquélla decisión que sabes la hará única. Entonces tomas conciencia de ti en el mundo, sientes el espacio y el valor de tu libertad, tomas la iniciativa y por fin te conviertes en responsable de tu existencia dentro de las grandes reglas ya dadas.

La capacidad de autotrascendencia –la voluntad de sentido- sólo es propia del ser humano; descubrirla y desarrollarla forma parte indisociable de su realización más profunda. Entonces, el tiempo ontológico se eleva sobre el tiempo cronológico. Después de todo, como Viktor Frankl advierte en las últimas páginas del libro, “la libertad no es la última palabra; es una parte de la historia y la mitad de la verdad”. 

La propuesta cristiana en la pleamar posmoderna. (Al calor de A vueltas con Dios en tiempos complejos, de José Miguel Núñez)

“Débil es la índole del ser humano 
que se reconoce de alguna manera vinculado a la necesidad”
Simone Weil

Ni el creciente pragmatismo tecnológico, ni siquiera ese neo-utilitarismo que teje la relación actual del individuo con el mundo, han conseguido apagar del todo la necesidad de verdad del ser humano. Aun agazapado y entregado a cierta apatía vital, tampoco el debilitamiento progresivo de los argumentos de la razón ni la crisis funcional de la metafísica le han arrebatado la aspiración natural de alcanzar sentido en medio del sinsentido. El ser débil, vulnerable, consciente de su fragilidad, requiere ser escuchado y comprendido en su vociferante silencio de metal.
La muerte de Dios pretendida por parte de la insaciable razón científico-técnica tan sólo se ha podido convertir en un meritorio ocultamiento. De modo que tan ingente pretensión se conformó con borrar toda huella de Dios, para al menos hacerlo desaparecer incluso como posibilidad, como horizonte de sentido o referente último de todas sus expectativas humanas que requieren plenitud. La ciencia no fracasa, sólo que tropieza en manos de quienes pretenden poner en sus manos toda la posibilidad de verdad, como tropieza cualquier estructura que pretenda vender certezas absolutas y verdades inmutables en asequibles y cómodos plazos que aligeren la carga en tiempos tan complejos.

El ser humano pide ser escuchado, comprendido y atendido en su contexto, en el escrupuloso respeto a su libertad y su dignidad, en su aspiración máxima de libertad individual, en su humilde pero infatigable –por qué no- búsqueda de sentido. Y sólo entonces, el resurgir espiritual podrá traducirse en experiencia religiosa significativa, en descubrimiento y encuentro que se produce en su ser íntimo, contingente, real. Una experiencia que descubren la mujer y el hombre de hoy, aquellos que sienten el peso de la mirada, el volumen de las palabras cercanas y abiertas, el calor del tacto. Cae la falsa fortaleza de una propuesta que se atiene exclusivamente a unos fríos presupuestos ontológicos o a los parámetros que exigen conducir al lugar siempre prestablecido. Puede entonces que no superáramos el error de reanudar la búsqueda de Dios como fundamento metafísico, de ignorar lo decisivo del contexto en el que se produce la experiencia, donde aparece el ser como evento, no como estructura. En cualquier caso, siempre, ante la exigencia de construir en y desde la libertad, se tendrá la tentación de volver a los fundamentalismos que proporcionen calor y seguridades, de recuperar el aroma sentencioso y apriorístico de la norma.
Para el cristianismo, el acontecimiento de la encarnación de Dios –kénosis- resulta clave en la posibilidad y condición de la experiencia religiosa. Una experiencia que provoca que se transite del paradigma del Dios absoluto y dueño, impositivo e impuesto, entronizado en lejana cercanía, al Dios amigo y descubierto del “ya no os llamo siervos, sino amigos”. La religión como experiencia en ese ser que es evento, la religión desde la conciencia de criatura que entiende su naturaleza proveniente y vinculada. Supone asomarnos a la centralidad de la experiencia frente al sometimiento del imaginario metafísico supuesto e impuesto. El protagonismo del sujeto que salta, que decide lanzarse, vivir la experiencia que puede establecer significado y proporcionar sentido, sin caer –eso sí- en la absolutización y categorización del individuo, allí donde llegue a confundir autonomía con autosuficiencia. El riesgo consiste en caer en la trampa de trasladar el ideario metafísico del Dios-objeto, atrapado, reducido y manoseado, desprovisto de toda frescura, al sujeto-dios, como clave única –aunque débil, imperfecta- del universo comprensible y comprendido.
Luego entonces, la temida secularización no tendría por qué concebirse como un alejamiento absoluto de la raíz religiosa, sino como un nuevo escenario en el devenir y acontecer de la historia en el que darse la experiencia religiosa como descubrimiento, encuentro y diálogo, donde, sin dejar de serlo, se revela accidentalizada la esencia.
A la luz paradigmática de la encarnación –kénosis-, ¿tiene sentido, por tanto, el temor desaforado de una Iglesia que pueda aferrarse a las verdades absolutas de la norma por miedo al carácter contingente del ser y del mundo? Parece poco cuestionable la crisis del imaginario religioso potenciado por la seguridad de las certezas metafísicas. Se abre paso, así, el descubrimiento de la fuerza que tiene la debilidad del amor, el contundente mensaje que muestra la fragilidad del Dios kenotizado. No se trata de poner el acento de la muerte de Jesús en su dimensión sacrificial violenta, sino en el principio de sentido y coherencia que hay en sus decisiones y su encendida voluntad. Nos libera la libertad de Dios en Jesús, su opción valiente y arriesgada reflejada en el sentido profundo y pleno de la kénosis. Ciertamente, la muerte de Jesús de no es decisión de Dios y aceptación sumisa por parte del Hijo; hay libertad, sentido y coherencia. La muerte de Jesús no es condición, sino consecuencia de una opción libre y radical basada en el amor. Puede que Jesús no acabe con el mal, pero muestra la cercanía de Dios ante la experiencia del mismo, así como que su desfigurado rostro no es definitivo. Una experiencia que supera el paradigma de la deuda con la divinidad y conduce al paradigma de la libertad y el compromiso del amor. Al fin y al cabo, el amor se eleva como la revelación comprensible, donde descansa la verdad posible y consciente entre tanto entramado metafísico.

Mientras la posmodernidad agoniza en su desencanto por el desencanto, el ser humano camina buscando sentido entre la existencia y su significado. Y puede que sea entonces pertinente la pregunta por Dios ante el desencadenamiento de una espiritualidad que requiere experiencia, forma y sentido, pero que no recaiga en una molesta idea impuesta y sin espacio. Se trata de una propuesta cuyo valor no puede ser la transmisión de contenido, sino en el valor de la experiencia; una propuesta que se dirige al ser que descubre, que se quiere libre pero vinculado. Y es que no hay pretensión de totalidad en el ser humano de hoy, más bien hay deseo de experiencia concreta que anuda convicciones propias, conciencia de finitud y fragilidad en su difuso horizonte de sentido. Hay huella y camino. Después de todo, como sostiene José Miguel Núñez, “la historia de Jesús, Dios encarnado, es un escándalo: es poner boca abajo la omnipotencia de Dios que se hace amor desarmado.”

Nuñez, José Miguel. A vueltas con Dios en tiempos complejos. Conversaciones con G. Vattimo. Ediciones KHAF. Madrid, 2013.

"Sólo nos cambia lo que amamos" (Entrevista de J. Rubio a Pablo d´Ors).

Irrenunciable... Por su interés y recomendable altura intelectual  y espiritual, recojo la entrevista que Javier Rubio realiza a Pablo D'Ors para elconfidencial.es
 
 
Escritor, sacerdote, doctor en teología y filósofo, Pablo d'Ors (Madrid, 1963) está protagonizando un curioso fenómeno editorial. Su libro dedicado a la meditación,  Biografía del silencio (Ediciones Siruela) ha agotado sus cuatro primeras ediciones a través de la recomendación de quienes lo han leído previamente. Desde su amplio bagaje intelectual y su experiencia como religioso, el nieto de Eugenio D´Ors habla para El Confidencial de su vivencia directa al margen de cualquier misticismo, y de cómo la práctica de la meditación puede ayudarnos a todos en nuestra vida cotidiana.

 
Defina en sus propias palabras, por favor, que es Biografía del Silencio
Este libro nace de una práctica continuada de meditación. Llegó un momento en el que decidí escribir un pequeño diario de mis prácticas de silencio y, leyéndolo, me di cuenta de que mi experiencia podía ayudar a otros.
 
Empezó a meditar, según cuenta, por la necesidad de superar la angustia, la ansiedad o la  insatisfacción por la proyección de su carrera literaria. ¿Le explotó, digamos, una bomba en las manos y cogió mayor ambición espiritual o personal?
(Piensa mucho la respuesta). La vida del hombre puede estar planteada en términos de suma o de resta. En mi caso personal, hasta los cuarenta años me planteé la vida en clave de suma, es decir, intenté construir mi identidad sumando experiencias, lecturas, viajes, relaciones... Desde la resta, en cambio, la cosa es bien distinta, porque no se trata de agregar cosas, sino de quitarlas para descubrir quién eres en realidad. La identidad no es entonces una conquista, sino un descubrimiento.
Somos bastante incapaces de estar con nosotros mismos, en silencio interior. Nos ponemos nerviosos porque enseguida salen a relucir todos nuestros fantasmas. Cuando empecé a meditar, sospechaba que estaba dando un cambio sustancial en este sentido. El descubrimiento esencial fue el de que el silencio es, fundamentalmente, una nostalgia, un pánico y una revelación, por este orden.
Nostalgia porque todos, en mayor o menor medida, decimos que nos gustaría tener más tiempo de silencio, porque en teoría lo apreciamos y buscamos. Pero ese deseo suele quedarse ahí en el noventa y nueve por ciento de los casos, y eso genera nostalgia. Pánico porque cuando por fin nos atrevemos a hacer silencio, lo primero que descubrimos es que tenemos miedo. Somos bastante incapaces de estar con nosotros mismos, en silencio interior. Nos ponemos nerviosos porque enseguida salen a relucir todos nuestros fantasmas. Pero si superamos ese pánico, se produce algo así como una revelación: descubrimos quiénes somos y a qué estamos llamados. Es así como el silencio nos va educando a estar con nosotros mismos, a conocernos y a aceptarnos. A mi modo de ver, este es el único camino para tener una vida decente.
 
En un mundo que se acelera irremediablemente, y desde un punto de vista eminentemente práctico ¿La meditación es una terapia para evitar el exceso de información, de ruido, para superar la sobreestimulación típica de nuestra cultura?
Sí, es una terapia. Y no solamente urgente, sino esencial. Urgente es llamar al fontanero cuando en tu casa tienes una gotera, por ejemplo. Pero esencial es dedicar tiempo a la amistad, a la naturaleza, a Dios si se es creyente.... El principal problema del hombre contemporáneo es la dispersión; la meditación fomenta la capacidad de atención y de concentración. Y lo cierto es que solamente cuando estamos atentos vivimos de verdad.
 
Nuestro sistema educativo nos forma para el mejor conocimiento interior. Ejercicio físico, alimentación, conciencia social.., pero no contamos con una tradición de formación de nuestra vida interior. ¿Es la meditación una herramienta para ello?
Tienes toda la razón. Para mí este es el gran drama. Hoy no sólo se exige una gran determinación para emprender este camino, que es muy solitario. Es que resulta muy difícil encontrar maestros o verdaderos guías. Existen, por supuesto, pero son pocos y no es fácil encontrarlos. Además, hace falta una extraordinaria humildad para seguirles.
 
Pero usted en este sentido, puede ser un maestro…
No, no soy ningún maestro. Soy un simple buscador que ha escrito su experiencia.
 
Sí, pero lleva andado un camino… Entonces, ¿cómo y por qué recomendaría la meditación al ejecutivo agresivo, al conductor de autobuses, a la madre con hijos y un trabajo... a cualquiera? ¿Les va a aportar algo a su vida cotidiana?
Les diría lo siguiente: vivimos mucho, pero tenemos poca experiencia de la vida. Porque yo diferencio vivencia de experiencia. Vivencia es aquello que nos sucede y experiencia, en cambio, es permitir que eso que nos ha sucedido se pose y nos configure, que nos conforme. Sin la capacidad de parar para acoger, para dar cauce a la receptividad, todas esas vivencias no se harán auténtica experiencia en nosotros.
 
El hecho de que uno concentre su atención con semejante intensidad, ¿Nos ayudará en nuestro quehacer cotidiano, en el día a día?
No veo nada más práctico. Si caminamos por la calle reconcentrados en nuestros pensamientos, no vemos la realidad. La meditación te ayuda a salir de ese ensimismamiento que, poco a poco, nos va amargando y minando. Suelo poner un ejemplo que me resulta muy claro. Levántate una mañana y di en tu interior: “Soy un desastre”; repítelo cuantas veces te acuerdes a lo largo de todo el día y verás cómo llegas a la noche fatal. O, por el contrario, levántate y comienza a decirte: “Soy una gran persona”, o “soy luz”; verás entonces cómo terminarás la jornada sintiéndote francamente bien.
Puedes tener la peor situación del mundo, pero si estás contento contigo mismo, el asunto es bien distinto. Esto significa que el mundo interior, la palabra interior, tiene una capacidad esencial para configurar el propio estado anímico. La felicidad, por otra parte, no es otra cosa que satisfacción ante la propia imagen. En este sentido, somos bastante responsables de nuestro nivel de satisfacción o insatisfacción. Puedes tener la peor situación del mundo, pero si estás contento contigo mismo, el asunto es bien distinto. Pues esto es, precisamente, lo que proporciona la meditación.
 
Entonces, utilizando una metáfora, ¿La meditación podría ser para la mente y el alma como la pesa al músculo, o las zapatillas a la carrera? Es decir, algo cotidiano con un fin muy práctico y concreto para nuestra salud integral.
Así es. De hecho, el seminario de entrenamiento espiritual que animo y del soy fundador, “Buscadores de la Montaña” se llama, nace precisamente de este planteamiento. Igual que hay gimnasios para el cuerpo físico, ¿por qué no plantear un espacio y un tiempo para quienes desean un gimnasio para el espíritu? Sí, considero que la meditación podría compararse a estas pesas o zapatillas de las que hablas. La metáfora me parece adecuada.
 
Para un gran ejecutivo, por poner un ejemplo, de sectores ultracompetitivos, o para los tiburones financieros? ¿No sería la meditación un torpedo para su forma de funcionar, para su modus operandi? Si meditaran, a lo mejor dejaban su trabajo...
Creo que si las grandes empresas comenzaran una pedagogía para que sus empleados meditaran, en primera instancia se crearía una gran crisis entre los empleados y la empresa arriesgaría la quiebra; pero también creo que en última instancia sería de un gran beneficio, puesto que se trabajaría con mayor plenitud y mayor capacidad de rendimiento. Cuando meditas, tu trabajo es enormemente más eficaz. Si se aumenta en capacidad de concentración, se realizará el trabajo con mayor eficacia y rapidez. En pocas palabras: si los empleados de una empresa meditasen, mejoraría el rendimiento de producción, estoy casi seguro.
 
¿Vivimos entonces una época y un ritmo de vida que, aunque con calidad material, es también un peligro para la vertiente emocional?
Para mí eso es claro. Si no ponemos remedios contundentes y no perseveramos en su ejecución, el futuro no es halagüeño. Cada vez habrá menos personas profundas y serán más uniformes. Los individuos tendrán menos personalidad y serán más manipulables. Me preocupa todo esto mucho, y no solo por los demás, sino por mí mismo, puesto que yo no soy inmune en absoluto.
 
La sociedad pide al individuo proactividad, ambición, capacidad para crear tu propio destino, pero la meditación parece lo opuesto, la aceptación de la realidad tal y como es. ¿Cómo se puede combinar esta dualidad?
La meditación no anula las legítimas ambiciones del ser humano, sino que las recoloca. Lo que elimina es la ansiedad a la hora de perseguirlas, así como la frustración si es que no se consigue aquello a lo que se aspira. Yo medito todos los días y sigo aspirando a ser un escritor reconocido. A lo que la meditación me ayuda es a vivir esa aspiración sin ansiedad; me ayuda a no hacer depender mi felicidad de la consecución de tal reconocimiento. La felicidad está para mí ahora más en el camino que en la meta.
 
Si, como explica, el fruto principal de la meditación es aceptar la realidad…  Ante un enfermedad grave, dificultades duras de la vida, o para los familiares del reciente accidente de Santiago, la realidad es dura…¿Puede ayudarnos su práctica?
Lo que voy a decir ahora es muy gordo y puede ser malinterpretado. El problema radica en que nosotros consideramos que el dolor y el mal no deberían existir. Por ello, cuando el mal hace su aparición, lo sentimos como una violación de nuestros derechos, como algo que debería ser erradicado de inmediato. La realidad, sin embargo, aunque nos pese, es que el dolor no es antinatural, es natural.
La adversidad puede vivirse como oportunidad y, cuando se vive así, sin dejar de ser adversidad, pasa a ser también algo constructivo. Pondré un ejemplo. Conozco a muchos enfermos con cánceres terminales que lo viven muy mal, con mucha rabia; pero también conozco a otros (muchos menos) con los mismos cánceres pero con una profunda aceptación de los mismos. El problema no está, por tanto, en el cáncer en sí mismo considerado, sino en la actitud con la que se afronta. Desde determinadas actitudes, lo negativo puede llegar a ser positivo. ¿Cuál es la clave? No huir de la negatividad, del dolor, de la tragedia, sino más bien atravesarla. Y eso es lo que enseña la meditación.
Lo más sensato que cabría decir a quien está en medio de una situación dramática es que la viva, puesto que bien vivida puede aportar una sabiduría y una plenitud extraordinarias. La quietud propia de la meditación nos incomoda: enseguida nos pica el cuerpo, por ejemplo, y pronto aparecen pensamientos que agobian. Lo más habitual en esos casos es levantarse y claudicar. Pero si se persevera, si se atraviesa todo eso, lo que se descubre es que dentro de cada uno de nosotros hay algo así como un jardín del Edén, un espacio en el que no hay oscuridad, sino sólo  luz. En esto que digo no hay nada de esotérico. Mucha gente que ha recorrido este camino ha descubierto un reducto en su interioridad donde efectivamente se encuentra bien. Pero eso solo se consigue atravesando la oscuridad.
 
Su experiencia tiene también un valor especial porque también es un religioso, un sacerdote. ¿La meditación no pone en evidencia el componente cultural de toda religión, sus dogmas? ¿No se caen muchos ídolos?
No solo es que se caigan, sino que deben caerse. Pero no creo que las instituciones sean necesariamente negativas. Lo que sí son necesariamente es precarias, como todo en nuestra condición humana. Esta tarea de desmontaje que se produce cuando hay una práctica continuada y seria de silencio es necesaria y permite que la pertenencia a una determinada institución pueda ser más consciente y responsable.
 
Con los cambios interiores que se producen cuando meditas ¿La meditación puede hacer tabla rasa de la religión institucionalizada tal y como la conocemos?
(Lo piensa detenidamente) Voy a intentar explicarlo con un ejemplo. Si estás casado y meditas, la meditación puede ayudarte a descubrir los defectos y la relatividad de la persona a la que amas. Pero descubrir esos límites o defectos te puede conducir a dos opciones opuestas. Una: pensar que no tiene sentido continuar juntos. Otra: gracias a que conozco los defectos del ser al que amo, puedo amarlo más y mejor. Más aún: es así como amo su realidad y no la idea que tenía de ella. Con la Iglesia o la religión, sucede algo parecido. La meditación ayuda a descubrir que, en último término, tú mismo eres al menos tan precario como esa institución a la que perteneces o esa religión que profesas.
La meditación trabaja uniendo; nos hace comprender que nuestra identidad no se acaba en este cuerpo material, sino que estamos vinculados unos a otros. La meditación no te hace un estúpido incapaz de ver lo que hay. Lo negativo existe, es obvio. La meditación te va limpiando la mirada, eso sí, y te va haciendo descubrir el lado luminoso y hermoso de todo. Y ello hasta el punto de que quien no tenga esa mirada, pensará no solamente que es ingenua, sino que es idiota. Pero hasta en las realidades más hostiles hay posibilidad de luz.
 
En un terreno más metafísico o espiritual de la meditación ¿Los profundos estados de conciencia que se alcanzan permiten percibir que exista algo más allá de nuestro cuerpo físico?
Entre quienes meditamos no todos responderíamos de la misma manera a esta pregunta. La meditación ayuda, entre otras cosas, a darte cuenta de que la definición que has dado de ti mismo es muy pobre. Porque uno no puede definirse simplemente por estar casado o ser soltero, por ser ingeniero o carpintero, tener hijos o no tenerlos, estar en paro o no… Todo eso son simples circunstancias. Incluso el pensar que eres alegre, tímido, valiente, entusiasta… Todo eso es pobre porque nos separa por contraste de los demás. La meditación trabaja uniendo; nos hace comprender que nuestra identidad no se acaba en este cuerpo material, sino que estamos vinculados unos a otros. Es así como empieza uno a sentirse más en conexión o comunión con todos lo demás.
La meditación te cambia si la amas. Sólo nos cambia lo que amamos. En este sentido, la meditación rompe el antropocentrismo y te hace más cosmocéntrico, hasta el punto de hacerte comprender que el materialismo puro no tiene fundamento. Hay multitud de factores que, sin una consistencia material inmediata, te configuran: el amor, la esperanza, la piedad... Es así como puedes llegar a ser una persona más espiritual; pero de ahí a reconocer que hay un Dios, lo cual es un acto de fe, hay ciertamente un trecho.
Meditar es habitar en el anhelo que todos tenemos de una vida mejor. Todos aspiramos a cambiar, a mejorar, a crecer. Existe en el ser humano una clara no conformidad con lo que hay. Mirar interiormente esa no conformidad, ese anhelo, esa aspiración, eso es meditar. Y eso es lo que nos hace mejores. Para un creyente, yo diría que ese anhelo de plenitud es Dios en uno mismo, un Dios que está gritando y pidiendo su espacio y que, en la medida en que se le mira, va ensanchándose más y más.
 
En el libro explica cómo la meditación le ha llevado a un determinado estilo de vida…
La meditación te cambia la manera de vivir. Vives con mayor lentitud, por ejemplo. Aprecias más lo esencial, como la naturaleza, la amistad, la oración, el cuerpo… La meditación te cambia si la amas. Sólo nos cambia lo que amamos.

El Cántico Espiritual y la necesidad de todo tiempo.


“Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía,
y luego me darías allí tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día.”
San Juan de la Cruz

 Inherente a la condición humana, el consumo aparece como respuesta, como parte indisociable de su esencia y ser, pertenece a su urdimbre más profunda, pero también la más concreta. La voracidad humana no tiene límite objetivo, ni tampoco plazo perceptible el ansia con que en ocasiones devora el mundo que se le viene. Su particular sed de todo, esa extraña sed que reseca y agrieta el alma, esa insaciable sed que no llena cualquier cosa y cuyo síntoma inequívoco es el consumo al que nos entregamos sin explicación aparente, en busca –quizá- de una placentera sensación que refresque esa tierra polvorienta que a veces somos y en la que nos arrastramos.
Excepcional experiencia que supera incluso los límites de la comprensión terrenal, en su Cántico Espiritual, San Juan de la Cruz toca esa natural necesidad del espíritu humano. Descarnado, desprendido y liberado de las necesidades creadas, busca en la hondura propia y pugna por ver cumplido el anhelo de sentir completado su vacío interior, pleno su deseo de llenar cuanto el alma abierta y dispuesta necesita.
Y encuentra en el lenguaje místico de la erótica que nos susurra el Cantar de los Cantares la situación perfecta que describe tan alto, tan elevado e indescriptible estado. Así, en el paradójico escenario de su encierro en una prisión toledana, desprovisto de su libertad terrenal, y en coherencia con su carácter controvertido y reformista, se tejen estos versos inconfundibles, que memoriza con la tinta indeleble de las emociones ocultas pero ciertas que trae siempre el encuentro con la interioridad.
Como sucede entre la Amada y el Amado, se hace necesaria la participación de las partes, la justa pero desequilibrada reciprocidad para llegar al punto culminante y rebosante de plenitud, ése que sólo está en disposición de atender el Amado en su desbordante y arrolladora presencia. Hay quien pone el deseo, pero siendo en todo momento consciente de que no es sino el otro el que finalmente tiene la potestad para llenar hasta donde nadie ni nada –sólo el Amado- llegar pudiera. Y después, tras tocar el cielo con las entrañas, la tierra y su gravedad tiran de nuestros pies para buscar estar otra vez preparados y, al fin…, asome de nuevo.
El apetito insaciable del ser humano revela una verdad insoslayable que nos zarandea con el golpe seco de ciertos interrogantes… ¿qué será aquello que llene nuestro corazón anhelante que no lo hace aún plenamente cuanto hasta ahora hemos buscado y encontrado?... ¿Por qué ese permanente e insatisfecho deseo de plenitud?, ¿o por qué ese experiencia sólo provisional de lo pleno?... ¿Qué revela esa satisfacción ante la experiencia auténtica que en algún momento hemos podido vivir?, ¿sólo el momento?... ¿Por qué nos conformamos sólo con aquello que se agota pudiendo alzar la mirada que reabre esas costuras que amordazan el alma? Dentro, muy dentro, para mirar de otro modo y con otra intención afuera.

El Papa Francisco. El fondo de las formas.



           Algunas situaciones que la actualidad nos ofrece lo están haciendo visible. Para quienes aún consideran que la forma, en sus diferentes posibilidades de expresión, tan sólo es la parte obligada y necesaria, pero prescindible, de todo fondo, pueden encontrar argumentos suficientes para replantearse dicho postulado o convicción personal.
         Las imágenes con que los gestos del Papa Francisco van devorando portadas de los medios de comunicación, la multitud de comentarios que surcan las redes sociales, también el eco que como murmullo de lo divino provocan sus palabras, han concitado la atención de los indiferentes e incluso de los más aversivos hacia los postulados católicos.
En cualquier caso, llegados hasta aquí, cabe la posibilidad de que el Papa Francisco no tenga planteado un cambio profundo en el corpus dogmático que apuntala los contenidos de la fe, quizá tampoco esté entre sus medidas un movimiento revolucionario en la estructura funcional de la Iglesia –o sí, quién sabe-, pero bien es cierto que parece tener muy calculado desde dónde puede iniciar esa transformación tan necesaria, aquélla que muchos esperan, aquélla que definitivamente acerque los miembros de la Iglesia de Cristo a la realidad siempre profunda, radical e inevitablemente transformadora del Evangelio.
No se trata de gestos vacíos o palabras huecas abocadas al inevitable precipicio del olvido, al acantilado ineludible por donde suelen desfilar las sentencias de nuestro tiempo. Todo en Francisco parece tener el aroma envolvente de la contemplación, el reposo discreto pero contundente de cuanto procede de esa experiencia honda que sólo la interioridad conquistada regala. Y así, golpeados por ese particular ascenso al monte Tabor, nos parece asistir a la hermosa re-conquista de la sencillez, a la apuesta firme por la proximidad y la normalidad, al encuentro con el alma clara y generosa que nuestro espíritu siempre espera.
Como escapado de un Rembrandt místico y tardío, su mirada y sus manos abrazan el corazón más lejano, el de cada uno, el nuestro. Y la re-conquista se hace inevitable realidad cuando sus gestos y sus palabras traen el color de esa deseada atardecida en la que imaginamos al nazareno conversar serenamente con sus discípulos. Y la re-conquista se vuelve irreversible acontecimiento cuando sientes abrazada y perdonada de nuevo tu humana impureza, sostenida por momentos tu humana fragilidad.
No se puede explicar de otro modo. La tierra, agrietada por la sequía, clamaba la lluvia fina que llenara su necesidad escondida pero manifiesta. El conjunto de la sociedad –también la cristiana católica- asiste a una sintonía ya conocida, pero muy esperada. Ni siquiera la huida de un liturgismo excesivo que a muchos confundía puede interpretarse como una simple moda de temporada eclesial. 
Existe en la elección de toda forma o gesto una inevitable vinculación, una referencia inequívoca, e incluso -en ocasiones inadvertida- una sencilla pero viva trasgresión que agita al fondo que nos remite. Además de lo que legítima y respetuosamente muchos puedan en libertad pensar, hay quienes quieren ver hoy, en este momento, la expresión libre y rotunda del Espíritu, aquélla que brota de entre los renglones rebosantes e incontenibles de las Escrituras para hacerse Vida en cada esquina de la historia.