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El caso Casillas. Cuando la estrella se apaga.

“Ningún paso atrás supone el vacío; el vacío es otra cosa, 
como no encontrar ya motivo, ni razón, ni emoción para seguir”
En Competir con el alma.

         Cuando una estrella comienza a apagarse emite una serie de señales inequívocas de que un proceso irreversible se ha iniciado. Para cuando esto sucede, ya poco puede hacerse más que tratar de gestionar la luz que va quedando y te va abandonando por esa naturaleza obsolescente que todo tiene. Aun así, se puede hacer bastante; quizá mucho, porque en la mayoría de las ocasiones las personas tenemos la opción de contribuir a acelerar ese proceso o, por el contrario, a ralentizarlo. Cuestión de actitud, pero también cuestión de consciencia y estrategia.
         Sucede en muchos apartados de la vida; en la dimensión personal y profesional; en la tarea individual o el trabajo en equipo. Sucede, por tanto, en el mundo del deporte como en la realidad de la empresa; ocurre, al fin y al cabo, en la vida. Y así podemos apreciarlo con un deportista tan influyente como Iker Casillas, que desde que se apagaron los focos del Mundial de Sudáfrica y, sobre todo, de la Eurocopa de Polonia y Ucrania, vive una situación singular, digna de análisis, que no sólo le ocurre a él, pero que bien nos sirve para plantear una realidad paradigmática que daremos en llamar El caso Casillas.
No vamos a entrar en las causas, que en su mayoría seguro desconocemos, sino a en la secuencia objetiva de síntomas que ponen sobre la mesa las luces de alarma de una estrella que ha comenzado a apagarse. Estos serían los ámbitos del análisis que te invitamos visualices en la cantidad ingente de imágenes que del protagonista disponemos. Todos tienen que ver con la esencia del liderazgo personal y de equipos, y buscan contraponer la situación antes de y después de...:

1.   Comunicación. El número de mensajes que Iker Casillas lanza a sus compañeros ha disminuido exponencialmente tanto en la cantidad de estos como en la duración e intensidad de los mismos.
2.   Referencia. En situaciones difíciles o límite ha dejado de convertirse en la persona buscada por todos sus compañeros, dejando de ser la referencia natural.
3.   Incidencia. Sus mensajes han dejado de tener el impacto y repercusión tanto en su entorno más próximo (equipo) como en el entorno más lejano (afición, prensa, impacto mediático…)
4.   Corporalidad. La posición de su cuerpo ha variado ostensiblemente. La cabeza inclinada, su barbilla hacia abajo y los hombros normalmente caídos, junto con la mirada a menudo perdida, delatan el daño que sufre su confianza.
5.   Ánimo. No hay rastro del carisma y el brillo desprendido. Y se echa en falta precisamente por su antiguo y vibrante fulgor. Es él; no otro, pero bien parece una vela apagada que desprende el frío y la tristeza de un invierno eterno.
6.   Orgullo. El orgullo te mantiene dando lo mejor hasta en la más adversa de las situaciones. Avanzamos en el análisis, y por tanto debemos pensar que una estrella no se apaga del todo, y si lo llega a hacer, queda en la memoria de todos los que disfrutaron esa luz intensa e inigualable que un día nos cegó.
7.   Dignidad. La dignidad es aquello que hace que te mantengas en pie cuando incluso sabes que todo está perdido. Se trata de la capacidad innata del ser humano para preservar lo mejor de sí; es lo que eres cunado ya no queda nada; todo lo que eres en el último suspiro; todo lo que hace que te recuerden cuando ya te has ido. La dignidad es innegociable. Somos nuestra dignidad y lo que entendemos y hacemos con ella.
El caso Casillas –insisto- no pretende sino aprovechar la situación de un deportista, que no deja de ser persona, para presentar la realidad paradigmática de la estrella que se apaga. Posiblemente quede Casillas para rato –desconozco, por supuesto, su proceso personal y todos los elementos que intervienen en él-, pero nada dura siempre, aunque sí lo necesario para ser consciente que es muy bueno. Puede afectar por igual a un padre o madre de familia, al directivo de una organización o a un deportista amateur o de élite.
Poder ralentizar este proceso natural de apagado pasa por tener esa consciencia; y afrontar con serenidad estas transiciones en las etapas personales y profesionales nos concede tanta paz como merecemos. Atento a la sintomatología, reconócela y encárala con todas las garantías y los recursos a tu alcance, que son bastantes, muchos. Si no puedes hacerlo bonito, trata de hacerlo bueno. En cualquier caso, siempre queda la mejor opción: cuando la estrella se apaga, emerge la persona.

"Los dos jardineros". Decide en lo bueno; el éxito también mata.

“A un equipo, al equipo que lo inspiró, al mismo que lo sigue inspirando y no dejará de hacerlo cualesquiera que sean sus circunstancias. Nuestro EQUIPO”.

         Quizá fuese el mejor momento de la organización desde que existiera, o al menos desde que viviera una forzosa refundación, y quizá por eso –así lo creo ahora- fuera por lo que aquella mañana decidiera, después de mucho tiempo barruntándolo, cambiar el paso a su brillante equipo de trabajo. No había nada improvisado, aunque era evidente que estaba puesta toda su intuición en aquel momento.
          Marcaban las 9:15 en el reloj digital de la sala de reuniones cuando apareció por la doble puerta de madera que separaba su despacho de aquella verdadera “sala de máquinas” donde se fraguaban gran parte de las decisiones. Algunos aún permanecíamos en pie con la taza de café en la mano; otros entrando por la puerta opuesta, y los había que ya se encontraban sentados revisando informes de su departamento. Era un último viernes de mes, y como cada vez que el calendario nos lo traía, nos encerrábamos la mañana, dos descansos para estirar piernas y refrescar ideas y comida de equipo en torno a las 14 horas.
Nadie sospechaba que aquella rutinaria sesión de Equipo Directivo pudiera dar para tanto en tan poco. Y, sobre todo, que aún lo continúe dando. Lo único que se pareció a una de tantas de nuestras reuniones fue su medido y generoso “buenos días, señores”, con el que, esbozando una sincera y breve sonrisa, parecía convocar a la diosa concentración. Y entonces, desplazando una carpeta de informes y cifras, y apagando el proyector con el mando a distancia…

“Buenos días, señores… Todas las mañanas de cada día se preguntaban los dos jardineros de un viejo parque de la ciudad qué razón escondía ese árbol para que todos los niños buscaran su sombra para jugar habiendo tantos otros e incluso mejores; para que los padres, ya casi de manera instintiva, se arremolinaran en torno a él mientras sus enérgicas criaturas jugaran felices, habiendo otros árboles sin duda más robustos, más vistosos o incluso más esplendidos en la extensión de sus sombras.
El árbol crecía entre el jaleo y la agradecida muchedumbre. Pero no había mañana en la que uno y otro jardinero no discutieran sobre la conveniencia o no de podar sus hermosos y ya imponentes ramajes. Uno de ellos consideraba que era mejor mantenerlo como estaba, pues era evidente el éxito que en el parque tenía y la incertidumbre que podría generar cortar sus ramas. El otro, en cambio, era partidario de limpiarlo, pues consideraba que no había mejor forma de crecer que esa, con independencia de que gustara o no.
-¡Insensible! –insistía una y otra vez el primero- ¿no has reparado en la cara de esos niños cada vez que corren hacia él?, ¿en la confianza de esos padres que llegan a olvidarse de que está allí?, ¿No te has fijado el aumento de las ventas que el kiosko ha experimentado desde que lo trasladamos junto al árbol?...
- Puede que, visto así, lleves razón, pero no es menos cierto que somos responsables del mantenimiento de este parque, y no me negarás que, por muy bien que nos vaya, tenemos que decidir lo conveniente; no lo más agradable…
Uno de aquellos días, mientras se tomaban el descanso habitual de media mañana en la sala de mantenimiento, volvió la discusión. Y mientras andaban enfrascados y atrincherados en sus cerrados argumentos, se oyó un golpe amortiguado pero fuerte, al que le siguieron gritos de niños y, cuando se abalanzaron sobre la puerta, un sinfín de padres corriendo en diferentes direcciones y solicitando ayuda para rescatar a los niños atrapados”.


El silencio devolvía un eco sordo e intenso, sin que nadie se atreviera a atravesarlo con palabra alguna. Muchos reacomodamos nuestra espalda en los confortables sillones de la “sala de máquinas”, otros se inclinaron hacia delante apoyando sus antebrazos en la mesa de trabajo, pero -en seguida- todos captamos el órdago que la alta dirección del equipo nos planteaba como reto ineludible, inexcusable. Había que atravesar ese Rubicón cuando menos lo esperábamos pero cuando más necesario se hacía.
Tras un instante que pesó como pesan las mejores e inesperadas preguntas, pudimos debatir sobre la gestión del éxito, sobre la conveniencia o no de mantener estrategias; sobre la oportunidad de tomar decisiones en periodos de crecimiento para consolidarlo; pero, sobre todo, para anticiparnos, como equipo, a un precipicio que no avisa, ese que pone el vacío como suelo mientras miramos extasiados el brillo de las alturas, ese que ensordece nuestros sentidos mientras oímos complacientes el analgésico de los aplausos, ese vacío que, de no reparar en lo detalles, puede llevarnos a morir de éxito.

El abrazo de la adversidad.

“Lo que haces es lo que eliges tú; Lo que eres es lo que te elige a ti”
Risto Mejide

La adversidad, como buena moneda de dos caras que revela estados o emociones, bien puede convertirse en imperfecta aliada de nuestros mejores y más altos propósitos; solo basta considerarla información, dato que orienta nuestros pasos y redirige el camino sin alterar nuestro destino. Lo mejor de la adversidad, cuando decidimos que caiga de cara, es que prueba nuestra fortaleza, desvela el tamaño de nuestro equipo y, sobre todo, mide la consistencia de nuestros motivos.
Agarrados a esta perspectiva, podemos pensar que nadie tiene un enemigo con un grado de complicidad tan elevado como la adversidad. Quienes la encaran dicen que concede su gracia justo en el instante en el que te sientes caer, a punto de desvanecerte en sus macilentos brazos, pero justo en ese instante y no antes. Quién pudiera medirlo…
Ante la complejidad de medir variables e inconstantes como tiempos, espacios o intensidad de la adversidad, al menos sí nos cabe dibujar su rostro y trazar algunas claves para sostenernos e incluso avanzar en esos momentos en los que la adversidad decide blandir ante ti su afilada espada:
1.   No siempre avisa, ni tú decides cuando llega. No lamentes por tanto tu mala suerte. Toda persona o equipo atraviesa momentos complejos, siente el viento en contra y, sin embargo, decide no emplear en la queja más tiempo del necesario. Lo que está, está por algo y, sobre todo, para algo.
2.   No altera tu destino. Quizá modifica el camino, pero la adversidad no tapa todas las salidas, por lo que puede contribuir a hacerte una persona más observadora, audaz y resolutiva.
3.   No posee todas las fuerzas. Replantea tan solo tu estrategia, quizá sea buena idea no enfrentarte a la adversidad con sus mismas armas, pues allí es mejor y está más entrenada. Piensa en David y Goliat y en la inteligencia y la flexibilidad para afrontar los problemas. Estudia alternativas.
4.   Elige y eleva a los mejores. Cada obstáculo tiene su saltador, como cada horizonte su caminante o cada sueño su soñador. No decidas ver el límite donde quizá solo haya un obstáculo. Convierte la adversidad en tu banco de entrenamiento, en el entrenador de tu resistencia.
5.   Provoca un valioso aprendizaje y dispensa una enseñanza vital. La adversidad guarda para quienes la encaran su mejor lección, su máxima condecoración, aquella que será útil ya para todo camino y toda meta que pueda se pueda unir a la que ahora afrontas.
Después de todo, y a pesar de su punzante amenaza -o precisamente por ella-, la cuestión de fondo no llega a ser la adversidad, sino quién eres tú ante ella, ante su presencia arrogante y altiva; quién decides ser en su enigmática y controvertida generosidad. Al fin y al cabo, también serás después de ella, serás más y mejor que antes de encontrártela.

La fortaleza como factor mental y emocional.

“La fuerza que yo busco no es aquella que te lleva a perder o ganar. Lo que yo deseo es una fuerza que me permita ser capaz de recibir todo cuanto proceda del exterior y resistirlo”
Haruki Murakami
         El paso de las jornadas reflejan quiénes hemos sido hasta ahora, cómo hemos entrenado o en qué tipo de equipo nos estamos convirtiendo. Lo cierto es que la temporada de entrenamientos y competición no deja de ser una fotografía dinámica, en la que los colores van cambiando, los contornos se van transformando y –lo más importante- sus personajes van reflejando la huella que la temporada va dejando en ellos. Nadie escapa al impacto que la temporada va ejerciendo en deportistas y equipos, de ahí que sea la FORTALEZA un factor decisivo en el transcurso del año.

OBJETIVO: Profundizar en la FORTALEZA desde su dimensión mental y emocional como factor de equilibrio, resistencia e impulso.

DESCRIPCIÓN…
A menudo se asocia la FORTALEZA a algo parecido a un escudo humano que repele todo lo que amenaza con desestabilizarnos; también con el arma que dispara con precisión y contundencia sobre los objetivos marcados. Y puede que sea algo así, pero, en todo caso, no podemos reducirlo a ese significado o atribuirle esas únicas funciones.
El factor de la FORTALEZA hace un recorrido que comienza desde la percepción y análisis de nuestras debilidades, de la toma de conciencia de nuestro ser vulnerable y frágil, hasta el modo en el que podemos construir esa fortaleza, tanto personal como de equipo. Descubrir y conocer nuestras debilidades nos ayuda a alcanzar una fortaleza más auténtica.
Ciertamente, la fortaleza es mucho más que un escudo protector o un arma de precisión milimétrica. Así, ser fuerte no consiste en construir un férreo escudo, sino en habilitar unos canales por los que integrar convertir toda la energía que recibimos. Ser fuerte es convertirte en un generador de energía que tiene la habilidad de aprovecharla y transformarla. En esa capacidad para aceptar la energía entrante y regenerarla para tu beneficio y el de tu equipo consiste la fortaleza mental y emocional.

HABILIDADES necesarias que debe fomentar el entrenador...
Para que la FORTALEZA mental y emocional llegue a convertirse en un valor activo y productivo (=FACTOR) en el deportista y el EQUIPO, requiere de:
·         Reflexión. Pocas habilidades tan educativas y formativas en el deporte como la capacidad de contemplación y reflexión. El deportista que deja espacio al análisis siempre tendrá abierto su margen de mejora. También es un hábito que puedes proporcionarle tú. ¡Qué participen de las posibles soluciones!
·         Provocación. Incita a mirar adentro para que encuentren el beneficio de sentirse frágiles; la conciencia de la propia vulnerabilidad es el principio primordial de la fortaleza mental y emocional. Provoca y consigue. ¡Contribuye a que se miren cara a cara, con naturalidad, sus debilidades! Empezarán, sin notarlo, a ser más fuertes en lo personal y lo colectivo.
·         Activación. Elabora una lista de todas las debilidades sin miedo alguno; genera esa conciencia personal y colectiva. Las llamamos por su nombre y tratamos de compartir las emociones que nos produce mirarlas a la cara. Hemos llegado al umbral mínimo necesario.
·         Redirección. Les hacemos ver que, en la mayor parte de las ocasiones, todo forma parte de una falsa creencia que hemos ido alimentando con el tiempo y la autocensura. Invítales a recuperar cuándo se sintieron fuertes en ese aspecto. Alguna vez lo fueron y lo consiguieron.

COMPETENCIAS o CAPACIDADES que el deportista consigue…
La FORTALEZA fomenta en la persona una serie de competencias o capacidades que no solo le serán muy útiles en su práctica deportiva, sino que se transferirán y extenderán al conjunto de su vida, cualesquiera que sean sus circunstancias. Alguna de las competencias que genera la FORTALEZA son:
·         Humildad. La verdadera fortaleza no se traduce luego en la superioridad, sino en la colaboración, porque se ha construido desde la conciencia de la fragilidad y la debilidad personal.
·         Confianza. No repara en los posibles errores ni se atranca en bloqueos absurdos. El error forma parte del deporte y la vida. Se está convencido de hacerlo lo mejor posible siempre.
·         Superación. No importa tropezar, caer, perder, “fracasar”… Solo son expresiones inexactas y paralizantes de la competición. Como entrenador traduce todo ese lenguaje oscuro dentro del proceso y abórdalo como oportunidad, no como resultado final.
·         Resistencia. La FORTALEZA te enseña que no siempre es mejor llegar pronto, sino en el momento preciso; que no siempre es mejor llegar antes, sino juntos; que , como equipo, nunca es mejor llegar solo, sino juntos.


Experimenta ahora tú, entrenador, los beneficios MENTALES y EMOCIONALES que aporta trabajar de manera específica y/o integrada el FACTOR de la FORTALEZA. No olvides que un equipo es un sistema, un organismo vivo que merma o crece con cada movimiento que realiza. Puede que la fortaleza mental y emocional no arranque los aplausos de una grada o tenga una clasificación como la de máximos goleadores, pero recuerda que hay factores imperceptibles que juegan. Entrena tu mente; entrena tu corazón. ¡Genera esa FUERZA en ti y tu equipo! 

Un maratoniano en la Subbética. Zancadas y emociones.

   "Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo, y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa".
Mahatma Gandhi.
 Como suele ser ya costumbre, apagué la alarma unos minutos antes de que sonara, esta vez a las 5:30 horas. Tras un desayuno generoso agarré la mochila y me dirigí al coche para poner rumbo a Lucena. Después de unos tres meses y medio de intensa preparación, el maratón de la Vías Verdes de la Subbética se acercaba entre las últimas sombras de la noche y una ventisca que arrojaba agua como quien arroja una carga pesada para por fin respirar. Todo parecía un presagio de la dureza que esperaba.
         6:45 horas. Recogida de dorsal en la coqueta plaza de toros lucentina, aún en los brazos claudicantes de una oscuridad que parecía resistirse a abandonarnos. Y, después de esperar un rato, al autobús que desplazaba a los participantes del maratón al punto de salida, Luque. Las nubes bajas y la niebla no se lo ponían precisamente fácil a la claridad que empezaba a asomarse al día. A lo largo del trayecto podíamos ver buena parte del trazado que íbamos a recorrer. Concentración, silencio, y algún comentario que rompía de vez en cuando ese momento casi sagrado para muchos corredores.
         9:00 horas. Salida desde la Plaza de España de Luque. Temperatura buena, algo fresca, pero agradable para emprender los algo más de 42 km que se nos abrían entre parajes y vistas hermosas, serpenteando la sierra subbética cordobesa y teniendo las estaciones de tren de la antigua vía como algo más que meros puntos de avituallamiento. Las estaciones de Luque, Doña Mencía o Cabra conservan esa rica esencia de aquellos lugares de estampa costumbrista y nostálgica belleza.
     Toda maratón es exigente, con independencia de su perfil, incluso de la preparación que lleves. Toda maratón es durísima para quien entrega todo lo que tiene, y aún no conozco el maratoniano que al cruzar la meta no se haya vaciado hasta quedarse en la reserva. Sí, vacío; vacío de energía, de fuerza… Vacío fisiológicamente, pero también vacío emocionalmente. Algunas de las inconfesables lágrimas que no pocos corredores de fondo derraman en los instantes finales lo hacen con el sereno pudor de quien ha tocado el límite y no se avergüenza de ello; de quien exprimió todo el zumo hasta romper la cáscara que somos y sentir esa amenaza punzante que ya horada la carne.
No hay más secreto en su poder adictivo. Resulta paradójico escribir este artículo un día después de que se haya pulverizado el récord del mundo de maratón. Y es que no se trata de un tiempo, tampoco de una posición, ni siquiera de un aplauso lleno de reconocimiento a lo largo del recorrido. De hecho, creo que el maratoniano no tiene más ni menos mérito que cualquier otra persona que, de una u otra forma, prueba el trago -siempre inclasificable- del esfuerzo máximo.
Al principio te sientes ágil y fuerte; todo es rodar y esperar. Pero de pronto llegas al kilómetro 30 y te preguntas “¿Qué hago aquí?, ¿qué sentido tiene todo este esfuerzo?... Entonces superas el 34 sintiéndote caer… “Este es el último; tengo bastante”… Los metros se hacen kilómetros y cuando llegas al 40 es el alma la que te empuja, un despojo de ti, de tus fuerzas, de tus emociones, tu humanidad desnuda y desvalida, probada y retada; el vacío, porque ya ni siquiera escuchas tus pensamientos… “Este va por ti…” Se acerca el 42 y oyes cadenas de aplausos en la meta; ahora un frío distinto a todos te abraza y te empuja en los últimos metros… Ese llanto sereno y escondido es la primera y más valiosa carga que tu nuevo ser llena en su palpitante y reconstituyente vacío. A veces me da por pensar que el maratón se parece, y no poco, a la vida...

Si hay pulso, hay vida. Si hay vida, hay llama.

“Nunca es demasiado tarde para ser la persona que podrías haber sido”.
George Eliot.

         Es posible que te encuentres atravesando un momento delicado; de algún modo, todos lo vivimos. También es posible que lo hayas pasado y conserves su huella en forma de cicatriz mental o emocional. Cabe la posibilidad de que todo hasta ahora haya sido plácido en tu vida. Sí, es posible. Pero, de ser así, no te extrañes si de pronto cambia el viento, viene el rostro adverso de los días y, por alguna razón que incluso en este punto desconoces, pretende quedarse. No importa, lo mejor de cada desierto es la fortaleza con que su experiencia condecora tu alma.
En cualquier caso, a pesar de que ciertas sombras traten de cernirse sobre nuestros pasos, se puede vivir en la certeza de que nada de lo que en esencia somos se apaga del todo. Se puede vivir con la seguridad de que parte de lo que en esencia somos, y que aún no hemos desarrollado, terminemos por descubrirlo de una vez y lleguemos a vivirlo, a compartirlo, y, por supuesto, a disfrutarlo. Así es el ser humano en su sencilla pero maravillosa complejidad.
         Buena parte de nuestro crecimiento y desarrollo personal pasa por mirarse dentro, asombrarse de ese espacio tan singular y entenderse con la propia interioridad; por trabajarse esa estructura personal que nos sostendrá y también nos impulsará. Buena parte de esa oportunidad para impulsarse pasa por no tener miedo y emprender definitivamente la aventura de adentrarse y conocerse; pasa por respirar profundo y reconocerse en la profundidad del ser que eres, quieto y dispuesto al mismo tiempo.
Y entonces… ¡estallas!, tienes la sensación que solo vives para expresar y compartir tu persona, radiante y vulnerable a la vez. Y entonces, la inspiración te envuelve porque vives en y desde la experiencia de encontrarte, de descubrirte, de comprenderte. Entonces vives en la continua necesidad de alinearte con el ser humano que en esencia eres. Y para entonces, el talento se convierte en expresión natural y limpia de tu don; y la creatividad, en el torrente incontenible que canaliza esa energía que va de dentro hacia fuera como una fuerza centrífuga vital realmente mágica.
Si hay pulso, hay vida; si hay vida, hay llama, por muy inconsistente que podamos sentirla en esos desconcertantes instantes de zozobra vital. No muere la esencia mientras tu corazón lata; está presente en tus latidos de cristal que parecen quebrarse entre el ruido caótico de los días inconexos, desapasionados. Pero no muere la esencia porque avivar el fuego del ser depende de nosotros. Se trata primero de una decisión, de resistir el ciclo caprichoso de las emociones; de querer después esa luz que eres y provocar así las condiciones que la impulsen. Nadie es tan débil como para no encontrar la fuerza que tiene dentro.

Al fin y al cabo, la prueba de haberte encontrado parece bastante sencilla. Sabrás si has llegado de un modo precioso y verdaderamente valioso. El viaje al centro de tu corazón te empujará irremediablemente a salir, a emprender ese camino de vuelta que, después de todo, solo encuentra en el otro la posibilidad anhelante de completarse. La esencia humana es, en definitiva, vivir la experiencia de encontrarse, conocerse y comunicarse abiertamente…, trascender.

El paso atrás. Cuando avanzamos deteniéndonos.

Al encuentro y la conversación que me regaló Juan Carlos Arrese. En espera de que concrete ese proyecto que provocó en mi esta reflexión... GRACIAS.

“El deseo básico de encontrar el significado y el propósito de la vida, de vivir una vida integrada.”
Elisa Denton.


La naturalidad es el arte de entenderte y entender cuanto te rodea, integrarlo y, después, detenerte o caminar con la sencillez de quien se sabe en perfecta imperfección... Quizá nos autoimponemos demasiada tensión emocional a lo largo de nuestros días. Incluso puede que vivamos con la innecesaria presión de estar bien a todas horas, en cada momento; como si nuestro organismo fuera una máquina programada. Ciertamente, desarrollar la capacidad de incidir en uno mismo, o aprender a gestionar nuestras emociones no tiene que ver tanto con bloquear las reacciones propias de nuestro ser como con la habilidad para acompañarlo en sus ascensos y caídas.
El ciclo emocional –la línea de vida de una emoción cualquiera- está repleto de colinas y valles; de ascensos fulgurantes que te elevan y te regalan momentos llenos de espacio y libertad, de emocionante perspectiva; de extensas mesetas que prueban tu capacidad de resistencia; pero también de descensos que te adentran en inhóspitos espacios umbríos en apariencia intransitables, interminables. Y lo cierto es que nada parece del todo definitivo -sí-, descubres que, al fin y al cabo, entre tanta variable sólo hay una constante: Tú, tu presencia y tus pasos.
En algún momento llega ya la certeza de que te puedes caer –más-, de que te vas a caer; en ese caso, la cuestión está en cuánto tiempo vas a tardar en levantarte… Incluso en el modo de caernos se advierte ya nuestra intención de levantarnos. Después de todo, construimos nuestra vida y tomamos decisiones con algo fundamental: el nivel de consciencia que tenemos, aquél que hemos generado y desde el que nos paramos o nos movemos. La consciencia construye estado y se convierte en pura energía transformadora del ser.
Así, el paso atrás, aunque pueda parecer el ritmo equivocado, la intensidad desviada, el tiempo perdido, en realidad se puede convertir en una inmejorable decisión, en una excelente oportunidad de toma de conciencia para la persona, de claridad y perspectiva creativa. Reconoce su valor e identifica sus momentos:
1.   ¡Se acabó! Identificas un ritmo desproporcionado, desnaturalizado y desprovisto de sentido para tu vida. Te hace sentir insatisfacción, a veces incluso una incomprendida tristeza.
2.   Tomas una sabia decisión. Te detienes. No te impones esa presión añadida de tener que estar bien. Muestras tu disposición a transitar las zonas oscuras.
3.   Das un paso atrás. Contemplas y valoras la situación, cuanto le rodea. Frente al impuso que empuja a avanzar sin aparente criterio, decides –aunque sea por una vez- conceder amplitud a la realidad que vives.
4.   Generas perspectiva. El ritmo de tu camino lo marcas tú. El escenario puede cambiar, lo hace hasta sin que lo decidas, pero tú…, tú no puedes permitirte el lujo de ser en el que no decides ser.
5.   Creas consciencia. La pausa da amplitud, la amplitud proporciona consciencia y la consciencia puede proveernos de algo fundamental para nuestra vida, sentido y propósito.
6.   Caminas de nuevo. Pero de una forma distinta, la tuya. Reconoces la dirección, tus pasos, afrontas tus caídas y entiendes su realidad; te levantas con brío, repites si es necesario la fórmula que te hace ser tú en el camino. 
        Otros tienen ya tienen su carrera, sus objetivos, sus ritmos… Pero son los suyos, tan legítimos como otros, como el nuestro. Sabes que la calidad de nuestro pensamiento de ahora es la calidad de nuestros pensamientos en el futuro. Lo hermoso es que, de pronto, descubres que avanzas con fuerza, porque el paso atrás…, ese paso atrás es el espacio que nos concedemos para ser, la distancia que creas para crecer.

Tristeza. La emoción que suspira.

"La tristeza es un muro entre dos jardines".
Khalil Gibran.
Posee rostro, adquiere un contorno definido y desprende el ánimo que, por la razón que fuere, nos invade durante un tiempo inconcreto. Como sucede con cualquiera de las emociones que generamos, la tristeza es una reacción, una respuesta consciente o inconsciente de nuestro organismo que trata de defenderse, ajustarse, equilibrarse, reivindicarse, elevarse, rebelarse, -por qué no- distanciarse… Nuestra tristeza, esa tristeza que incluso llega sin ser convocada, aparece por una experiencia de pérdida, ante un sentimiento de ausencia.
La vida como continuo intercambio, goteo de experiencias, un incesante juego de percepción que no siempre manejamos ni controlamos del modo en el que creemos hacerlo. No dejamos de experimentar transacciones, y en esa suerte de interacción vivimos, representando la realidad a través de esa deformidad receptiva y creativa con la que se nos abre y nos abrimos al mundo. La vida como constructo poderoso sometido a las reglas con que la intemperie somete a toda criatura; la vida como existencia que reclama sentido y anhela llenarse.
Y de esa humana tendencia, de cada elección que hacemos por las personas y las cosas, de tanto buscar y llenar nuestro ser intrépido, de toda decisión que sedimenta las experiencias hasta convertirlas en creencias, está hecho el ser humano. Precisamente de todo aquello que vamos llenando y que consideramos ya pertenencia personal se nutrirá luego la emoción de la tristeza. En gran medida, estamos hechos de los vínculos que creamos, de los apegos, de adherencias, de afectos entrelazados a la realidad que a ratos vivimos y a ratos nos vive.
Es una emoción humana reconocible y muy extendida. No llamamos a la tristeza, pero un buen día –o malo- viene como brisa melancólica, como eco del vacío que requiere espacio. Y llega para quedarse, buscando el sitio que le pertenece, y el que decidimos que tenga. Ya no se irá, pero podemos concederle el espacio justo, incluso tratando de reconocer su legítima misión, aquélla para la que fue diseñada por nuestro organismo.
La tristeza brota de una sensación de pérdida, de la ausencia de alguien o algo –de nuevo consciente o inconsciente- que llenaba una parte de fundamental de nosotros. A veces se trata de un acontecimiento concreto, localizado aunque inesperado, pero en la mayor parte de las ocasiones en las que nos invade la tristeza, no sabemos de qué se trata exactamente. No damos con la razón hasta que un día, cierto momento, ese instante revelador, alguna visión, un olor que inhalamos, o una sensación que nos recorre, hace que de pronto nos percatemos de la pérdida objetiva, de esa ausencia real que nos conmueve por dentro y a la que nuestro organismo responde de la manera más natural que le es posible, con una emoción.
        Sólo hay una fortaleza capaz de tenernos en pie en medio del sinsentido de algunas experiencias límite, aquélla que nos hace conscientes de nuestra humana fragilidad. E incluso en la tristeza que busca integración y espacio en nosotros salimos a flote; nos resistimos a naufragar. Claro que veces -ni bueno ni malo- el único espacio que la libertad nos concede es la propia conciencia del límite y la fragilidad que ante él nos presentamos. Quién sabe si la búsqueda más determinante que emprende el ser humano es la de un sentido, un propósito. Así se explica que ante la opción libre, igualmente atrevida e inconsistente junto al precipicio, haya personas que prefieran siempre la fe a la nada, siempre la fe.