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¡Tú, Don Quijote!

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida”.
Miguel de Cervantes. El Quijote. Segunda Parte. Cap LVIII.

        Ni cuatrocientos años ni cuatro. No te sientas en la obligación de reconocer la figura de Miguel de Cervantes, ni mucho menos el valor del Quijote; no sucumbas a la tentación de adentrarte en sus renglones o empacharte de páginas como si no costara solo por darte la importancia de haberlo leído. No, no te sientas en la obligación de todo ello por mucho que insistan los medios; no te sientas en la obligación, a menos que hoy, como hace cuatrocientos años, sientas que ninguna ficción ni sueño se construye desde un escenario vital distinto de la realidad. ¡TÚ, DON QUIJOTE!, porque, de algún modo, también encontramos a nuestro lado…

A.    Un Sancho empujado a subirse en la locura de otros para obtener un bien personal; un Sancho empeñado en lanzarse a lomos de su tierna ignorancia incluso para alcanzar el objetivo para el que no se siente ni llamado ni preparado; un Sancho contrapunteando, incluso desde su rancia inocencia, la esperanza de unos pocos soñadores. También un Sancho lleno de bondad buscando la tranquilidad de quien se complica y hace demasiado atrevida la existencia.

B.    Amas y sobrinas dispuestas a hacer de la compasión la excusa perfecta para mantener a su lado la versión más gris de quienes respetan y quieren; amas y sobrinas que procuran la protección que nadie pidió. Amas y sobrinas que demuestran que solo los buenos deseos y la buena voluntad no bastan para decidir lo mejor para otros sin tenerlo siquiera claro para nosotros.


C.    Un Maese Nicolás -el barbero- que, por afeitar, afeita hasta las ilusiones ajenas, ya que las propias parecen rasuradas por el filo de una mediocridad consentida con el golpe seco que la rutina asesta.



D.    Un Pedro Pérez -el cura-, que en el fondo comparta tu sueño pero se sienta incapaz de vivirlo; que impide que otro pueda experimentarlo solo porque él a sí mismo se lo niega, quién sabe si por indecisión, incapacidad o hasta por falta de voluntad.

E.    Un sabio Frestón al que responsabilizar de los desencantos inesperados y repetidos, que nos permita justificar esa secuencia de pequeños fracasos que, a pesar de todo, no consiguen rendirnos.

F.     Un Sansón Carrasco decidido a descabalgar a la locura de ese Rocinante desvalido y frágil que la sustenta; a convertirse en cualquier otro que ensartar pudiera con su lanza y espada los propósitos más nobles y tiernos del ser humano; a derrotar y desposeer de su  honra a quien no hace más daño que vivir su sueño y construir su destino.

G.    O cualquiera de los personajes que traen los días y las circunstancias que, ni siquiera con mala intención, tratan de protegernos de nuestros sueños y anhelos.


        ¡No leas el Quijote, alma de cántaro! Al fin y al cabo, para leer el Quijote más que tiempo, necesitaríamos propósito; habría, de alguna u otra forma, que tener o hacer ganas de querer cambiar la realidad -tu realidad- con esa pizca de locura que requieren, además, los mejores sueños; sí, los de cada uno, y no los de los otros. ¡TÚ, tus propósitos y la pasión de DON QUIJOTE!

El precio del paraíso. Presentación de "Te protegerán mis alas".

“Vine a la luz un día impreciso en un lugar indeterminado. Mi madre me parió con tanto dolor que se dejó la vida en el intento”
Wentinam, protagonista de Te protegerán mis alas.

Puede parecerlo a fuerza de ser contada, a fuerza de ser revivida, pero no, por mucho que se parezcan unas historias a otras, no somos la historia que se repite; somos, más bien, la historia que se abre ante nuestros pasos, ese espacio y ese tiempo que se nos concede, aquel que incluso puede llegar a salvarnos.
Personalmente, no le supongo un ejercicio más noble al escritor que el de destellar historias; el de derramar emociones como se derraman las gotas de un perfume que parece traernos la misma eternidad prendida en su efímera fragancia de palabras e historias que cobran vida. Quizá sea esa, la vocación de toda novela, de esta novela, de la mejor y más alta literatura: traernos aromas de eternidad a un mundo que lleva cosido a su alma ese anhelo… Eternidad.
Nos adentramos en una novela que deslumbra con su historia por muy frágil y tenue que su luz parecer pudiera, una novela que derrama emociones nada más abrir la primera de sus ardientes páginas. Una novela que regala una intuición: a cada ser humano nos corresponde un sueño, y a cada sueño, un propósito; a cada sueño y a cada propósito le corresponden un ángel y un par de alas. Así sucede con Wentinam; y llego a pensar que, como le ocurre a nuestro protagonista, todos tenemos un ángel a nuestros pies desde que nacemos, aunque solo algunos lo ven y solo unos pocos lo reconocen.
Hay en la impronta creativa de José Miguel una habilidad muy singular para ganar el espacio y conquistar el tiempo para su novela. Así, el relato crea su espacio y su tiempo para dominarlo, recreándolos al calor de un estilo narrativo fresco, directo, generoso en imágenes y transparente en la riqueza conceptual de metáforas siempre oportunas. Se adentra el lector en sus páginas a golpe de palabras como latidos, de latidos como palabras que se agarran a la vida con esa fuerza de quien parece nacer cada día y morir cada noche.
Hay también en el texto adjetivos adheridos a la esencia de los nombres a los que incendian con su fuerza evocadora; adjetivos que cortejan a los nombres, adjetivos atrevidos y provocadores en su deseo de poseer la realidad sustantiva. Adjetivos sencillos, oportunos, vibrantes, sonoros; adjetivos convocados para asaltar una y otra vez la tibieza a la que hemos condenado a los nombres a fuerza de escucharlos. Hallamos proporción y ritmo, una suerte de cadencia expresiva que se forja con la chispa y el fuego de verbos exactos, palpitantes.
José Miguel es filósofo; no puede, aunque lo quisiera, esconder ni disimular esa devoción casi mágica por el poder del lenguaje. Ni puede esconder esa inercia creativa tan suya en la que el lenguaje importa; porque no es un instrumento más; se trata de un soporte esencial que hace y construye cosmovisión, que regala y genera mundo, concepto... y, por tanto, vida. Hay, de hecho, expresiones y palabras en el autor de TE PROTEGERÁN MIS ALAS que ya son forman parte de su propio estilo literario.
José Miguel es teólogo. Un sentido providente de la existencia sortea todo tipo de escenarios que asaltarán al lector sin apenas respiro ni solución de continuidad. El tiempo que sucede como línea inevitable (CRONOS), termina por caer rendido en los brazos maternales del tiempo que se revela; del tiempo que se abre como descubrimiento, como desafío, y también como oportunidad (KAIRÓS). Y de ese modo, entrelazado a un vitalismo descarnado, desnudo, deposita nuestro autor en sus personajes toda la libertad para las decisiones, la misma libertad que se torna en peso, con esa fuerza de gravedad que solo soportan los seres humanos que parecen vivir con la fecha de caducidad tatuada en la espalda.
Y José Miguel es escritor; articulista elegante, ensayista profundo y propositivo, pero inconformista a la vez ante las lecturas planas de la realidad entre las que se adormece y –quién sabe si se marchita- una parte del mundo quizá desapasionado, anestesiado; una parte del mundo que deambula buscando la parte del alma que perdió en alguno de sus caminos.
Pero ahora nos detenemos ante el novelista apasionado, quizá en el poeta que encuentra acomodo y proyección en la prosa; acaso en el narrador capaz de seducir a la poesía para intensificar la luz de las palabras, para perfumar la presencia de los sintagmas con los que impulsa relatos de fuego y vida… Y lo hacemos disfrutando de su madurez estilística y su compromiso con la realidad. De afilada técnica y ritmo vibrante, José Miguel ya reúne en sus escritos alguno de los rasgos de los grandes autores, que siendo previsibles en su estilo, se muestran, después de todo, desbordantes en sus historias, historias que ponen a nuestros pies para provocar nuestros pasos, en nuestros ojos para transformar nuestra mirada, y en nuestro corazón para –si así lo permitimos- agitar nuestras entrañas.
Escribía Octavio Paz: “Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo”. ¿Qué se puede esperar de quien ha mirado al miedo a la cara, de quien ha sostenido la mirada ante sus negros presagios o de quien ha desafiado a los días oscuros o a las horas marchitas que anuncian desgracias, más desgracias?, ¿qué cabe esperar de aquellos que no olvidaron las palabras de una madre porque ni siquiera tuvieron la oportunidad de escucharlas, de quienes robaron los besos al viento, lanzaron sus lamentos a las estrellas o reclamaron las caricias de la luna, porque no disponían de más techo que el abismo siempre inmenso de un cielo abierto?, ¿qué cabe esperar, finalmente, de quienes dieron la cara hasta partírsela por la dignidad que otros le negaron o arrebataron; de quienes derrotaron todo lamento y saltaron la valla de la opresión, dejándose la piel y hasta parte del alma en su intento; de quienes cruzan cada día un mar como si cruzaran del infierno al cielo?
Y es ahí, justo en esa tensión narrativa y su vaivén, donde se sostienen impolutos y desafiantes unos renglones hechos versos para que alguien recuerde; las historias de quienes son devorados por la historia, de cuantos son arrojados al agujero negro de la pena, la desmemoria y el olvido. Ahí, donde ya no quedan lágrimas por derramar, y la risa y el llanto unen caminos y destinos, ahí es donde navega la historia de Wentinam, de Abalogam, del padre Antonio, Dominique, Margueritte, Arsene, de Fátima o de Pedro, entre otros... de esa incandescente galería de personajes elevados por el poder del encuentro sincero, de encuentros tan profundos y auténticos que ni calculamos el beneficio ni reparamos los daños.
En definitiva, personajes atrincherados en sus desvelos, presos de sus sombras y esclavos de sus anhelos, a veces soñadores despiertos empujados por un extraño vértigo; personajes que pagan el precio de vivir con monedas de sangre y billetes de fuego; personajes, al fin y al cabo, para los que vivir es a veces un juego y a veces un mal sueño. Personajes para los que vivir es a veces es pisar fuerte, y la mayoría… llegar adentro.
Nos regala el autor con esta novela tan rotunda, esa habilidad de artesano con la que explora el alma humana, sus recovecos más ocultos, allí donde la alegría ensancha el alma, allí donde también luchamos con nuestro tormento; nos regala esa forma tan suya de recorrer lo escarpado de cada personaje, las aristas de su carácter o las oquedades de sus adentros. Hay en la obra, ciertamente, el placer de pasear lo insospechado, lo inhabitado, y de transitar incluso lo intransitable. Mantiene su prosa el eco lírico de los primeros poetas románticos, portadores de la energía más rebelde y vitalista. Pero subyace en cada línea, la lanza afilada y ardiente del realismo más social y subversivo; quizá, el verbo encendido e incendiario de las batallas que estallan dentro y se luchan fuera.
Cada encuentro que acontece en la novela no deja de alumbrar una noble y encarnizada conquista; asistimos a encuentros que son batallas, batallas que no tienen otro propósito que rendir el corazón del otro. Hay, para ello, riqueza y amplitud en el bagaje discursivo del autor. Amplitud por la oportunidad de encontrarte un relato cosido con el hilo de descripciones serenas y precisas, con una enjundiosa carga visual que coquetea con el arte cinematográfico. Y un discurso que muestra riqueza con la calidez de unas conversaciones que tan pronto desprenden la placidez de los instantes serenos como las turbulencias de sus escenas trepidantes; un discurso y un relato que, a pesar del ritmo que generan, dejan un hueco al lector para ocupar el tiempo y el espacio mágicamente creado.
         En José Miguel, la palabra se encuentran y se funden para mostrar una comunicación personalísima, envolvente, capaz de crear una atmósfera única, reconocible, y desprender con ella un aroma ya genuino que refresca algunos de los temas que vertebran el conjunto de su obra: el destino, la fe, la Providencia.
El destino se forja. Y ese forjado lo provoca nuestra actitud vital, nuestra palabra y la acción de nuestra pequeña historia para la gran historia. La lucha valiente de cada ser humano libra con sus márgenes, que contribuye decisivamente a la lucha de la humanidad con los grandes márgenes impuestos y concedidos. Solo entonces emerge el sentido providente de la existencia para rescatar al personaje del oleaje inhóspito de los días, de la imprevisible tormenta del océano que es la existencia.
Quizá hoy es la historia de Ventinam como la de un nuevo Moisés que al principio desconoce, niega y hasta reniega de su origen; que huye hasta el desierto para escapar de los miedos; hasta que una revelación providencial derriba los muros levantados. Quizá Wentinam como un nuevo Moisés que rompe las cadenas y sale de la tierra que lo hace esclavo y le roba el alma y su destino; que atraviesa el desierto y sus penurias hasta, después de una titánica travesía, respirar profundamente el aire que trae la tierra prometida que ya se divisa. Wentinam como un nuevo Moisés que nos interpela y nos provoca, que horada el alma de quienes nos empeñamos en sentenciar qué es la tierra prometida: ¿el lugar al que se llega o el lugar que tu vida, tus desvelos, tu lucha merece y que, en consecuencia, tus descendientes disfrutan? Tuvo Moisés como tiene Wentinam, el anhelo y el reto; la lucha…, y en ella su premio.
Después de todo, cuando las negras sombras nos acechan, solo nos queda la fe, aquello que nos impulsa a dar el salto sin tenerlo todo atado; aquello que nos empuja a no medir la distancia del salto porque ya no queda más suelo; porque ya no queda nada más que perder una vez que todo te ha sido arrebatado. Entonces compruebas, como sucede con Wentinam, que no hay desiertos intransitables, sino motivos inconsistentes.
Siento, que TE PROTEGERÁN MIS ALAS es la historia de un robo, de alguien que posee esa capacidad en desuso para movilizar tu corazón y cambiar el orden de tus latidos. La historia, por mejor decir, de quien secuestra por unos instantes tu corazón para devolvértelo instantes después siendo ya otro.
Novelas como esta hacen que sientas que no callarán la historia de los que no tienen voz, ni silenciarán el alma de quienes gritan en el silencio de la noche; no lo harán porque, hoy, como siempre, la providencia se hace hueco en nuestros días para susurrar al oído la melodía de sus promesas.

Te protegerán mis alas, José Miguel Núñez. Ediciones Carena. Barcelona, 2015.

Pasó la noche, amor. (Presentación de la novela de José M. Núñez)

Entre las páginas heladas y a un tiempo ardientes de El hombre en busca de sentido, Victor Frankl escribe como sin conceder importancia al mensaje: “La vida cuyo sentido último dependa del azar o de la casualidad para mantenerse viva seguramente no merece la pena ser vivida”. Acaso solo una hermosa y acertada sentencia si no estuviera forjada por ese hierro fundido con que se sellan las horas del ser humano en un campo de concentración.
¿Qué cabe esperar del destino cuando te sientes devorar inexorablemente por él?, ¿cuál es la esperanza que queda ante la ausencia de reglas a las que atenerse para continuar con vida?, ¿Qué te pertenece, al final, de ti, tan tuyo en esencia, que nada ni nadie pueda arrebatar ni siquiera con esa caricia fría con que las sombras acechantes anteceden a la muerte?
Al fin y al cabo, en medio del pánico en el que se siente zozobrar el ser humano, puede que el verdadero drama de la existencia sea precisamente ese: carecer de sentido, del propósito que este dispensa y la acción a la que empuja y compromete.
Nos sumergimos en una novela histórica generosa con el lector, rebosante de vida, sin reparos en entregar en cada renglón el alma de las palabras; palabras que van cosiendo cada historia con puntadas de pasión y pinchazos de descarnada ternura; una novela de José Miguel Núñez limpia en su propuesta literaria y liberada de todo prejuicio que terminara por arrinconarla en la realidad monocorde de los estereotipos.
En Pasó la noche, amor, aunque atrapa el contexto, ese modo tan singular que el autor tiene de acercarse a un tiempo y un espacio tan inhóspito y desagradecido, conquista y rinde definitivamente al lector la fuerza de su historia, la explosión de unos personajes rotundos, abiertos en canal a la grandeza pero también –precisamente por esa apuesta- a la miseria de la vida, a la contundencia –siempre imprevisible- de la existencia desnuda. Te ata desde el principio su vitalismo cercano y entrañable, sin estridencias ni brindis alguno a la afectación desmesurada.
Se trata de una novela en la que se cuida con suma delicadeza el hilo de sus historias entrelazadas, dos tiempos distintos que juegan a anudarse dentro de un único espacio posible que como escenario total se nos entrega, el escenario más apasionante posible, inmenso y pequeño: no es otro escenario que el alma humana, la entraña, su urdimbre frágil y robusta a un tiempo; el alma humana despojada de todo ropaje que confundir pudiera sus adentros.
Y la vida, esbelta en su desnudez, mágica en su espontáneo y sincero derroche de gestos; la vida, tanta vida agarrada a la tierra que nos sostiene...
Al fin y al cabo, vida en la literatura y literatura en la vida, el diálogo eterno de este arte noble y caprichoso de escribir al que magistralmente juega José Miguel en su novela.
Creo adivinar que el propio autor se ha enamorado del género, no hay más que leerlo y comprobar cómo consiente y hasta bendice, en rendida complicidad, el coqueteo de la realidad y la ficción… Bueno, yo me atrevería a decir que hace que se fundan realidad y ficción hasta provocar que una y otra por fin se entreguen con pasión en ese baile inagotable de pesadillas y sueños que solo este género te permite como licencia creativa.
José Miguel -afortunadamente- no puede esconder ni reprimir su llama poética; ese arrebatado impulso lírico que desprende el aroma de sus adjetivos al contactar con la piel de los nombres, de los nombres que hacen posible y custodian la vida de los seres, de las emociones, de las cosas…
Por momentos, alcanza a oler su estilo sensorial y preciso a alta literatura, algo que demuestra la naturalidad con que el autor se relaciona con el lenguaje místico. Precisamente esta virtud es la que, sin duda, le permite desarrollar esa capacidad tan personal, tan genuina para rastrear el alma humana, ese hermoso y preciado don para adentrarse en los pliegues y espacios más recónditos de sus personajes, allí donde solo se encuentran los triunfos y las derrotas más íntimas, oquedades y anhelos; allí donde permanecen aquellos sedimentos del alma incluso inaccesibles para la propia conciencia de los personajes creados, acaso solo disposición del narrador omnisciente y el afortunado lector.
Tiene el mérito de elevar de pronto el tono, de subir a la cima expresiva, de hoyar una de las cumbres en la cordillera de la novela y, tan pronto como alcanza ese clímax literario, mostrarse capaz de rebajarlo en función de los tiempos, los personajes, las escenas… hasta el punto de orillar en un estilo más abrupto, directo, severo, propio de un cambio de registro narrativo dentro de la misma obra. Estilos en el estilo, novelas en la novela. Postura moderna bien ensamblada y acertadamente dispuesta. Una suerte de transiciones narrativas compleja de la que el autor no solo sale airoso, sino en la que incluso se recrea haciéndonos disfrutar.
Descripciones medidas pero generosas, en las que, en una sintaxis casi simétrica en sus proporciones, pasean luminosos sintagmas y evocadoras metáforas. En definitiva, múltiples combinaciones de términos que tienen la fuerza que solo pueden darse las palabras que se prestan esencias, palabras que se entregan en cuerpo y alma tan solo al intuirse, al rozarse en el papel.
Hay dominio de la técnica de la conversación, espontaneidad en los diálogos que hace que se conviertan en verdaderas arterias de la novela. Hay lucidez conceptual y seguridad en el lenguaje. Nada, por tanto, está forzado ni escaso. El autor de Pasó la noche, amor aprovecha todas las posibilidades que el género dispensa y nos regala un estilo fresco, matizado, amable en su justa y discreta abundancia.
Fluye la palabra en boca de los personajes de tal manera que los percibimos llenos de vida, de expresión, abrazados a sus perfiles sinuosos, aferrados a sus matices, desde los que nos donan todo lo que son, todo lo consentimos que sean y –por qué no, aceptemos el rapto de la literatura-, todo lo que ellos, en ese despliegue abundante de sus almas intrépidas y palpitantes, llegarán a ser en nosotros.
Pasó la noche, amor se balancea entre el impulso muy bien medido de dos tiempos y los empujones de una realidad y una ficción que sortean todo tipo de pruebas para convertirse en una verdad toda, incontrovertida, donde la verosimilitud desprende el aroma de lo cierto. La realidad como esa verdad histórica, encajada, sometida al dictamen de lo probado; y la ficción como esa verdad que emerge de los anhelos y construye nuestra mente, nuestro corazón; la ficción como esa verdad no acontecida fuera, pero rescatada del más hondo tejido humano, en ese lugar recóndito donde se producen los estallidos del ser. Si no es cierta esa verdad tan íntima, por no estar fuera, ni probada, ¡qué mentira tan verdadera nos navega dentro a cada uno de los que somos!
Pues sí; la ficción es verdad, tan sólo una verdad en otro estado. Quién podría negar la verdad de la ficción, o la verdad que de entre sus brazos de cristal nos rescata el escritor ávido y apasionado. Quién podría entonces negar la verdad que se adentra en el mapa emocional de la persona y, si no acontecida fuera, en el mundo de los hechos, sí vivenciada dentro, en el universo de las emociones.
Trae ficción, José Miguel, como quien sueña la verdad completa de las cosas y la esculpe con pensamientos frescos y palabras hondas. ¿Qué verdad trae la ficción que no se deja someter…? Ficción y realidad, tan verdad ambas como verdadera es la niebla que oculta las cosas; como verdadera es la incertidumbre que va tejiendo libre sus miedos al no verlas; como verdaderos son los presentimientos que acunan la sospecha y el frío; como verdaderas son las sombras que aciertan a distinguirse al comenzar a levantarse; tan verdadero, en definitiva, como todo lo que dentro de nosotros surge por cuanto existe y aún no vemos.
Nos deslizamos por una historia que encandilará al lector por la rotundidad de sus imágenes, el poder evocador de su lenguaje, el modo de disponer en el relato las historias, los momentos, el amor, el odio, la culpa, la pasión, el abatimiento, la esperanza, el perdón, la impotencia, la miseria, la coherencia…, todos ellos rasgos que trazan el escarpado contorno de la fragilidad y la inconsistencia humana en medio de un mundo tan vibrante como desconcertado.
         Es una novela muy de autor porque arrastra hasta la orilla de sus renglones al inquieto profesor de filosofía; porque interpela al teólogo que cuida y alimenta su fe; porque, después de todo, acude a ella el hombre apasionado en busca de lo que todos, en algún momento, buscamos: sentido.
         Precisamente en la búsqueda de sentido cobran vida y fuerza los protagonistas de la novela, que desfilan en mundos sin oxígeno, engullidos bien por la espiral del odio y la sinrazón –como es el caso de Bartolomé en un tiempo-, bien por el vértigo de las decisiones y por el hastío en ocasiones febril que provoca la culpa, como ocurre con Carmen en el otro tiempo. Una primera historia ascendente y desafiante; y una segunda, descendente y claudicante. En cualquier caso, dos historias que juegan a anudarse y comparten esa búsqueda de sentido en medio del sinsentido.
         Advertía el recordado Octavio Paz que “las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo”. Y así podemos atestiguarlo a lo largo de la obra. Si ha habido quien tuvo la firme voluntad, la decisión libre de enterrar su rencor antes que incluso su propio cuerpo, ¿quiénes somos y seremos nosotros para elegir odiar; quiénes para, aunque sea incluso por puro instinto de supervivencia emocional, masacrar otra vez al alma humana que tirita a la intemperie víctima de un mundo a menudo quebrantado?
Por encima del trazo cuidadosamente esbozado, perfilado con maestría por el cincel de las palabras exactas, hallamos en el testimonio vital de Bartolomé Blanco claves, actitudes, gestos, palabras que, ante la ausencia de una explicación, regalan sentido como quien regala melodías para llenar el silencio atronador de la barbarie y la nada. No cautiva la canción por su duración, sino por su intensidad, por la cadencia de esa inconfundible melodía que alguien apasionado comenzara tímidamente a entonar y que ya nada ni nadie pueden acallar.
Ni el aguijón metálico de unas balas en la noche, ni el grito sordo y agónico de la última y acechante oscuridad, podrán hacer estallar las costuras del espíritu indómito. Podrán romper el cuerpo, pero no la historia. Podrán desgarrar los corazones amantes, pero no la huella de la más pura ternura; podrán cuartear las emociones entregadas a otras vidas, podrán segar las propias vidas que respiran ese aire insuficiente en el que habitan, pero no podrán eliminar el aire que limpiaron y perfumaron con su entrega, con su pasión y hasta con su propio tormento.
En Bartolomé se recrea el valor de la integridad; la coherencia se encarna en su compromiso social. Contemplamos una personalidad limpia, rica, dinámica, sin fisuras; una extroversión impecable en las formas y también en el fondo. Ni muros ni paredes jalonan su alma rotunda, abierta, expuesta. Una personalidad que terminará por demostrar que todo destino se elige, porque lo hacemos cada instante, cada hora, cada día… que el destino no es más que tu propósito, tu actitud, la alineación con tus propios valores; y que seremos lo que hoy plantamos, con nosotros o sin nosotros aquí.
El protagonista de Pasó la noche, amor se adentra en el mismo ojo del huracán de un tiempo socialmente convulso, una política deshumanizada, y una mentalidad dilemática que termina por polarizar las posturas, alejar más aún los extremos, y arrastrar a las personas al abismo inmisericorde del recelo, justo allí donde supura la herida abierta y se desbocan resentimientos y prejuicios; justo allí donde se muestra más descarnado el problema de la absolutización de la ideología y el daño que esta puede infligir en el corazón humano.
Dónde están entonces los vencedores; dónde los vencidos cuando el tiempo asienta la polvareda del conflicto vergonzante; cuando permite ver con mínima nitidez la realidad, y puede comprobarse ese campo de batalla en que se convierte la historia con otro episodio de horror y destrucción que aniquila almas y extermina a hermanos. De nuevo Caín y Abel, Abel y Caín aferrados a la piedra que un Sísifo exhausto se empeña torpemente en encumbrar.
Traza José Miguel con mimo el contorno de una sociedad confundida, errante, aturdida, sorda y vociferante a la vez. Una sociedad plural que a menudo confunde la cohesión con la uniformidad. Y lo hace aprovechando la expresión contundente del humilde sillero, del sindicalista católico que devora el camino con sus pasos decididos en pro de la justicia; lo hace –cómo evitarlo- sumergiéndose la explosión de vida que hay en Bartolomé, ese humanismo cristiano que lo moviliza y compromete. Hay tanta hondura en el personaje, en el hombre claro, sereno y activo, soñador; ese mismo que firme camina con los pies en la tierra y el corazón en las estrellas… El hombre que cree, que tiene propósito y tiene esperanza; que ha interiorizado el valor del asociacionismo y su insustituible función de integración social. El cristiano que se indigna por las atrocidades y los abusos, con los postulados contaminados y las intenciones perversas. El sindicalista católico inteligente, astuto, que se sitúa por encima del tactismo partidista que hizo que la política se olvidara de lo fundamental, el bien común; que no consiente que ningún partido patrimonialice el mensaje cristiano, ni tampoco que el sindicato católico se ideologice y alinee políticamente. Y todo ello sin más armas que la fuerza de los argumentos, el peso y el poder de la palabra llena, la consistencia que el sentido común impone en los labios rebosantes del ser humano que vive íntegro.
No abandonemos a su suerte al resto de personajes que hacen robusta a la novela. Hay en sus conflictos internos, en sus luchas emocionales, en sus cuentas pendientes con ellos, una implosión que hace vibrar su interioridad más íntima y acaso oculta. Asoma en ese trabajo de escultura literaria que aborda el autor con sus personajes –reales y ficticios- el eco incendiario del realismo ruso, esa virtuosa cualidad de horadar las paredes del alma humana para contemplar y hacer contemplar al lector los mismísimos pliegues en los que se atrinchera, no siempre manera consciente, la persona que somos. Hay literatura en mayúscula…, hay ficción en los personajes reales y realidad en los personajes ficticios, y a pesar de todo -o por eso precisamente-, verdad en todo ello.
Hay heridas, heridas muy dentro; y hay cicatrices que tapan alguna de esas heridas; pero no su huella, grabada con tinta indeleble en el mapa emocional de sus historias tan distintas y tan semejantes, tan distantes en el tiempo y tan cercanas y próximas en el alma de los personajes. Qué sucede cuando todo se trunca, cuando se aviene lo inevitable, cuando el tren de la vida descarrila sin llegar a todas las estaciones del viaje, cuándo sentimos cómo el golpe seco del vacío llega hasta lo más íntimo…
En escenarios personales diferentes, comparten todos los personajes la inflexión de sus pequeñas o grandes tragedias; el sorbo amargo de la copa que sin contemplaciones le acerca el mundo; el mordisco rabioso con que les desnuda a dentelladas la realidad. Como percepción y emoción humana, toda tragedia lleva impresa en su inexplicable realidad la textura desgarrada y porosa del dolor. Su descarnado gesto, su despiadada sentencia, desangra y exprime el corazón de quienes no tienen más remedio que mirarla a la cara.
Y ante lo trágico, la inconsistencia de la palabra humana, las promesas que se elevan inciertas, discontinuas, difusas… Ante tanta incertidumbre, poco más que la posibilidad cierta y robusta de la fe sin límites. Ante la ceguera y el despropósito, la posibilidad de encontrar un sentido último a tantos pasos rotos que terminan en el paredón donde acribillan los sueños. La fe para que, más allá de ese escenario agónico en el que zozobra el ser, aviste el corazón empapado de anhelos el mundo que esperamos.
No hay victoria, tampoco derrota. Quizá la novela nos muestre que el verdadero fracaso es no disponer de un sentido que abrace nuestro propósito y cosa nuestros pasos a la tierra que pisamos. Quizá, Pasó la noche, amor, pretenda agarrada a sus personajes realzar el valor, la valentía de quienes, revestidos de tan humana dignidad, deciden caminar o detenerse con la herida abierta y no sucumbir –por ello- en el cenagal del odio, atrincherarse en las oquedades del miedo o entregarse a los dictados llameantes y abrasivos del rencor.
Caminar sin reparar en el daño, en las consecuencias que lo inhóspito o trágico del camino deparar pudiera; caminar hacia la luz que no ves, pero presientes y te agita por dentro hasta mirar cara a cara al miedo, a la nada que hace tiritar el alma y busca desnudar la esperanza. Y, de pronto, escuchas dentro de ti, como rompiendo la noche, una voz queda, entera, solemne, amplia: “NO TENGAS MIEDO, DIOS TE SOSTIENE”. Silencio atronador, recogimiento…; es el amor fundante que se abre paso como luz en la oscuridad. Tampoco en la desesperación… El amor nunca llega tarde.
Después de todo, y en espera de que se rompa la noche y despunte definitivamente el alba; de que se disipen las sombras de la oscuridad, nos cabe al menos la certeza -como afirma Víctor Frankl- de que “ni siquiera la libertad es la última palabra; es –tan solo- una parte de la historia y la mitad de la verdad”.

En Pasó la noche, amor hay una última palabra que se entrega a las garras de la noche oscura para conquistar la propia existencia; una última palabra antes de la paz y la libertad que nos esperan al cruzar el descampado de las sombras; una última palabra que alimenta nuestra voluntad. Una última palabra al pasar la noche: AMOR.

Los girasoles ciegos. La dignidad arrebatada, la derrota de todos.

“Sólo tengo el miedo que tanto miedo me daba (…)
El miedo explica casi todo”
Alberto Méndez

         Hay en la derrota de cualquier ser humano una pequeña derrota de cuantos fueron y estuvieron en algún momento, ya fuera cerca o lejos, fuera antes, ahora e, incluso, después. En cualquier caso, la luz que se apaga al otro lado oscurece también el brillo de quienes aún se sienten bendecidos por el incandescente pero caprichoso pálpito de la vida que les sonríe.
Nosotros nos empeñamos en mantenerlos, pero el tiempo borra con solemne frialdad la cruel entelequia de los bandos, y lo real trae una verdad sangrante que desnuda a todos, la misma que termina demostrando que sólo ganó la derrota, ordenándola a unos y a otros. Puede que el tiempo que tardamos en asumir cada verdad es el mismo tiempo que, por alguna razón –o sinrazón- relegamos a nuestra conciencia, despojándola de su función reveladora, constitutiva, ésa indispensable para construir, entre otras cosas, la dignidad propia e incluso ajena.
Entonces, el olvido o el silencio se convierten en una forma de tortura despiadada, ésa que lega la desmemoria acordada o consentida por ambos contendientes, aquélla que dispensan las miradas apagadas que poco o nada transmiten a cuantos continúan el camino. Quien no asume no camina del todo libre.
¿Y si la guerra fuera agitada por los temores infundados de algunos corazones destemplados e inseguros…? Al fin y al cabo, toda guerra viste orgullo y suda odio, toda guerra se lleva por delante la dignidad, la libertad y, por supuesto, cualquier victoria que nadie pueda o pretenda atribuirse en ese momento en el queremos creer en una gloria abortada. Hasta el lenguaje se rinde entregando palabras tan nobles y distinguidas como gloria o victoria.
Lo que alcanza a sobrevivir de los conflictos, de la desesperación y el desgarro con que las guerras cubren las vidas de tantos seres humanos no es sino la vergüenza y el despropósito, el amargo trago de la derrota, el desgarro que provoca el dolor por otros elegido para tantos inocentes que sólo tienen su llanto sordo como abrigo raído o inútil medicina. Y queda sólo el miedo, la soledad, el dolor, la pérdida, el vacío… El sinsentido destrona cada vida y la desposee de su alma y su brillo, de toda o mínima esperanza.

         Poco tan devastador como la renuncia personal a cualquier modo que pudiera quedar de vida -“sin Elena no quiero llegar al final del camino. Sin Elena no hay camino”, apenas acierta a espetar unos de los personajes protagonistas-. No cabe más dolor en un alma, ya sólo queda muerte en la vida que otros decidieron partir. Sólo queda, ya para otros, la memoria como posibilidad de prevenir los daños que vienen; la memoria quizá como legado que proteja la dignidad y bendiga la libertad de aquellos a los que ahora les pertenece el derecho natural a intentarlo de nuevo.

El Cántico Espiritual y la necesidad de todo tiempo.


“Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía,
y luego me darías allí tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día.”
San Juan de la Cruz

 Inherente a la condición humana, el consumo aparece como respuesta, como parte indisociable de su esencia y ser, pertenece a su urdimbre más profunda, pero también la más concreta. La voracidad humana no tiene límite objetivo, ni tampoco plazo perceptible el ansia con que en ocasiones devora el mundo que se le viene. Su particular sed de todo, esa extraña sed que reseca y agrieta el alma, esa insaciable sed que no llena cualquier cosa y cuyo síntoma inequívoco es el consumo al que nos entregamos sin explicación aparente, en busca –quizá- de una placentera sensación que refresque esa tierra polvorienta que a veces somos y en la que nos arrastramos.
Excepcional experiencia que supera incluso los límites de la comprensión terrenal, en su Cántico Espiritual, San Juan de la Cruz toca esa natural necesidad del espíritu humano. Descarnado, desprendido y liberado de las necesidades creadas, busca en la hondura propia y pugna por ver cumplido el anhelo de sentir completado su vacío interior, pleno su deseo de llenar cuanto el alma abierta y dispuesta necesita.
Y encuentra en el lenguaje místico de la erótica que nos susurra el Cantar de los Cantares la situación perfecta que describe tan alto, tan elevado e indescriptible estado. Así, en el paradójico escenario de su encierro en una prisión toledana, desprovisto de su libertad terrenal, y en coherencia con su carácter controvertido y reformista, se tejen estos versos inconfundibles, que memoriza con la tinta indeleble de las emociones ocultas pero ciertas que trae siempre el encuentro con la interioridad.
Como sucede entre la Amada y el Amado, se hace necesaria la participación de las partes, la justa pero desequilibrada reciprocidad para llegar al punto culminante y rebosante de plenitud, ése que sólo está en disposición de atender el Amado en su desbordante y arrolladora presencia. Hay quien pone el deseo, pero siendo en todo momento consciente de que no es sino el otro el que finalmente tiene la potestad para llenar hasta donde nadie ni nada –sólo el Amado- llegar pudiera. Y después, tras tocar el cielo con las entrañas, la tierra y su gravedad tiran de nuestros pies para buscar estar otra vez preparados y, al fin…, asome de nuevo.
El apetito insaciable del ser humano revela una verdad insoslayable que nos zarandea con el golpe seco de ciertos interrogantes… ¿qué será aquello que llene nuestro corazón anhelante que no lo hace aún plenamente cuanto hasta ahora hemos buscado y encontrado?... ¿Por qué ese permanente e insatisfecho deseo de plenitud?, ¿o por qué ese experiencia sólo provisional de lo pleno?... ¿Qué revela esa satisfacción ante la experiencia auténtica que en algún momento hemos podido vivir?, ¿sólo el momento?... ¿Por qué nos conformamos sólo con aquello que se agota pudiendo alzar la mirada que reabre esas costuras que amordazan el alma? Dentro, muy dentro, para mirar de otro modo y con otra intención afuera.

Ana Karenina o los caprichos del tormento.



Nada ni nadie de lo que hay aquí, permanecerá.
¿Para qué, pues, todo?
Liev Tolstói

         De pronto, arrinconados los personajes por el asedio incontenible de las emociones y sus turbulentas reacciones, todo convencionalismo adquirido, todo el decoro y las formas estallan como las costuras de un corsé que definitivamente cedió a los imperativos más implacables de las leyes físicas. Como si de un caudaloso río se tratara, los sentimientos se convierten en el sedimento siempre punzante de esas emociones que apuñalan cada recoveco del alma inocente y abierta.
         Resueltas las necesidades primarias, la búsqueda de cuanto llene al ser humano se torna en incesante e ineludible forma de vida para unos personajes moldeados por los contornos estereotipados de las élites rusas de finales del XIX. Asistimos entonces, en un continuo cruce de caminos que en ocasiones agota, a la gélida lucha que se libra en medio de las solitarias compañías, a la supervivencia en un mundo personal en el que la moral no está ni asumida ni integrada. Y es ahí donde las obligaciones impuestas conducen de manera irremediable a esa hipocresía en las que se arrastran trágicamente las relaciones de la aristocracia decadente del zarismo demacrado y agonizante que fotografía Tolstoi en Ana Karenina.
         En una estrecha pasarela de personajes problemáticos y graves, superados en cierto modo por sus circunstancias, transita serena la obra desde un centro de gravedad que sostiene dos historias en las que plantea el autor su particular tesis sobre el modo en que las personas gestionan ese tormento personal en el que se llega a tocar el vértigo del desequilibrio vital. Como rastreador de la congoja humana, nos presenta Tolstoi ese tormento que derrumba y tumba, y lo distingue de aquel otro tormento que termina, después de un largo desierto, por reconstruir a la persona.
         Sintetiza Ana el daño irreparable que ejerce la presión externa e interna sobre la persona, primero aquélla que impone un entorno inmisericorde, represivo, tan implacable con los otros como autocomplaciente consigo mismo. En segundo lugar, la presión con la que uno mismo se lastima hasta horadar las paredes del corazón, donde la inseguridad y los celos descorren el velo de la interioridad para descubrir la desnuda inestabilidad en la que deambula el ser. Ana como el desmoronamiento y la caída, como el tormento hacia las tinieblas.
         En contraposición y paralela cercanía, muestra el personaje de Levin el otro modo en el que se gestiona y se abandona el tormento, recreándose en esa búsqueda a veces doliente y desesperanzada, pero que finalmente acaricia la plenitud con el descubrimiento de la espiritualidad y la reconfortante experiencia de la sencillez. Levin como el triunfo de la ascética, como el tormento que conduce a la luz.
Así, cada asunto, cada situación, cada ir y venir episódico pretende mostrar la herida abierta de quienes asumen el vivir como una huida de lo indefinido que no dejamos de ser. El drama de no encontrarse y no encontrar es el castigo de unos personajes insatisfechos o, en el mejor de los casos, confundidos entre la telaraña de las emociones, los prejuicios, los deseos... Al fin y al cabo, para Tolstoi no salva el amor como la expresión de las emociones, sino la consciencia de lo posible, de lo realizable, la conquista del ideal alcanzable.