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Premios y reconocimientos en el Deporte Base.

“No juego para ganar balones de oro, juego para ser feliz”.
Andrés Iniesta
        Hace algunos días asistí al cierre de temporada de una Escuela Deportiva en la que, para clausurar la jornada festiva que lo celebraba, se hizo entrega de una medalla a todos y cada uno de los jóvenes deportistas que asistieron. Por otra parte, se premió con unos trofeos espectaculares a los futbolistas de cada equipo que más destacaron en diferentes facetas.
        El momento fue emocionante. Se trenzaron en aquel instante caras de auténtica satisfacción, decepción y algo de resignación en algunos. Muecas -unas y otras- que pronto se borraron en el rostro de la mayoría de los pequeños que se despedían de sus entrenadores o corrían hacia la piscina justo al término de aquella simpática “gala”. Bueno, a decir verdad, de casi todos. Alguno que otro seguía digiriendo el mal sabor de boca que le había provocado no ser reconocido por su entrenador con el premio del “compañerismo”, la “regularidad” o la “revelación”, entre otros. Y sí; se pasa mal por los chavales que eligen tomarlo de ese modo; y se trata de gestionar ese momento para que pueda convertirse en un aprendizaje no solo para el fútbol de hoy, sino para la vida de mañana.
        En cualquier caso, respeto a quienes creen con argumentos razonables  el hecho de que no conviene premiar ni mencionar a quienes destacan en alguna faceta del trabajo en equipo, de la naturaleza que fuere, sobre todo, cuando se trata de niños o adolescentes. Como quiera que se trata de exponer opinión y argumentos, y yo pienso que sí es bueno si se sabe gestionar, allá van estos.

        1. El PODER del CONCEPTO.
        Resulta fundamental elegir qué se premia. Definir claramente en qué consiste y cómo se consigue cada premio. De hecho, conviene presentarlo a principio de temporada, para que todos tengan las mismas oportunidades. Por ejemplo, premios al compañerismo o la regularidad resaltan valores; premios al máximo goleador o al portero menos goleado destacan el acierto o la habilidad/destreza.

        2. El VALOR del MÉRITO.
        Cuando decidimos premiar algo, tratamos de poner en el foco no solo en la persona que lo gana, sino -más bien- la actitud o los valores que lo llevaron a conseguirlo. Creer “de facto” en una sociedad meritocrática que reconoce las actitudes, conductas e iniciativas que provocan el desarrollo personal y promueven el espíritu de equipo tiene su consecuencias. Una de ellas es, sin duda, reconocer el esfuerzo de quienes luchan por ello, para que todos tengamos una referencia que nos ayude, mejor si esta se produce “entre iguales”.

        3. La RENUNCIA DE LA MEDIOCRIDAD.
        Todos tienen su premio, que es pertenecer a un equipo y poder desarrollarse como parte activa del mismo. Nadie se queda sin su reconocimiento, pero es necesario conceder el valor de la excelencia dentro del grupo; también de una excelencia que pueda estar al alcance de todos, para no caer en la trampa de pensar que, por muy divertido que te parezca lo que haces, no es necesario tu mejor esfuerzo para conseguir algo.


        4. La ALEGRÍA por el TRIUNFO del COMPAÑERO.
        Me parece muy sano aprender a alegrarse por el éxito de tu compañero, sobre todo si es de tu propio equipo y comparte tus objetivos. Cuando se hace desde edades más tempranas todo resulta más sencillo para la persona. A menudo entendemos que la competitividad es ser mejor que otro; la competitividad es ser mejor que tú. Precisamente ahí se produce la principal fuente de frustración de los deportistas que no aprendieron a gestionar sus emociones y el sentido de la mejora de su rendimiento y desarrollo personal dentro del equipo.

        5. La GESTIÓN de la “DERROTA”.
        La derrota forma parte de la vida, no solo del deporte. Cuando no cumplimos los objetivos, se nos distingue desde pequeños por el modo que tenemos de afrontar esta situación. Somos responsables; no culpables. Aprender a gestionar la frustración de la caída, aprender a levantarnos y aprender a ponernos de nuevo en marcha no debe suponer una situación vergonzosa ni debe dañar nuestra autoestima. Encontrarse con situaciones adversas o no deseadas no es malo; quedarse en la emoción de la ira y la sensación de frustración, sí.

        6. El ESPÍRITU de SACRIFICIO / La SUPERACIÓN PERSONAL.
        El joven deportista muy competitivo tiende a considerar injusta la situación y, a continuación, suele buscar aliados que lo rescaten de la sensación de frustración. La queja es una reacción orgánica natural, pero debe tener su momento; traspasado, lo único que hace es paralizar el desarrollo de la persona. Se puede buscar culpables de la situación o forjar un espíritu de sacrificio y lucha para volver a intentarlo con más fuerza si cabe. La adversidad o los objetivos no cumplidos son oportunidad.

       Para todo ello, el papel de los adultos resulta decisivo. Tanto entrenadores-educadores como padres desempeñan una función determinante en este sentido. ¿Cómo hacemos que vivan la frustración?, ¿desde qué claves los acompañamos?, ¿de qué buscamos protegerlos cuando no cumplen sus propias expectativas? Cuando se gana un premio, no gana solo la persona o el equipo; gana, sobre todo y para todos, los valores que se necesitaron para conseguirlo. Ese acento parece fundamental; no lo ocultemos del todo. No es lo que pasa, sino la lectura de lo que pasa lo  que es y será determinante

Entrenando intangibles. "La primera vez que la pegué con la izquierda" o la confianza como talento.

“Los líderes nacen, pero nacen tan pocos que a los demás hay que formarlos”
Peter Drucker.
        Mi amigo Sergio Fernández, además de llevar la generosidad por castigo, me regaló este verano un libro cuya lectura tenía decidida, pero aparcada. Y sucede lo que tiene que suceder; que cuando algo quieres que pase, termina pasando… Así llegó este libro a mis manos, fruto de la complicidad que destilan los corazones desprendidos y generosos. Y, por supuesto, lo leí, me entregué a su lectura curioso y expectante. Ya queda su poso burbujeante que hacen inevitables estos cuantos párrafos improvisados.
En ocasiones, tienes la sensación de que hay personas que parecen destinadas, llamadas, convocadas para preservar el alma y la esencia de las cosas, incluso también de las que parecen ya desalmadas por su tamaño o naturaleza, o sencillamente, por el desgaste de las horas estériles al que se ven sometidas. Quizá sea parte del mérito de Imanol Ibarrondo al centrarnos un balón como libro para que lo rematemos así, a bocajarro frente al portero de la desconfianza propia. Qué bueno que tuviera que ser el fútbol el que le dispensara la llave del mapa emocional humano. Lo ganamos como agitador de emociones.
Lo cierto es que, en un mundo entregado al imperio de lo tangible y a las leyes de la visibilidad; movido por los complejos intereses de los capitales movedizos, refresca adentrarnos en el deporte de masas, y en especial el fútbol, que tanto interés despierta y tanto mueve como industria, desde la orilla de lo intangible; desde el taller apacible del artesano que escucha con atención y pregunta con sabiduría; desde el camino que se adentra en las costuras de los motivos y los propósitos más profundos hasta llegar a lo verdaderamente esencial: la persona.
Sin caer en la trampa editorial del manual al uso, tan abierto como frío en su pretensión de alcanzar la inexistente totalidad, un acentuado sentido práctico y sugerente recorre las páginas de La primera vez que la pegué con la izquierda. Precisamente su paciente trenzado con un mundo tan concreto como el fútbol, le habilita para cualquier otra disciplina, del ámbito profesional que sea. Al fin y al cabo, está el fútbol como pasión, pero el coaching como herramienta potenciadora concreta, terrena, que adquiere la forma de las “7Ps” para brillar allá donde tu elemento –en terminología de Ken Robinson- se encuentre. En todo caso, promete el taller, al que la lectura te abalanza como ola a la orilla.
Entrenar intangibles para mejorar lo tangible es propio del gremio de los sopladores de brasas, esos que reavivan el fuego interior de personas, deportistas, equipos, organizaciones…; esos que se atan la humildad como una bota de fútbol; que se retiran sabiendo que el fuego no es obra suya, sino de aquel que descubre todo su maravilloso potencial, ese mismo potencial que está abierto mientras nos alcance para latir en el instante que se nos da, este de ahora. Puede que vivamos de tanteos, de constantes y continuos resultados que se comparan, pero La primera vez que la pegué con la izquierda nos sumerge en un ideal tan concreto y posible como el de sentir que ningún marcador como la satisfacción de ser todo tú en el momento que eres. ¡Tú en el instante…!
Si la has sentido, ya es tuya; inicia de una vez la jugada, tu jugada. Ni siquiera pienses en el resultado; tan solo disfruta el placer irrenunciable de decidir y dar el paso que sientes. La confianza es un principio -muy activo- del talento. Trabajarla, entrenarla es atrevido y valioso. Buena lectura si así lo decides.


La primera vez que la pegué con la izquierda, de Imanol Ibarrondo. Kolima Books.

"Los dos jardineros". Decide en lo bueno; el éxito también mata.

“A un equipo, al equipo que lo inspiró, al mismo que lo sigue inspirando y no dejará de hacerlo cualesquiera que sean sus circunstancias. Nuestro EQUIPO”.

         Quizá fuese el mejor momento de la organización desde que existiera, o al menos desde que viviera una forzosa refundación, y quizá por eso –así lo creo ahora- fuera por lo que aquella mañana decidiera, después de mucho tiempo barruntándolo, cambiar el paso a su brillante equipo de trabajo. No había nada improvisado, aunque era evidente que estaba puesta toda su intuición en aquel momento.
          Marcaban las 9:15 en el reloj digital de la sala de reuniones cuando apareció por la doble puerta de madera que separaba su despacho de aquella verdadera “sala de máquinas” donde se fraguaban gran parte de las decisiones. Algunos aún permanecíamos en pie con la taza de café en la mano; otros entrando por la puerta opuesta, y los había que ya se encontraban sentados revisando informes de su departamento. Era un último viernes de mes, y como cada vez que el calendario nos lo traía, nos encerrábamos la mañana, dos descansos para estirar piernas y refrescar ideas y comida de equipo en torno a las 14 horas.
Nadie sospechaba que aquella rutinaria sesión de Equipo Directivo pudiera dar para tanto en tan poco. Y, sobre todo, que aún lo continúe dando. Lo único que se pareció a una de tantas de nuestras reuniones fue su medido y generoso “buenos días, señores”, con el que, esbozando una sincera y breve sonrisa, parecía convocar a la diosa concentración. Y entonces, desplazando una carpeta de informes y cifras, y apagando el proyector con el mando a distancia…

“Buenos días, señores… Todas las mañanas de cada día se preguntaban los dos jardineros de un viejo parque de la ciudad qué razón escondía ese árbol para que todos los niños buscaran su sombra para jugar habiendo tantos otros e incluso mejores; para que los padres, ya casi de manera instintiva, se arremolinaran en torno a él mientras sus enérgicas criaturas jugaran felices, habiendo otros árboles sin duda más robustos, más vistosos o incluso más esplendidos en la extensión de sus sombras.
El árbol crecía entre el jaleo y la agradecida muchedumbre. Pero no había mañana en la que uno y otro jardinero no discutieran sobre la conveniencia o no de podar sus hermosos y ya imponentes ramajes. Uno de ellos consideraba que era mejor mantenerlo como estaba, pues era evidente el éxito que en el parque tenía y la incertidumbre que podría generar cortar sus ramas. El otro, en cambio, era partidario de limpiarlo, pues consideraba que no había mejor forma de crecer que esa, con independencia de que gustara o no.
-¡Insensible! –insistía una y otra vez el primero- ¿no has reparado en la cara de esos niños cada vez que corren hacia él?, ¿en la confianza de esos padres que llegan a olvidarse de que está allí?, ¿No te has fijado el aumento de las ventas que el kiosko ha experimentado desde que lo trasladamos junto al árbol?...
- Puede que, visto así, lleves razón, pero no es menos cierto que somos responsables del mantenimiento de este parque, y no me negarás que, por muy bien que nos vaya, tenemos que decidir lo conveniente; no lo más agradable…
Uno de aquellos días, mientras se tomaban el descanso habitual de media mañana en la sala de mantenimiento, volvió la discusión. Y mientras andaban enfrascados y atrincherados en sus cerrados argumentos, se oyó un golpe amortiguado pero fuerte, al que le siguieron gritos de niños y, cuando se abalanzaron sobre la puerta, un sinfín de padres corriendo en diferentes direcciones y solicitando ayuda para rescatar a los niños atrapados”.


El silencio devolvía un eco sordo e intenso, sin que nadie se atreviera a atravesarlo con palabra alguna. Muchos reacomodamos nuestra espalda en los confortables sillones de la “sala de máquinas”, otros se inclinaron hacia delante apoyando sus antebrazos en la mesa de trabajo, pero -en seguida- todos captamos el órdago que la alta dirección del equipo nos planteaba como reto ineludible, inexcusable. Había que atravesar ese Rubicón cuando menos lo esperábamos pero cuando más necesario se hacía.
Tras un instante que pesó como pesan las mejores e inesperadas preguntas, pudimos debatir sobre la gestión del éxito, sobre la conveniencia o no de mantener estrategias; sobre la oportunidad de tomar decisiones en periodos de crecimiento para consolidarlo; pero, sobre todo, para anticiparnos, como equipo, a un precipicio que no avisa, ese que pone el vacío como suelo mientras miramos extasiados el brillo de las alturas, ese que ensordece nuestros sentidos mientras oímos complacientes el analgésico de los aplausos, ese vacío que, de no reparar en lo detalles, puede llevarnos a morir de éxito.

Cazadores de estímulos. El homo technologicus y las APPS.

“Corremos el riesgo de llegar a los demás como meros objetos
a los que podemos acceder”.
Turkle.
         Con el libro La generación APP, Katie Davis nos ofrece una rica reflexión sobre el impacto que la realidad de las aplicaciones está teniendo en la vida de los jóvenes, pero también –por contagio y extensión- en la de los adultos. Y entre sus renglones, rescata una cita de Ellul lo suficientemente elocuente como para compartirla y digerirla: “pensar que la tecnología no hará más que dominar nuestra existencia material es una muestra de ingenuidad. Estos dispositivos abren paso a un cambio fundamental en la psicología humana”.
Ciertamente, el mundo de la tecnología en general, y el de las aplicaciones de manera muy particular, está creando una nueva conciencia de sí mismo, de los demás y del conjunto de la realidad circundante; una nueva microvisión y macrovisión en la que el ser humano es sujeto y objeto. Así, la brecha abierta entre los considerados nativos digitales, los inmigrantes digitales y –por supuesto- los analfabetos digitales se expande, como se expande con ella esa concepción del mundo tan singular.
Pocos expertos en educación, psicología, sociología o antropología evolutiva, entre otras disciplinas complementarias, dudan de la influencia y el impacto que las APPS están ejerciendo en cuestiones tan fundamentales como la identidad, la intimidad y la creatividad de los individuos. El modo en el que se vertebra el ser individual, la manera en la que establecemos nuestras relaciones y abrimos nuestra intimidad con los otros (alteridad) y la propia capacidad creativa e imaginativa se ven claramente afectadas por la tecnología que nos envuelve y desde la que hemos establecido la mayor parte de nuestro desarrollo. Puede que, en cierto modo, la relación, uso y dominio de la tecnología determine hoy, como en otro tiempo lo determinaban otras cuestiones, la pertenencia generacional.
En este sentido, podríamos distinguir entre dos grandes categorías de aplicaciones, las que generan dependencia y aquellas otras que generan capacitación y promueven el desarrollo del pensamiento y la creatividad. Sugerente al respecto es la reflexión de Nicholas Carr, quien expresa que, “por su velocidad, la era digital fomenta el pensamiento superficial, malogra la lectura y la reflexión sostenida que favoreció la era Gutenberg”. Nos deberíamos preguntar, al respecto, en qué espacio del homus technologicus nos situamos, si en aquel en el que se encuentran las personas app-dependientes o, por el contrario, en aquel otro donde permanecen los app-capacitados.
Las APP-dependientes trazan rutas establecidas, caminos marcados; dispensan soluciones unívocas y generan un pensamiento unidireccional y dependiente. Mientras que las APP-capacitadoras proporcionan horizontes y no caminos establecidos ni rutas marcadas; generan un tipo de pensamiento alternativo, constructivo y autónomo.
En cualquier caso, vivimos en un mundo rodeado de dispositivos digitales que, a través de sus innumerables aplicaciones, parecen dispensar soluciones de todo tipo a todo tipo de situaciones. Basta reconocer una dificultad, un problema más o menos extendido para a continuación crear una aplicación que lo solvente con más o menos acierto. Un mundo en el que ser humano, en plena revolución tecnológica, se está convirtiendo en un avezado cazador y devorador de estímulos. Sin ellos, sin el contacto permanente y continuado de estímulos, el ser humano incluso llega a desarrollar un síndrome de abstinencia con toda la sintomatología que lo hace reconocible.

Después de todo, en esa conciencia nueva de sí mismo, de los demás y del mundo, lo siguiente, a modo de rasgo inequívoco de la Generación APPS, puede ser –si de hecho no lo es ya- entender las personas y el mundo como una gigantesca aplicación, donde el principio de utilidad siempre esté por encima del principio de vitalidad. ¿Qué supone todo esto?...

"El fracaso es no intentarlo". Diario de un coach.

“No es su dureza o su comodidad, su estrechez o su anchura;
lo que hace bueno al camino es el hecho
de que sea tuyo y te conduzca a tu destino”.
Terminamos su proceso personal de coaching hace ya algún mes. Pero aún tengo su fuerza dentro de mí, pegada en las paredes porosas de mi corazón. Bendita vocación la de trabajar la mejora de las personas. Él se reconocerá al leerlo. Lo llamaré Treeman. Y dejo las evidentes connotaciones para ti, lector.
Treeman se mostraba desde el principio contemplativo, resuelto, correcto en el trato y cercano en la conversación; se veía seguro de sí mismo pero al mismo tiempo expectante ante la imprevisible experiencia de trabajar por vez primera con un coach. Por lo que pude compartir en los diferentes retornos que fuimos haciendo, fueron unas sesiones intensas en su conjunto, serenas y exigentes, donde el componente retador sobrevolaba en las miradas, las preguntas, las palabras, los silencios… Treeman terminó de cerrar un objetivo; afrontó sus miedos y temores con el que se limitaba; surcó para ello el territorio inhóspito de sus sombras y desafió por fin a aquellas dudas que, por muy distintas y variadas razones, todos tenemos como desierto árido que cruzar. Y después de unos pocos meses llegó la última sesión junto al coach.
El escenario elegido para esa sesión final fue distinto, inesperado. Un espacio potenciador e inspirador para Treeman. Un par de días antes le envié un mensaje para quedar en un parque y comenzar desde allí 1 hora de running. Así terminaría su proceso, nuestro proceso. Allí donde ciertamente se reconocía en un hábitat placentero, motivador, activador…
Al principio fue un trote suavemente; sí, por delante toda una hora para compartir sensaciones entre preguntas, silencios, respuestas, pensamientos… Conversamos sobre la marcha de sus miedos, de su temor a caer y fracasar, y lo hicimos al ritmo de zancadas, donde Treeman se sentía verdaderamente potenciado y cómodo. Esa niebla gris con la que el miedo suele envolver y acariciar a las personas parecía disipada por momentos. Treeman, sin ni siquiera ser preguntado, propulsaba palabras sobre sus experiencias y vivencias… No había filtro emocional ni mental… Se emocionaba al revisar su vida; nos emocionábamos al ritmo de pisadas que parecían precipitarse y acelerarse en un cadencioso y ascendente ritmo.
-El fracaso es no intentarlo -se repetía convencido, convenciéndose.
Asiento sin articular palabra; sólo permanezco a su lado corriendo al ritmo que marcaba…Mis gafas de sol me permitían parecer neutral en la batalla que él libraba por dentro y me regalaba, pero estaba entregado entre un ejército de emociones dispuestas a saltar de la trinchera de los ojos. (-Tranquilo -me repetía en mi lucha interior para no acaparar el momento).
         Entonces comenzamos a dialogar sobre el presente, sobre el modo en el que a partir de ahora abordar la vida personal y profesional… y ahí se volcó sin que tampoco en esta ocasión me concediera la oportunidad de intervenir; ni yo lo pretendía ni él lo necesitaba. Su crecimiento, sin duda, ha sido espectacular porque él lo ha querido, sentido, protagonizado, luchado y proyectado. Presencia, consciencia, inspiración, ilusión… sintetizan  el trabajo de estas semanas para Treeman, pero también para mí, por supuesto. Es el regalo que me deja cosido con el hilo de las emociones…
        No queda nada, ha pasado la hora como pasa una brisa, suave, imperceptible, reconfortante. El reloj da la señal, nos miramos y paramos, pero nuestra mente, nuestro corazón ya no se detienen; quieren más… y lo van a tener. Nos despedimos con un abrazo y hay una emoción que evita cualquier otra despedida convencional.
-¿Todo bien?, ¿y ahora…? -pregunto.
-Ahora todo –responde mirándome a los ojos y estrechándonos en un abrazo que nos hizo más humanos, más fuertes.

Una convicción y una experiencia. Hay poca energía tan transformadora y reportadora de vibraciones positivas como aquella que logras introducir en el canal desbordante de la VIDA. Libera tanta atadura a esa VIDA. Gracias, Treeman, por tus raíces profundas y tu sombra reconfortante. ¡Seguimos!

Si hay pulso, hay vida. Si hay vida, hay llama.

“Nunca es demasiado tarde para ser la persona que podrías haber sido”.
George Eliot.

         Es posible que te encuentres atravesando un momento delicado; de algún modo, todos lo vivimos. También es posible que lo hayas pasado y conserves su huella en forma de cicatriz mental o emocional. Cabe la posibilidad de que todo hasta ahora haya sido plácido en tu vida. Sí, es posible. Pero, de ser así, no te extrañes si de pronto cambia el viento, viene el rostro adverso de los días y, por alguna razón que incluso en este punto desconoces, pretende quedarse. No importa, lo mejor de cada desierto es la fortaleza con que su experiencia condecora tu alma.
En cualquier caso, a pesar de que ciertas sombras traten de cernirse sobre nuestros pasos, se puede vivir en la certeza de que nada de lo que en esencia somos se apaga del todo. Se puede vivir con la seguridad de que parte de lo que en esencia somos, y que aún no hemos desarrollado, terminemos por descubrirlo de una vez y lleguemos a vivirlo, a compartirlo, y, por supuesto, a disfrutarlo. Así es el ser humano en su sencilla pero maravillosa complejidad.
         Buena parte de nuestro crecimiento y desarrollo personal pasa por mirarse dentro, asombrarse de ese espacio tan singular y entenderse con la propia interioridad; por trabajarse esa estructura personal que nos sostendrá y también nos impulsará. Buena parte de esa oportunidad para impulsarse pasa por no tener miedo y emprender definitivamente la aventura de adentrarse y conocerse; pasa por respirar profundo y reconocerse en la profundidad del ser que eres, quieto y dispuesto al mismo tiempo.
Y entonces… ¡estallas!, tienes la sensación que solo vives para expresar y compartir tu persona, radiante y vulnerable a la vez. Y entonces, la inspiración te envuelve porque vives en y desde la experiencia de encontrarte, de descubrirte, de comprenderte. Entonces vives en la continua necesidad de alinearte con el ser humano que en esencia eres. Y para entonces, el talento se convierte en expresión natural y limpia de tu don; y la creatividad, en el torrente incontenible que canaliza esa energía que va de dentro hacia fuera como una fuerza centrífuga vital realmente mágica.
Si hay pulso, hay vida; si hay vida, hay llama, por muy inconsistente que podamos sentirla en esos desconcertantes instantes de zozobra vital. No muere la esencia mientras tu corazón lata; está presente en tus latidos de cristal que parecen quebrarse entre el ruido caótico de los días inconexos, desapasionados. Pero no muere la esencia porque avivar el fuego del ser depende de nosotros. Se trata primero de una decisión, de resistir el ciclo caprichoso de las emociones; de querer después esa luz que eres y provocar así las condiciones que la impulsen. Nadie es tan débil como para no encontrar la fuerza que tiene dentro.

Al fin y al cabo, la prueba de haberte encontrado parece bastante sencilla. Sabrás si has llegado de un modo precioso y verdaderamente valioso. El viaje al centro de tu corazón te empujará irremediablemente a salir, a emprender ese camino de vuelta que, después de todo, solo encuentra en el otro la posibilidad anhelante de completarse. La esencia humana es, en definitiva, vivir la experiencia de encontrarse, conocerse y comunicarse abiertamente…, trascender.

El paradigma del pionero en el cambio de era.

“Nunca creí que pudiéramos transformar el mundo, pero creo que todos los días se pueden transformar las cosas.”
Françoise Giroud.

La explosión provocó un profundo estallido, y la onda expansiva terminó por derribar cuanto a su paso se interponía como si de un escenario de cartón piedra se tratase. De pronto, segundos que parecen años; años que bien parecen segundos… Una densa humareda se apoderó de la atmósfera silenciosa y polvorienta. El aire pareció huir y sentimos, al momento, ahogarnos entre la confusión y el caos… Quizá todo se parezca; quizá ya nada sea igual; quizá lo único claro entre tanta oscuridad sea la osadía y el valor de levantarse ante lo inevitable.

Todo cambio de era en la historia transita entre décadas perdidas, escenarios en apariencia sombríos cuya realidad completa sólo pudo descifrar el futuro que aún no ha llegado. Sin perspectiva, todo análisis no toma la distancia que genera conciencia necesaria para saberte y saber. Se repite el patrón, la civilización dominante que agoniza se resiste a desaparecer, pero termina por ceder el testigo ante la explosión inevitable, la revolución siempre pendiente y rara vez reconocida por quienes no se acostumbran al cambio.
Parecía inagotable su formato reluciente, parecía venir de lo eterno para ser eterno, pero el paso de la edad antigua a la edad media condenó a la cultura grecolatina al recuerdo, relegándola a la única forma con que la historia se permite mantener con vida lo valioso, el sustrato cultural, ese fantasma amable que se pasea por el tiempo siempre por llegar. Así sucede con tantas otras revoluciones que marcaron hitos, que rompieron la línea de la historia y abrieron un surco en la tierra gastada.
La invención de la imprenta y la vertiginosa circulación del conocimiento, el pensamiento moderno, la revolución francesa y empoderamiento de la burguesía, la mecanización de trabajos tradicionales y el encumbramiento del comercio; las revoluciones industriales, los movimientos y las reivindicaciones sociales, el dardo envenenado del imperialismo, las guerras mundiales, las disputas por el orden mundial y la polarización norte-sur; el desconcierto ante la explosión de la revolución tecnológica y el colapso sistémico que algunos anuncian como fin de una era que agoniza y otra que empieza a emitir sus primeros balbuceos. El tiempo pendiente y el espacio que llega... Se podría hablar del escenario que viene, pero del mismo modo podríamos hacerlo -por qué no- del escenario que creamos.
Mientras tanto, hay quienes, aturdidos en medio de la explosión tecnológica en la que re-evolucionamos, prefieren pensar que, cuando desaparezca el polvo y la atmósfera se limpie tras el estallido, todo habrá sido un mal sueño y cada cosa estará de nuevo en su sitio. Por otra parte, los hay que sopesan que nada volverá a ser igual cuando se disipe la nube marrón que nos ahoga. Sin embargo, existen personas, grupos, organizaciones que centran las claves, con independencia de cuanto pueda venir, en la fortaleza interior de quienes caminan, en sus convicciones, en sus intuiciones y también en su esperanza.
Después de todo, si ante tanta incertidumbre no podemos asegurar qué vendrá, sí nos pertenece al menos elegir quiénes seremos; quiénes serán o seremos los que decidamos mantenernos en pie y, aun sin ver claro el horizonte, comencemos a caminar mientras se asienta el polvo y vuelve a entrar el aire en los pulmones. El paradigma de los pioneros, aquellos que muy posiblemente no fueron los mejores, pero sí los primeros en levantarse para comenzar el camino que mañana otros emprenderán con firmeza. La lucidez es el arrebato incontenible de la inteligencia.

Diminutamente grandes... (Reflexión sobre Una hormiga en París).


“Yo prefiero pensar que el cambio está en nuestras manos y en la ilusión que tengamos. Si uno no cambia, el mundo no cambia.”
Marc Vidal.

        Aseveramos con demasiada frecuencia, hemos tomado el gusto a hacerlo pensando que así consolidamos nuestra posición de dominio o nuestra necesidad de influencia sobre los demás. Puede que proclamemos sentencias inamovibles más de lo que la realidad soporta y –por supuesto- más de lo que nos podemos permitir a la hora de afrontar nuestros impredecibles desafíos. Esto, o todo lo contrario; nos desentendemos del ahora de tal modo que bien pareciera que nuestra propia vida no fuera con nosotros. Con punzante serenidad lo expresa Bernardo Hernández en el prólogo de Una hormiga en París, “la vida es mucho más compleja que esa dualidad entre voluntaristas y deterministas.”
        Sea como fuere, el poder de los sueños, y cuanto provocan a su alrededor con ese inconfundible impacto con que afectan a la realidad, permanece proporcionalmente unido al deseo de materializarlos. En un mundo complejo en su ambivalencia, muchos nos demuestran que donde hay pasión hay sueños, donde hay sueños retos; y es precisamente de los retos desde donde surge la incontenible fuerza del emprendimiento y la innovación.
        Con un sugerente dominio de la fórmula divulgativa, y aupado por el fino pragmatismo de su narración, Marc Vidal invita a la superación de los propios miedos, de modo que pueda la persona encararse al freno que siempre ha supuesto el miedo al error, el pánico al fracaso. No se trata de ser más grande, quizá pueda tratarse de asomarse desde otra altura, desde esa ventana que presente la realidad como la excelente oportunidad en la que puede convertirse. Así visto, el error, después de todo, no es más que un dato que puedes utilizar en tu beneficio.
       Desde este enfoque, en el necesario análisis del entorno que toda acción emprendedora impone cobra especial relevancia el observador que somos, pero también el observador en el que decidimos convertirnos. El observador que provoca cambio –innovación- lo ha impulsado primero en sí mismo para poder impulsarlo posteriormente en la estructura. Se trata de la flexibilidad interna necesaria, lo que los expertos denominan neuroplasticidad, cuanto pro-mueve a la decisión de innovar sobre sí mimos para innovar en la estructura, en los proyectos, en el producto… Después de todo, como expone el autor, en esa paradójica diferencia entre lo que eres y lo que pareces, “la innovación sólo es innovación si el mercado la acepta”.
      En cualquier caso, cuando sientes que tu tiempo se entrega a algo más que un empleo, todo adquiere otra dimensión. Hacer posible tu propósito o advertir un sentido en tu acción, hace que toques esencia  y, por tanto, desprendas irremediablemente pasión. Es entonces cuando asoma el talento y transforma todo aquello que alcanza; cuando, por efecto contagio, suma otros talentos a la causa común del desarrollo; es entonces cuando se establece una conexión creativa y resplandeciente, que establece una red poderosa y expansiva: el volcán en erupción que es el talento corporativo.
      La innovación está en el alma de los proyectos que impactan; pero será el intraemprendimiento, los recursos planificados para reinventarse en una realidad discontinua y compleja, el que actualice posicionamiento y valor constante, aquél que estratégicamente logra la identificación tanto de sus agentes y como de sus destinatarios.
      En Una hormiga en París, Marc Vidal traza una clave esencial para reconocernos en medio del gran hormiguero que aturdido asiste a la explosión de la revolución tecnológica. Somos únicos precisamente porque somos parte de un inconmensurable todo. Como ya ocurriera en otros momentos de nuestra civilización, el ser humano que surja de esta eclosión será necesariamente distinto del que hoy conocemos, del que hoy se debate en esa incertidumbre propia de un cambio de paradigma evolutivo.
      Mientras tomamos conciencia, no viene mal detenerse para reemprender cualquier camino, también el tuyo. “Yo elegí hace mucho tiempo que mi trabajo sería mi pasión y si no se iluminaba el habitáculo donde yo trabajara en el preciso instante en el que yo entrara, dejaría de hacerlo.” Marc Vidal.

De la manada, el grupo y el equipo.


"La fuerza reside en las diferencias, no en las similitudes"

Stephen Covey
   El andamiaje social y los fundamentos de las relaciones entre los individuos han evolucionado considerablemente desde el principio de la humanidad. La naturaleza, el concepto y la misma finalidad de la interacción ha ido reconfigurándose con el paso del tiempo, ayudando a establecer principios de relación que, en la mayoría de las ocasiones, han ido enriqueciendo al ser humano. Sea como fuere, no parece ésta una consideración meramente cronológica; la propia persona, a lo largo de su vida, puede vivir situaciones que le acercan a la manada, al grupo o, incluso, a un equipo. 
   Desde el principio, el instinto de protección y supervivencia ha  empujado irremisiblemente al ser humano a unirse a la manada, a buscarla e intentar no separarse de ella. La necesidad de perdurar, de trascender más allá del instante que pasa, provoca que busquemos acomodo en ese conjunto de individuos que aspiran, por encima de otro propósito, a permanecer con vida. Para ello, ponen de su parte lo que fuera preciso si con ello alcanza para cumplir con el objetivo de prolongar todo lo posible la propia existencia. De hecho, no hay nada más importante para la manada que la parte de protección que sumas al conjunto. Ese es, en definitiva el paradigma de la manada.  
        La evolución del concepto de manada al de grupo pasa por un detalle crucial, no conformarse con sentir la protección, no verse realizado con la única sensación de sentirse seguro. De ahí que, superando la primera fase instintiva, al grupo te empuje estar identificado con unas ideas concretas, algunos principios cooperativos que de alguna manera compartes y consideras relevantes. En el grupo eres alguien por la afinidad de tus ideas con las que marca el conjunto; mientras en la manada no existe más aspiración que experimentar la seguridad, escoges uno entre otros grupos por esos valores o principios activos que, sin aparente consideración colectiva y puesta en común previa, reconocen al conjunto de individuos. La consideración que el grupo tiene del individuo es también otra; para éste es muy importante la motivación que te llevó a elegir la pertenencia a ese colectivo. En cualquier caso, en el grupo no hay más horizonte ni aspiración que disfrutar y compartir esas ideas, pensamientos, sentimientos o sensaciones que unen y hacen sentirse bien.
Por último, encontramos una evolución fundamental en la consideración del equipo. El equipo te hace sentir, no sólo que te protege o te brinda unas ideas con las que poder identificarte y disfrutar, sino que, además –aquí el factor determinante-, sientes que progresas, creces, te desarrollas… El equipo te moviliza. Para el equipo eres persona y tu singularidad es tremendamente valiosa, es la que aporta valor al equipo. Se vive en una suerte de interacción interdependiente donde no desaparecen nunca las metas, los objetivos, los retos. El del equipo es el paradigma del horizonte por conquistar en el que, ya el mismo camino, concede valor, imprime sentido. Aparece, incontenible, el carácter dinámico como expresión de la naturaleza que somos y vivimos. 
La manada sólo es manada, es una trinchera social, mientras que el grupo vive en los rasgos del grupo, pero pudiendo compartir en algún momento elementos de la manada, eso sí, sin llegar a ser un equipo si se queda aferrado y atrincherado sólo en el placer que le procura su grupo; es un lago, un piélago confortable y despreocupado. El equipo, máxima aspiración; el equipo es un río caudaloso, un torrente de agua que inspira y que va creciendo y asentándose seguro de su marcha y destino. El equipo tiene el valor de poder ser manada, grupo y equipo en función de las circunstancias, situaciones y necesidades, pero siendo consciente de que la más noble, alta y plena aspiración es la de ser individuo en el equipo que crece y te hace evolucionar.

Del valor efectivo del grupo

"Sólo se aguanta una civilización si muchos aportan su colaboración al esfuerzo. 
Si todos prefieren gozar del fruto, la civilización se hunde."
José Ortega y Gasset

Ese determinante empeño asociativo que les caracteriza, tal vez su apabullante sentido cooperativo, esa disposición radical al beneficio del grupo, ha llevado a las abejas –seguro que entre otras razones- a ser una especie con más de cien millones de años, frente a los dos millones que, aproximadamente, aún tiene el ser humano. Bien es cierto que hay especies con algunos años menos que nosotros, pero parece incuestionable que existe y está demostrada buena parte de las razones de tan longeva y fructífera historia.
Encontramos en este curioso dato otro claro ejemplo en el que aparece contrastada la importancia de la dimensión social como factor efectivo de proyección tanto personal como colectiva. Garantizada la individualidad, todo parece indicar que seguirá siendo el grupo, y su capacidad para permanecer efectivamente unido, el que salvará aquellos obstáculos y situaciones que vayan presentándose en el discurrir de la historia.
De este modo, la cohesión, así como la integridad dentro de ésta, aparecen como valores que ayudan a hacer perdurables todo tipo de proyectos. Para que tanto uno como otro valor se produzcan y desplieguen su potencial es necesario que todas las partes lleguen a entender que es preciso renunciar a algo para conquistar lo fundamental, aquello que, con el tiempo, contribuirá a alcanzar las situaciones proyectadas en común. Cuando los problemas atenazan a los individuos, la fortaleza de los grupos marcará el itinerario y sus posibilidades reales.
Por otra parte, la interdependencia se muestra como otro de los valores decisivos para integrar los proyectos personales en el proyecto de grupo. De hecho, trazar un proyecto de grupo y compartirlo se antoja fundamental, así como alinear y hacer confluir el conjunto de propósitos personales con los del colectivo. La interdependencia reconoce ese peso efectivo del individuo en la consecución de los fines y la visión del grupo. Al mismo tiempo, en esta creencia será el grupo el complete las carencias propias en ese fluir cooperativo en el que nadie ni nada pierde, muy al contrario, sale reforzado de esa experiencia de compromiso mutuo; de ese alto nivel de confianza en el que sólo es posible tan rentable interacción.
En cualquier caso, la aportación generosa del individuo al grupo multiplica lo invertido si existe la conciencia colectiva en cada uno de los miembros. Ante un contexto tan delicado y circunstancias tan complejas y cambiantes, lo peor, sin duda, no es precisamente este contexto o sus circunstancias, por difíciles que puedan ser, sino no tener claro una visión, un lugar a donde ir y unos valores con los que luchar y poder llegar a esa meta compartida.
En plena época de incertidumbre y cierto desconcierto, emergen siempre valores que, al menos, te hacen resistente para, en algún momento, despegar y comenzar a remontar situaciones. Cuando la tempestad aprieta y muestra toda su furia es tiempo de resistir y replantear la estrategia, de ajustar los propósitos y diseñar el trabajo que te llevará a alcanzar tus retos. Nada cansa ni agota más que carecer de un plan.

Arriesgas: eliges brillar...

       "De repente, por una vez, decidí mandar sobre mi destino."
Viktor Frankl.

       Aunque una capa de cierta insatisfacción y prematura indolencia parece dominar en el conjunto de la sociedad, hay quienes, abrazando ese necesario punto de vitalismo realista, sienten la necesidad incontenible de explotar las cualidades propias; hay quienes experimentan el empuje por el desarrollo del talento personal o no se resisten a atender esa misteriosa llamada interior que les obliga a dar el salto de entregar lo mejor de sí mismos.
        Toda persona tiene en sus manos la posibilidad de brillar; y sí, brillar es una cuestión de actitud; brillar, sin duda, es una elección, una opción fundamental, como lo sería también permanecer en la oscuridad personal, recluido en el olvido de sí mismo, apagado o fuera de servicio. Hay que ser muy libre para elegir brillar, elegir reafirmarte en cada segundo, en cada minuto de tu vida y no sucumbir a la tentación de postrarse, de sentarse en el trono grisáceo de la pereza.
Así mismo, nadie debería empeñarse en brillar al modo exacto en el que lo hace el otro, los otros. Además de perder el tiempo, aumentamos proporcionalmente las posibilidades de frustración. La singularidad, la especificidad con la que tu talento personal te hace brillar resulta inigualable, inimitable en modo alguno. Descubrir con humildad tu grandeza te rescata y te habilita, te dispone hasta el punto de transitar con equilibrio por la cuerda inconsistente y frágil de la vida. Brillar posibilita encuentros verdaderos, relaciones profundas, conexión de interioridades anhelantes de plenitud.
Por otra parte, resulta particularmente fascinante encontrar personas que poseen el don de hacer brillar a otros, haciendo consistir su propia felicidad precisamente en eso: hacer brillar. Es entonces cuando la generosidad deja de ser una palabra estética y de amable musicalidad, llegando a alcanzar una expresión superlativa. Es el momento en el que se hace vida y, sobre todo, cobra sentido la realidad de mi brillo es tu brillo. Sin tu brillo siento que se apaga parte de la intensidad de mi luz. Sólo brillo si hago brillar.
Sentimos que con la vida, ese manantial cristalino que se hace torrente para algún día fundirse en la inmensidad del mar, el ser humano se hace portador de una antorcha, una antorcha de la que resulta del todo imposible desprenderse. Al principio, la antorcha puede ser peso, lastre sin sentido que a veces despreciamos y con la que incluso golpeamos en determinados momentos. Hasta que un día, levantamos la mirada y, al ver a otros, comprobamos la utilidad, la misión encomendada.
Nuestra antorcha puede iluminar el camino en la oscuridad, que se convierte a su vez en camino para otros; nuestra antorcha calienta en la noche fría; es señuelo, rastro para quienes aún están en la duda, en la incertidumbre, viviendo en el temor de vivir. Nuestra antorcha puede sostener una luz débil, pero es nuestra luz, que apagada se ahoga en la pasarela del tiempo y el espacio. Brillar, aunque tenuemente, elijo vivir y luchar para brillar.