El paradigma del pionero en el cambio de era.

“Nunca creí que pudiéramos transformar el mundo, pero creo que todos los días se pueden transformar las cosas.”
Françoise Giroud.

La explosión provocó un profundo estallido, y la onda expansiva terminó por derribar cuanto a su paso se interponía como si de un escenario de cartón piedra se tratase. De pronto, segundos que parecen años; años que bien parecen segundos… Una densa humareda se apoderó de la atmósfera silenciosa y polvorienta. El aire pareció huir y sentimos, al momento, ahogarnos entre la confusión y el caos… Quizá todo se parezca; quizá ya nada sea igual; quizá lo único claro entre tanta oscuridad sea la osadía y el valor de levantarse ante lo inevitable.

Todo cambio de era en la historia transita entre décadas perdidas, escenarios en apariencia sombríos cuya realidad completa sólo pudo descifrar el futuro que aún no ha llegado. Sin perspectiva, todo análisis no toma la distancia que genera conciencia necesaria para saberte y saber. Se repite el patrón, la civilización dominante que agoniza se resiste a desaparecer, pero termina por ceder el testigo ante la explosión inevitable, la revolución siempre pendiente y rara vez reconocida por quienes no se acostumbran al cambio.
Parecía inagotable su formato reluciente, parecía venir de lo eterno para ser eterno, pero el paso de la edad antigua a la edad media condenó a la cultura grecolatina al recuerdo, relegándola a la única forma con que la historia se permite mantener con vida lo valioso, el sustrato cultural, ese fantasma amable que se pasea por el tiempo siempre por llegar. Así sucede con tantas otras revoluciones que marcaron hitos, que rompieron la línea de la historia y abrieron un surco en la tierra gastada.
La invención de la imprenta y la vertiginosa circulación del conocimiento, el pensamiento moderno, la revolución francesa y empoderamiento de la burguesía, la mecanización de trabajos tradicionales y el encumbramiento del comercio; las revoluciones industriales, los movimientos y las reivindicaciones sociales, el dardo envenenado del imperialismo, las guerras mundiales, las disputas por el orden mundial y la polarización norte-sur; el desconcierto ante la explosión de la revolución tecnológica y el colapso sistémico que algunos anuncian como fin de una era que agoniza y otra que empieza a emitir sus primeros balbuceos. El tiempo pendiente y el espacio que llega... Se podría hablar del escenario que viene, pero del mismo modo podríamos hacerlo -por qué no- del escenario que creamos.
Mientras tanto, hay quienes, aturdidos en medio de la explosión tecnológica en la que re-evolucionamos, prefieren pensar que, cuando desaparezca el polvo y la atmósfera se limpie tras el estallido, todo habrá sido un mal sueño y cada cosa estará de nuevo en su sitio. Por otra parte, los hay que sopesan que nada volverá a ser igual cuando se disipe la nube marrón que nos ahoga. Sin embargo, existen personas, grupos, organizaciones que centran las claves, con independencia de cuanto pueda venir, en la fortaleza interior de quienes caminan, en sus convicciones, en sus intuiciones y también en su esperanza.
Después de todo, si ante tanta incertidumbre no podemos asegurar qué vendrá, sí nos pertenece al menos elegir quiénes seremos; quiénes serán o seremos los que decidamos mantenernos en pie y, aun sin ver claro el horizonte, comencemos a caminar mientras se asienta el polvo y vuelve a entrar el aire en los pulmones. El paradigma de los pioneros, aquellos que muy posiblemente no fueron los mejores, pero sí los primeros en levantarse para comenzar el camino que mañana otros emprenderán con firmeza. La lucidez es el arrebato incontenible de la inteligencia.

El nuevo entorno de aprendizaje. El educador ante la espiral del cambio.

         "En tiempos de cambios profundos, los que saben aprender heredarán la tierra, en tanto que los que creen saberlo todo se encontrarán bellamente dotados para manejar un mundo que ya no existe más."
Eric Hoffer.
 
         Se agotó el concepto de enseñanza tal cual se ha concebido en los últimos siglos, de la misma forma que en su momento se agotaron algunas fuentes de energía o, sencillamente, dejaron de tener vigencia o utilidad tras alguna de las revoluciones que provocaron determinadas transformaciones. Muchos de los paradigmas que terminaron por imponerse en algún momento contaron con la resistencia, incluso la negación y la oposición, de cuantos se sentían desconcertados por la espiral con la que nos envuelven los cambios no decididos.
Sea como fuere, el cambio se trata de una realidad, un hecho tan controvertido como incontestable. El entorno donde se juega el aprendizaje de la persona ya no depende –si alguna vez lo hizo- de la decisión de los educadores, de los padres, de la familia, de los profesores… El mundo referencial para el niño y el joven se ha dimensionado exponencialmente, y la incidencia de las estructuras tradicionales resulta –como siempre- fundamental y necesaria, pero no podemos seguir negando la nueva configuración e incidencia del entorno de aprendizaje que se abre paso.
El paso de la escuela del contenido a la escuela de la experiencia y la iniciativa no sólo está disolviendo la delimitada frontera que existía entre la enseñanza y el aprendizaje, también entre educadores y educandos, sino que genera esa necesaria y preciada incertidumbre por la que suelen dar comienzo las mejores aventuras, también las educativas. De este modo, el educador que vive y construye en este nuevo entorno de aprendizaje desarrolla unas competencias muy alejadas del estereotipado dispensador de contenido. 
1.   El educador impulsa a valorar. Se trata de ganar la relación educativa desde la razón, el diálogo abierto, la participación. Así,  la aproximación a la propia persona se convierte en un elemento indispensable, generando algo tan potenciador como la construcción de la conciencia de sí y la toma de conciencia del entorno en el que nos desenvolvemos.
2.   El educador ayuda a aprender. Se refiere a ganar la relación educativa desde el gusto por el descubrimiento y el aprendizaje. La relevancia del docente no se basa en el dominio exquisito de unos contenidos; ya existen grandes expendedores de contenido y conocimiento a un clic de distancia. La habilidad para sostener esa experiencia de aprendizaje, para mantener la capacidad de asombro ante los descubrimientos resulta decisiva.
3.   El educador alienta a pensar. Se trata de ganar la relación desde la libertad. El juicio crítico y creativo se forma desde los primeros años; se puede fomentar, incentivar y premiar la aportación de soluciones distintas a los mimos planteamientos. Pero, sobre todo, se puede generar un hábito principal para la persona a lo largo de toda su vida: el pensamiento, y con él, la perspectiva.
4.   El educador enseña a amar. Se refiere a ganar la relación desde el afecto, las emociones. Quien tiene el corazón de la persona lo tiene todo. Aprender a amarse para amar apasionadamente la realidad que se descubre, se vive, se experimenta y se transforma. El desarrollo de la persona va asociado a su equilibrio personal y el equilibrio con que incorpora la vida, el conocimiento, la experiencia, las relaciones… Aprender a querer es principio y motor; lo emocional impacta hacia dentro y hacia fuera. Nos cambia el amor y provocamos cambios por amor. 
         Después de todo, desde la antigüedad clásica se ha tenido la lúcida convicción de que la autoridad no se impone, más bien se concede. Poco más y poco menos, como educadores, que mostrarnos dispuestos a acompañar procesos, sugerir caminos, apuntar horizontes y generar esa confianza necesaria donde el aprendizaje es experiencia, una hermosa suerte de interacción en medio de entornos abiertos y cambiantes donde todos ganan.

Tristeza. La emoción que suspira.

"La tristeza es un muro entre dos jardines".
Khalil Gibran.
Posee rostro, adquiere un contorno definido y desprende el ánimo que, por la razón que fuere, nos invade durante un tiempo inconcreto. Como sucede con cualquiera de las emociones que generamos, la tristeza es una reacción, una respuesta consciente o inconsciente de nuestro organismo que trata de defenderse, ajustarse, equilibrarse, reivindicarse, elevarse, rebelarse, -por qué no- distanciarse… Nuestra tristeza, esa tristeza que incluso llega sin ser convocada, aparece por una experiencia de pérdida, ante un sentimiento de ausencia.
La vida como continuo intercambio, goteo de experiencias, un incesante juego de percepción que no siempre manejamos ni controlamos del modo en el que creemos hacerlo. No dejamos de experimentar transacciones, y en esa suerte de interacción vivimos, representando la realidad a través de esa deformidad receptiva y creativa con la que se nos abre y nos abrimos al mundo. La vida como constructo poderoso sometido a las reglas con que la intemperie somete a toda criatura; la vida como existencia que reclama sentido y anhela llenarse.
Y de esa humana tendencia, de cada elección que hacemos por las personas y las cosas, de tanto buscar y llenar nuestro ser intrépido, de toda decisión que sedimenta las experiencias hasta convertirlas en creencias, está hecho el ser humano. Precisamente de todo aquello que vamos llenando y que consideramos ya pertenencia personal se nutrirá luego la emoción de la tristeza. En gran medida, estamos hechos de los vínculos que creamos, de los apegos, de adherencias, de afectos entrelazados a la realidad que a ratos vivimos y a ratos nos vive.
Es una emoción humana reconocible y muy extendida. No llamamos a la tristeza, pero un buen día –o malo- viene como brisa melancólica, como eco del vacío que requiere espacio. Y llega para quedarse, buscando el sitio que le pertenece, y el que decidimos que tenga. Ya no se irá, pero podemos concederle el espacio justo, incluso tratando de reconocer su legítima misión, aquélla para la que fue diseñada por nuestro organismo.
La tristeza brota de una sensación de pérdida, de la ausencia de alguien o algo –de nuevo consciente o inconsciente- que llenaba una parte de fundamental de nosotros. A veces se trata de un acontecimiento concreto, localizado aunque inesperado, pero en la mayor parte de las ocasiones en las que nos invade la tristeza, no sabemos de qué se trata exactamente. No damos con la razón hasta que un día, cierto momento, ese instante revelador, alguna visión, un olor que inhalamos, o una sensación que nos recorre, hace que de pronto nos percatemos de la pérdida objetiva, de esa ausencia real que nos conmueve por dentro y a la que nuestro organismo responde de la manera más natural que le es posible, con una emoción.
        Sólo hay una fortaleza capaz de tenernos en pie en medio del sinsentido de algunas experiencias límite, aquélla que nos hace conscientes de nuestra humana fragilidad. E incluso en la tristeza que busca integración y espacio en nosotros salimos a flote; nos resistimos a naufragar. Claro que veces -ni bueno ni malo- el único espacio que la libertad nos concede es la propia conciencia del límite y la fragilidad que ante él nos presentamos. Quién sabe si la búsqueda más determinante que emprende el ser humano es la de un sentido, un propósito. Así se explica que ante la opción libre, igualmente atrevida e inconsistente junto al precipicio, haya personas que prefieran siempre la fe a la nada, siempre la fe.

Emotiocracia. Poder y gobierno de las emociones en las organizaciones (y II).

"Tome control de sus emociones de manera consistente y conscientemente, y deliberadamente transforme las experiencias de su vida diaria."
Anthony Robbins.

           A pesar de la intensidad interior que provocan, de todo ese movimiento generativo con el que agitan el organismo, nuestra relación con las emociones no se circunscribe al ámbito intrapersonal, sino que trasciende de la propia persona y genera un inconfundible impacto en nuestro entorno. No es ya que condicionen poderosamente la manera de percibir la realidad y de relacionase consigo mismo, sino que influyen en tu pareja, en el ámbito familiar, el círculo de amigos o el propio entorno profesional.
         Casi siempre de un modo inconsciente, las emociones –como sabemos- construyen estados, y los estados conducen a la conformación de nuestro sistema de creencias, fundamentales por otra parte para la configuración de la personalidad. Así, la habilidad para influir conscientemente en este complejo pero decisivo proceso neurológico otorga cierta potencialidad a la persona; la capacidad desarrollada para alterar, determinar y transformar estos estados proporciona al individuo un dominio sobre su estado –también actitud- que lo diferencia sensiblemente de aquellos otros rendidos al a menudo implacable gobierno de las circunstancias. Precisamente en esto consiste la neuroplasticidad, en la posibilidad de condicionar voluntariamente, y con una determinada intención, el inconmensurable tejido conectivo que juega dentro de nuestro organismo para convertirse en auténtica energía vital.        
         No ocurre por casualidad; se trata de un rasgo que, sin hacerlo mejor o peor que otros, distingue a nuestro tiempo. En la búsqueda y captación de talento por parte de los departamentos de Recursos Humanos de muchas de las organizaciones más avanzadas y que mejor han entendido el nuevo paradigma de desarrollo ésta se ha convertido en una prioridad máxima. Junto a la competencia y destrezas necesarias para el desempeño, las organizaciones con un funcionamiento horizontal valoran una persona con rasgos muy definidos:
1.   Una persona flexible, abierta al cambio. Una estructura personal muy rígida en lo funcional sufrirá en un tiempo marcado por la realidad del cambio y unas organizaciones demandantes de elasticidad mental y emocional.
2.   Una persona con capacidad para reinventarse al tiempo de la misma organización y por necesidad de los objetivos que se van cruzando en el mismo camino. Aunque la meta pueda mantenerse, las rutas no tienen por qué ser siempre las previstas.
3.   Una persona dispuesta a la interacción y al trabajo cooperativo. El trabajo en equipo no será la suma de sus individuos, sino el resultado de la riqueza que genera el trabajo en red. El factor de equipo.
4.   Una persona feliz, equilibrada, multidisciplinar, que busca llenar otros espacios vitales que, al fin y al cabo, redundarán en el beneficio de la organización. Se busca el impacto del efecto contagio en el mundo organizacional. Todo se transmite, hasta el optimismo. 
     Un nuevo funcionamiento organizacional se impone de un modo que determinará la misma existencia y supervivencia de las estructuras, donde aspectos como la motivación, el liderazgo, la conciliación entre la realización personal y cumplimiento de los objetivos de las entidades serán determinantes (Ecología de la organización). Una visión donde –ya lo estamos viendo- la dimensión emocional se ha convertido en una potente correa de transmisión organizacional.

Emotiocracia. Poder y gobierno de las emociones (I).

“No olvidemos que las pequeñas emociones son los capitanes de nuestras vidas y las obedecemos sin siquiera darnos cuenta.”
Vincent Van Gogh.

         Aunque así lo pareciese, e incluso tentados por su atractivo encanto, no se trata de analizar aquí las claves de la pulsión romántica a finales del siglo XVIII y principios del XIX, de dejarnos encandilar –aunque fuera por un momento- por aquella fogosa rebeldía o el inconfundible espíritu enardecido de seres arrastrados por una tempestad tan consciente o inconscientemente buscada…
Bien es cierto que, a la luz de los continuos avances en neurociencia, así como del mayor conocimiento de la estructura y funcionamiento de nuestro cerebro, todo aquello que un día consideramos latigazos del corazón que había que controlar –incluso reprimir- encuentra en nuestros días una explicación más fundamentada. Sabemos que toda emoción no deja de ser una reacción de nuestro organismo a una realidad percibida, vivida; una respuesta articulada y dirigida, con la intención natural de acomodar nuestro organismo a determinado impacto o estímulo percibido. Toda emoción tiene, por tanto, un motivo que atender y, por supuesto, una finalidad para la que surgió.
Nada parece cuestionar el peso y la influyente acción de las emociones en la compleja realidad del ser humano. Somos emoción, emociones que pueden construir sentimientos; sentimientos que a su vez generan creencias; creencias que, al fin y al cabo, alumbran y sustentan la identidad propia y provocan ese conjunto de actitudes, ese abigarrado mosaico de comportamientos que conforman la parte más visible y tangible que también somos.
Aceptada esta influencia, asumido el poder reactivo y creativo de las emociones, comprendidas sus funciones, queda para la persona algo mucho más interesante que este descubrimiento, profundizar en el conocimiento y la gestión de dichas emociones. Abandonar aquella pretenciosa idea de controlar todo, que desembocaba en una autodestructiva espiral represiva, y aprender a gobernar ese tejido emocional tan propio de nuestra urdimbre humana. Después de todo, conocernos añade sentido; nos proporciona, cuanto menos, un mayor grado de consciencia y, muy posiblemente, una creciente sensación de libertad.
Entonces empezamos a pensar –sentir- que el mundo se mueve por emociones, estados y creencias que el ser humano y las 100.000 millones de neuronas que en su cerebro juegan a conectarse (sinapsis) establecen a través de las continuas y diferentes experiencias que proporciona cada instante. Hay estudios que demuestran que el cerebro no decide, sólo justifica la decisión que tomamos, algo que reafirma el planteamiento de que toda emoción puede ser la respuesta de ajuste que se da el organismo para mantener el estado de equilibrio natural.

Por tanto, gobernar las emociones debe ser muy parecido a entenderlas; a, llegado el momento, aliarse con ellas, conspirar incluso junto a ellas, de modo que llegue a valorarse en su justa medida su realidad orgánica y funcional. Con frecuencia se ha apuntado que el buen gobierno es aquel que respeta la naturaleza de lo gobernado y posibilita su realización. Nuestras personas, nuestras familias y grupos de amigos, nuestras mismas organizaciones, tenderán a ser más emocionales en su espacios de realización, tendrán que serlo para encontrar una mayor potencialidad y desarrollo. Más que muros de contención, la brisa o el viento de las emociones necesita de molinos con grandes aspas que generen la energía que la vida requiere y nuestra existencia reclama.

Juan Bosco. El sueño que vive.

“- Ven, Juan, ven conmigo -repetía mi afligida madre.
- Si no viene papá no quiero ir -respondí yo.
- Pobre hijo -añadió mi madre-, ven conmigo, ya no tienes padre.”
Memorias Biográficas.

         1817. Sucedió en una de las innumerables colinas del Piamonte, allí donde los Alpes, desde su imponente y blanca majestuosidad, tratan de buscar acomodo en la Península Itálica. Una imagen difusa pero intensa permanecía alojada entre los destellos de su alma para siempre joven. Contaba entonces Juan con tan sólo dos años, quizá suficientes para evocar el primer recuerdo de su vida, la muerte prematura e inesperada de su padre en su brillante y arrolladora madurez…
Pero, salvo aquella emoción retenida, aquellas palabras serenas, nada se detuvo; todo siguió, y lo hizo con ese ordenado atropello de luz y color con el que los soñadores inundan los días. El beso de la vida no discrimina, sólo necesita del alma dispuesta. Y en Juan Bosco, sin duda, encontró una.
         Poco tan esclarecedor y de tan poderosa agitación para una vida, una sencilla e incluso apartada vida, como descubrir tu propósito, la idea que moviliza tus días, la convicción que señala el camino o el sentido que empujan tus pasos. Como cegadora identidad, encontramos en cada ser humano que sueña el germen de una existencia grande, la posibilidad de una vida plena. Así sucedió con “Don Bosco”, el amigo de los jóvenes.
Hay en el niño, en el aún jovencísimo Juan Bosco, a pesar de las circunstancias familiares adversas, o quizá precisamente por ellas, un ardiente deseo de descubrimiento de la realidad, una necesidad apasionada, casi impulsiva en su romántico empuje, por abrirse a un mundo duro pero, al mismo tiempo, maravilloso; un fervoroso aliento que se traducía en empeño por ocupar todo tiempo y todo espacio, de llenar cada estancia que a su frenético paso la vida abría. No era prisa, era intensidad vital.
Hay en la decisión de abandonar su casa, aún imberbe y con la generosa y providente ternura de su madre como impulso, una llamada interior que explotaba dentro de sí, como fuente desbordada. Hay en su celo por el trabajo y la formación un espíritu de superación sólo comprensible en quien como loco atiende sin desmayo a sus sueños. Pero hay también en su discreta templanza mucha fe, la certeza de quien se sabe abandonado en su propósito y en su camino. De ahí, entre otras razones, su felicidad contagiosa y su deslumbrante magnetismo con aquellos niños y jóvenes desprovistos de horizonte en el frío Turín azotado por la revolución industrial de mediados de siglo.
Y cada vez más fuerte parecía su corazón sensible, más convencido de su misión entre andamios que encumbraban la explotación de niños solitarios –muchos huérfanos-, de jóvenes envejecidos, vaciados de todo afecto y desprovistos de dignidad. Juan Bosco, el joven sacerdote, abre un surco en la tierra gastada, decide vivir en la grieta que otros pisoteaban o –en el mejor de los casos- ignoraban. Centenares de jóvenes surcaban las calles en busca algo que les sacara de la nada. Y allí estaba él, preocupado, atento, cariñoso, exigente, comprensivo. Para él, las circunstancias podían hacerlo más complejo, pero ningún sufrimiento era lo suficientemente fuerte, ninguna experiencia tan devastadora que pueda matar del todo la esperanza, que pueda mutilar la oportunidad que nos pertenece.

Si bien su rostro y su visión hoy en el mundo parece inconfundible, el legado educativo de Don Bosco no se agota en la familia salesiana, en sus proyectos educativos y formativos tan vinculados al mundo de la formación profesional. Su concepción preventiva de la educación, su lucha valiente por la dignidad, aquella indestructible confianza en las potencialidades de cada joven, su incondicional apuesta por lo que se consideraba ya perdido, reposaba y reposa en una de sus profundas convicciones,  “La educación es cosa del corazón.”
Pedro Enria, uno de aquellos muchachos pobres, huérfano en la epidemia de cólera de 1854, sintetiza en su testimonio lo que supuso Don Bosco para tantos de ellos como él. "Pasó por fin junto a mí y sentí que el corazón me latía con fuerza, no por temor, sino por el afecto que sentí hacia él (...) Él fue para mí un verdadero padre. Junto a él, éramos felices."

Diminutamente grandes... (Reflexión sobre Una hormiga en París).


“Yo prefiero pensar que el cambio está en nuestras manos y en la ilusión que tengamos. Si uno no cambia, el mundo no cambia.”
Marc Vidal.

        Aseveramos con demasiada frecuencia, hemos tomado el gusto a hacerlo pensando que así consolidamos nuestra posición de dominio o nuestra necesidad de influencia sobre los demás. Puede que proclamemos sentencias inamovibles más de lo que la realidad soporta y –por supuesto- más de lo que nos podemos permitir a la hora de afrontar nuestros impredecibles desafíos. Esto, o todo lo contrario; nos desentendemos del ahora de tal modo que bien pareciera que nuestra propia vida no fuera con nosotros. Con punzante serenidad lo expresa Bernardo Hernández en el prólogo de Una hormiga en París, “la vida es mucho más compleja que esa dualidad entre voluntaristas y deterministas.”
        Sea como fuere, el poder de los sueños, y cuanto provocan a su alrededor con ese inconfundible impacto con que afectan a la realidad, permanece proporcionalmente unido al deseo de materializarlos. En un mundo complejo en su ambivalencia, muchos nos demuestran que donde hay pasión hay sueños, donde hay sueños retos; y es precisamente de los retos desde donde surge la incontenible fuerza del emprendimiento y la innovación.
        Con un sugerente dominio de la fórmula divulgativa, y aupado por el fino pragmatismo de su narración, Marc Vidal invita a la superación de los propios miedos, de modo que pueda la persona encararse al freno que siempre ha supuesto el miedo al error, el pánico al fracaso. No se trata de ser más grande, quizá pueda tratarse de asomarse desde otra altura, desde esa ventana que presente la realidad como la excelente oportunidad en la que puede convertirse. Así visto, el error, después de todo, no es más que un dato que puedes utilizar en tu beneficio.
       Desde este enfoque, en el necesario análisis del entorno que toda acción emprendedora impone cobra especial relevancia el observador que somos, pero también el observador en el que decidimos convertirnos. El observador que provoca cambio –innovación- lo ha impulsado primero en sí mismo para poder impulsarlo posteriormente en la estructura. Se trata de la flexibilidad interna necesaria, lo que los expertos denominan neuroplasticidad, cuanto pro-mueve a la decisión de innovar sobre sí mimos para innovar en la estructura, en los proyectos, en el producto… Después de todo, como expone el autor, en esa paradójica diferencia entre lo que eres y lo que pareces, “la innovación sólo es innovación si el mercado la acepta”.
      En cualquier caso, cuando sientes que tu tiempo se entrega a algo más que un empleo, todo adquiere otra dimensión. Hacer posible tu propósito o advertir un sentido en tu acción, hace que toques esencia  y, por tanto, desprendas irremediablemente pasión. Es entonces cuando asoma el talento y transforma todo aquello que alcanza; cuando, por efecto contagio, suma otros talentos a la causa común del desarrollo; es entonces cuando se establece una conexión creativa y resplandeciente, que establece una red poderosa y expansiva: el volcán en erupción que es el talento corporativo.
      La innovación está en el alma de los proyectos que impactan; pero será el intraemprendimiento, los recursos planificados para reinventarse en una realidad discontinua y compleja, el que actualice posicionamiento y valor constante, aquél que estratégicamente logra la identificación tanto de sus agentes y como de sus destinatarios.
      En Una hormiga en París, Marc Vidal traza una clave esencial para reconocernos en medio del gran hormiguero que aturdido asiste a la explosión de la revolución tecnológica. Somos únicos precisamente porque somos parte de un inconmensurable todo. Como ya ocurriera en otros momentos de nuestra civilización, el ser humano que surja de esta eclosión será necesariamente distinto del que hoy conocemos, del que hoy se debate en esa incertidumbre propia de un cambio de paradigma evolutivo.
      Mientras tomamos conciencia, no viene mal detenerse para reemprender cualquier camino, también el tuyo. “Yo elegí hace mucho tiempo que mi trabajo sería mi pasión y si no se iluminaba el habitáculo donde yo trabajara en el preciso instante en el que yo entrara, dejaría de hacerlo.” Marc Vidal.