La escuela transformativa. El cambio sistémico.

"La educación no es la respuesta a la pregunta. La educación es el medio para encontrar la respuesta a todas las preguntas "
William Allin
         Desde hace unos meses, las principales cabeceras generalistas de información vienen aumentando exponencialmente los artículos relacionados con la educación. Crece la Información y, al calor de ese fuego, crece también la opinión. Y celebramos que sea así; pues estaremos de acuerdo en la importancia y fundamento del asunto. Sí, nos jugamos demasiado, y movidos por intereses muy diversos, todos los sectores del tejido social parecen realmente preocupados por la calidad de la educación; todos por motivos y fines tan legítimos como insuficientes.
         Todos, absolutamente todos, los gobiernos, sindicatos, docentes, familias, empresas... podemos encontrar dificultades; podemos tener nuestros propios obstáculos, pero disponemos al mismo tiempo de aquellos retos y objetivos que nos proporcionan motivo, sentido, propósito y, sobre todo, camino. Lo decisivo es saber qué se quiere, dónde se está y cómo lo vamos a conseguir.
       
  En todo caso, si hay algo que me parece fundamental en el diseño de la estrategia, Que cada una de las partes implicadas reúna la generosidad suficiente como para poner en el centro de la misma al niño y al joven, verdaderos protagonistas de la apuesta. Porque si antes que los intereses particulares y objetivos potenciales de cada una de estas partes no somos capaces de ver la centralidad de la persona, lo que quiera que surja, surge podrido. Es Decir:
  1. Que los gobiernos -¡que pueden!- quieran y sepan ver la escuela más allá de posibles y potenciales votantes.
  2. Que los sindicatos -¡que pueden!- quieran y sepan ver la escuela más allá de conflictos laborales.
  3. Que el entorno de empleabilidad y empresas -¡que pueden!- quieran y sepan ver la escuela más allá de forjadoras de máquinas productivas para el sistema.
  4. Que todos los docentes -¡que pueden!- quieran y sepan ver la escuela más allá de un espacio de empleo con el que poder vivir.
  5. Que todas las familias -¡que pueden!- quieran y sepan ver la escuela más allá de un espacio útil para la planificación y organización de sus proyectos.
  6. Que todo el alumnado -¡que puede!- vea y experimente entonces la escuela como el lugar y el espacio en el que aprende, se desarrolla, interactúa y crece.


Se trata, quizá, de partir del desarrollo integral de la persona y no solo de la capacitación para los entornos de empleabilidad movedizos que se van creando. Se trata quizá de ir un poco más allá de esos intereses particulares; de no conformarnos con una escuela adaptativa y apostar de una vez por una escuela transformadora de la persona y transformativa del entorno; de una escuela que acompaña a la persona a descubrirse, a descubrir la realidad y a descubrir la posibilidad cierta de transformarla.

Será la prioridad de verdad y no solo una declaración de intenciones cuando los intereses de todos los agentes del cambio estén por debajo de los niños. Así, el cambio será posible si es sistémico, no solo técnico; será posible si de verdad pretendemos el desarrollo de una persona libre, crítica y comprometida. Solo hay una escuela mejor que aquella que es capaz de adaptarse al mundo; aquella que es capaz de transformar ese mundo.

Cuando no queda nada... Cuando necesitas todo.

"Si te acostumbras a poner límites a lo que haces, se proyectará al resto de tu vida. Se propagará en tu trabajo, en tu moral en tu ser. No hay límites; hay fases del límite, y no tienes por qué quedarte en ellas".
Bruce Lee
    “Cuando no queda nada…” Supongo que ahí empieza todo lo que significa y sintetiza un maratón, o al menos lo que he aprendido en los siete que he experimentado. Pero antes de que empieces a sentir que no queda nada, y que tu cuerpo y tu mente comiencen a enviarte las primeras señales de que te encuentras al límite -mucho antes- se libran las cuatro batallas decisivas para un maratoniano de toda condición y nivel competitivo.
         El maratón de Valencia, entre otras cosas, me ha enseñado esta síntesis que convierto ya en bagaje deportivo; pero también, y sobre todo, vital, pues no logro disociar el deporte de la vida; la vida del deporte.

1.   Una lucha con tu ILUSIÓN. (km. 1 al 12 aprox.).
a.    CONTEXTO. El ambiente es espectacular -18.000 corredores-, el día es maravilloso, la gente está entusiasmada, la ciudad está volcada con el evento… Los meses de entrenamiento te hacen llegar fuerte.
b.   MENSAJES. Entonces, los primeros kilómetros se convierten en una lucha para frenar tus ganas. Te sientes fuerte, poderoso, incluso se te pasa por la cabeza apretar algo el ritmo. “No te engañes con las señales que recibes del exterior y las tuyas propias” -piensas-, “queda un mundo, tranquilo; esto no ha hecho sino empezar”. ¡Cierto!
c.    CLAVES. Las sensaciones solas no pueden correr. No caer en la tentación de esa euforia que te rodea resulta fundamental. Claro que puedes llevar mejor ritmo, pero se trata del ritmo sostenido y asumible que te llevará hasta el km 42.

2.   Una lucha con tu CUERPO. (Km. 13 al 28 aprox.).
a.    CONTEXTO. Los grupos se han definido más o menos. Ya no reparas tanto en el exterior; solo de vez en cuando alzas la mirada para contemplar las calles y las personas. Efectivamente, las sensaciones en este tramo del maratón son diferentes. El cuerpo ya no va solo; ahora sientes que eres tú el que le mandas correr a ese ritmo. Y esa lucha con tu cuerpo es dura, porque tu cuerpo se defiende de esa exigencia. Y se lo va decir, de hecho se lo está diciendo ya a tu mente.
b.   MENSAJES. Ahora luchas con tu cuerpo. Tratas de negociar con él y llevaros bien. “Venga, vamos, ese es el ritmo, chaval, vamos” –te repites-, “¡qué bien vas, qué bien vas; este es el ritmo, venga!”, “Esto no va como quiero”, “Venga, km a km, vamos!, ¡está en tus piernas!”.
c.    CLAVES. El cuerpo te va a llevar a la meta; pero empiezas a comprobar que no será él el factor decisivo. Queda una tercera parte y los síntomas de frescura se han evaporado. El cuerpo empieza a limitarte y, lo que es peor, ha llamado a la puerta de tu mente para que te dé un toque de atención e incluso si es preciso, desistas de tu propósito. Tranquilo, no será tu cuerpo el que te lleve solo. Supera ese espacio…


3.   Una lucha con tu MENTE. (Km. 29 al 38 aprox.).
a.    CONTEXTO. No hay grupos ya, o al menos, yo he perdido a los míos. De vez en cuando adelantas o te adelanta alguien con el que vas haciendo el recorrido. Ya te da igual correr en Valencia con 18.000 almas, en Singapur o en la Subbética cordobesa con 75, como el último que corrí. Ya corres dentro de ti. Lo de fuera es una realidad casi virtual, porque la lucha ahora se celebra no en las calles, sino dentro de uno. Una lucha nada perecida a nada.
b.   MENSAJES. Ahora sí; se trata de negociar con tu mente. En este momento, aunque suceda dentro lo decisivo, toda voz de aliento se convierte en un mensaje imprescindible. Te llaman por tu nombre y, de pronto, alguien que no conoces te mira a los ojos y te imprime el aliento y la energía que no encuentras. “Vamos, Gaby, tú puedes!, ¡Ánimo campeón, ya queda muy poco!” –aciertas a escuchar-. Y ese es el mensaje ganador, el mensaje anónimo que haces tuyo, frente al ruido interior de desgaste que martillea el alma. “No puedes, para”, “Está bien lo que has hecho, pero esto es inhumano; no te lo puedes exigir” y quizá sea cierto, pero tan cierto como “Voy a llegar, dame esa fuerza, porque voy a llegar. Me has llevado otras veces… Paso a paso, metro a metro, zancada a zancada”
c.    CLAVES. No solo tu mente, que también se encuantra al límite, te va llevar a la meta; apenas quedan unos cuatro kilómetros para llegar. Tu ilusión del principio, tu cuerpo y tu mente no se han ido; están contigo, pero ellos han hecho su valioso trabajo. ¿Qué queda, entonces?

4.   Una lucha con tus EMOCIONES. (km. 39 al 42 aprox.).
a.    CONTEXTO. La gente no para de animar, y en algunos metros te lleva en volandas en un pasillo en el que apenas caben dos o tres corredores. Espectacular, emocionante la sintonía entre ciudad, carrera, gente y corredores. La Ciudad de las Artes  y de las Ciencias pregona la meta. No queda nada dentro, ¡nada, absolutamente nada! Pero te encuentras ahí, dando lo que no tienes, y descubriendo la grandeza y la miseria de la hermosa condición humana en un cara a cara con sus límites.
b.   MENSAJES. No hay más que reír y llorar. Te lleva tu corazón; te lleva tu alma; te lleva tu nada y te lleva tu todo. Te lleva sentir a quienes amas y están y a quienes amas y ya no están. Están todos y entran contigo. Al final, la vida, como el maratón, es el todos vibrante y encendido que generamos dentro cada día. Esa fuerza…
c.    CLAVES. Amo mi frágil humanidad y la de quienes me enseñaron y enseñan a amar el esfuerzo, la lucha, la celebración de la vida y el sentido de dar lo mejor en cada instante, ¡lo mejor, siempre lo mejor!
 

Hasta aquí Valencia 2015. Vendrán más retos como vienen más días. Gracias a quienes han estado conectados en algún momento desde el inicio hasta hoy. Distantes o cercanos, sois parte fundamental de alguna manera de ese "todos" que generamos y resuena dentro. Hay algo que compartir por propia experiencia: Cada maratón te entrega más de lo que te quita, mucho más.

"Calentando motores". Horas antes del maratón de Valencia 2015.


La luz te absorbe cuando llegas a Valencia. El sol, incluso en noviembre, besa de verdad, sin capricho ni estridencia, pero con la ternura serena de quien seduce confiado. Ya no hay marcha atrás; ni quiero que la haya. Han sido cuatro meses y medio – 18 semanas, o lo que es lo mismo, 118 días – en los que no ha faltado la ilusión, pero tampoco las pruebas, con unas últimas semanas en las que no había horas del día decentes ni con la suficiente fuerza para entrenar lo conveniente.
Ningún maratón se parece a otro; he de confesar que tampoco su dura preparación, por mucho que se parezcan su planificación. Después de estrenarme en Madrid, terminar cuatro en Sevilla y uno en la Subbética Cordobesa, afronto mi séptimo maratón como los otros, algo nervioso en la previa, pero confiado en la energía de la experiencia. Posiblemente no duerma bien; me ha venido ocurriendo la noche de antes en los seis anteriores. Pero antes de tumbarme definitivamente en la cama del hotel, me encantaría compartir algunas cuestiones previas con vosotros, sensaciones de esos momentos en los que las horas se consumen lentas anunciando el disparo que nos lance a unas 18.000 almas maratonianas.

1.   PLANO FÍSICO. La última semana bajas el ritmo de entrenamiento ostensiblemente, por lo que corres el riesgo de escuchar demasiado a tu cuerpo. Todo lo que te dice es verdad, ¡todo!, tanto si es bueno como malo, pero al final todo es interpretable e interpretado. APRENDIZAJE PERSONAL: No pienses, déjalo estar sin importancia. Aprende a no elaborar pensamiento de sensaciones que no puedes controlar… Tu cuerpo te llevará a la meta como te ha llevado al final de cada entrenamiento.

2.   PLANO MENTAL. La lucha puede ser muy interesante. Tu mente te hace ganar o te hace perder; puede ser tu aliada o tu enemigo en estos momentos. Demasiado ruido solo contamina. APRENDIZAJE PERSONAL: Cuida cómo te hablas; qué mensajes te lanzas; qué frases te repites; qué imágenes visualizas… Tu mente te llevará a la meta como te ha llevado al final de cada entrenamiento.

3.   PLANO EMOCIONAL. La energía del ser humano tiene un soporte emocional fundamental. El contacto con personas que forman parte del grupo de nuestros “ángeles emocionales” resulta decisivo en estos días y horas previas antes de correr el maratón. APRENDIZAJE PERSONAL: Viaja en equipo o con tu pareja, con algunos amigos. Si lo haces solo, que sea por decisión personal y por razones de peso. Distraerte, estirar, respirar distinto, nutrirte de sensaciones positivas resulta clave. Tu corazón te llevará a la meta como te ha llevado al final de cada entrenamiento.
    Y disfruta, disfruta todo lo que puedas. He experimentado que en un maratón cabe toda una vida, y las personas que la ocupan. Somos nuestros hábitos. No me considero mejor o peor que el resto por correr maratones, pero sí vivo en la certeza de que no me guardo nada para cada instante de esta vida que alguien me regaló. ¡A por el séptimo! Me gusta el número. Fuerza a todos los participantes; el verdadero premio es el alma que forjas, amigo maratoniano.

El precio del paraíso. Presentación de "Te protegerán mis alas".

“Vine a la luz un día impreciso en un lugar indeterminado. Mi madre me parió con tanto dolor que se dejó la vida en el intento”
Wentinam, protagonista de Te protegerán mis alas.

Puede parecerlo a fuerza de ser contada, a fuerza de ser revivida, pero no, por mucho que se parezcan unas historias a otras, no somos la historia que se repite; somos, más bien, la historia que se abre ante nuestros pasos, ese espacio y ese tiempo que se nos concede, aquel que incluso puede llegar a salvarnos.
Personalmente, no le supongo un ejercicio más noble al escritor que el de destellar historias; el de derramar emociones como se derraman las gotas de un perfume que parece traernos la misma eternidad prendida en su efímera fragancia de palabras e historias que cobran vida. Quizá sea esa, la vocación de toda novela, de esta novela, de la mejor y más alta literatura: traernos aromas de eternidad a un mundo que lleva cosido a su alma ese anhelo… Eternidad.
Nos adentramos en una novela que deslumbra con su historia por muy frágil y tenue que su luz parecer pudiera, una novela que derrama emociones nada más abrir la primera de sus ardientes páginas. Una novela que regala una intuición: a cada ser humano nos corresponde un sueño, y a cada sueño, un propósito; a cada sueño y a cada propósito le corresponden un ángel y un par de alas. Así sucede con Wentinam; y llego a pensar que, como le ocurre a nuestro protagonista, todos tenemos un ángel a nuestros pies desde que nacemos, aunque solo algunos lo ven y solo unos pocos lo reconocen.
Hay en la impronta creativa de José Miguel una habilidad muy singular para ganar el espacio y conquistar el tiempo para su novela. Así, el relato crea su espacio y su tiempo para dominarlo, recreándolos al calor de un estilo narrativo fresco, directo, generoso en imágenes y transparente en la riqueza conceptual de metáforas siempre oportunas. Se adentra el lector en sus páginas a golpe de palabras como latidos, de latidos como palabras que se agarran a la vida con esa fuerza de quien parece nacer cada día y morir cada noche.
Hay también en el texto adjetivos adheridos a la esencia de los nombres a los que incendian con su fuerza evocadora; adjetivos que cortejan a los nombres, adjetivos atrevidos y provocadores en su deseo de poseer la realidad sustantiva. Adjetivos sencillos, oportunos, vibrantes, sonoros; adjetivos convocados para asaltar una y otra vez la tibieza a la que hemos condenado a los nombres a fuerza de escucharlos. Hallamos proporción y ritmo, una suerte de cadencia expresiva que se forja con la chispa y el fuego de verbos exactos, palpitantes.
José Miguel es filósofo; no puede, aunque lo quisiera, esconder ni disimular esa devoción casi mágica por el poder del lenguaje. Ni puede esconder esa inercia creativa tan suya en la que el lenguaje importa; porque no es un instrumento más; se trata de un soporte esencial que hace y construye cosmovisión, que regala y genera mundo, concepto... y, por tanto, vida. Hay, de hecho, expresiones y palabras en el autor de TE PROTEGERÁN MIS ALAS que ya son forman parte de su propio estilo literario.
José Miguel es teólogo. Un sentido providente de la existencia sortea todo tipo de escenarios que asaltarán al lector sin apenas respiro ni solución de continuidad. El tiempo que sucede como línea inevitable (CRONOS), termina por caer rendido en los brazos maternales del tiempo que se revela; del tiempo que se abre como descubrimiento, como desafío, y también como oportunidad (KAIRÓS). Y de ese modo, entrelazado a un vitalismo descarnado, desnudo, deposita nuestro autor en sus personajes toda la libertad para las decisiones, la misma libertad que se torna en peso, con esa fuerza de gravedad que solo soportan los seres humanos que parecen vivir con la fecha de caducidad tatuada en la espalda.
Y José Miguel es escritor; articulista elegante, ensayista profundo y propositivo, pero inconformista a la vez ante las lecturas planas de la realidad entre las que se adormece y –quién sabe si se marchita- una parte del mundo quizá desapasionado, anestesiado; una parte del mundo que deambula buscando la parte del alma que perdió en alguno de sus caminos.
Pero ahora nos detenemos ante el novelista apasionado, quizá en el poeta que encuentra acomodo y proyección en la prosa; acaso en el narrador capaz de seducir a la poesía para intensificar la luz de las palabras, para perfumar la presencia de los sintagmas con los que impulsa relatos de fuego y vida… Y lo hacemos disfrutando de su madurez estilística y su compromiso con la realidad. De afilada técnica y ritmo vibrante, José Miguel ya reúne en sus escritos alguno de los rasgos de los grandes autores, que siendo previsibles en su estilo, se muestran, después de todo, desbordantes en sus historias, historias que ponen a nuestros pies para provocar nuestros pasos, en nuestros ojos para transformar nuestra mirada, y en nuestro corazón para –si así lo permitimos- agitar nuestras entrañas.
Escribía Octavio Paz: “Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo”. ¿Qué se puede esperar de quien ha mirado al miedo a la cara, de quien ha sostenido la mirada ante sus negros presagios o de quien ha desafiado a los días oscuros o a las horas marchitas que anuncian desgracias, más desgracias?, ¿qué cabe esperar de aquellos que no olvidaron las palabras de una madre porque ni siquiera tuvieron la oportunidad de escucharlas, de quienes robaron los besos al viento, lanzaron sus lamentos a las estrellas o reclamaron las caricias de la luna, porque no disponían de más techo que el abismo siempre inmenso de un cielo abierto?, ¿qué cabe esperar, finalmente, de quienes dieron la cara hasta partírsela por la dignidad que otros le negaron o arrebataron; de quienes derrotaron todo lamento y saltaron la valla de la opresión, dejándose la piel y hasta parte del alma en su intento; de quienes cruzan cada día un mar como si cruzaran del infierno al cielo?
Y es ahí, justo en esa tensión narrativa y su vaivén, donde se sostienen impolutos y desafiantes unos renglones hechos versos para que alguien recuerde; las historias de quienes son devorados por la historia, de cuantos son arrojados al agujero negro de la pena, la desmemoria y el olvido. Ahí, donde ya no quedan lágrimas por derramar, y la risa y el llanto unen caminos y destinos, ahí es donde navega la historia de Wentinam, de Abalogam, del padre Antonio, Dominique, Margueritte, Arsene, de Fátima o de Pedro, entre otros... de esa incandescente galería de personajes elevados por el poder del encuentro sincero, de encuentros tan profundos y auténticos que ni calculamos el beneficio ni reparamos los daños.
En definitiva, personajes atrincherados en sus desvelos, presos de sus sombras y esclavos de sus anhelos, a veces soñadores despiertos empujados por un extraño vértigo; personajes que pagan el precio de vivir con monedas de sangre y billetes de fuego; personajes, al fin y al cabo, para los que vivir es a veces un juego y a veces un mal sueño. Personajes para los que vivir es a veces es pisar fuerte, y la mayoría… llegar adentro.
Nos regala el autor con esta novela tan rotunda, esa habilidad de artesano con la que explora el alma humana, sus recovecos más ocultos, allí donde la alegría ensancha el alma, allí donde también luchamos con nuestro tormento; nos regala esa forma tan suya de recorrer lo escarpado de cada personaje, las aristas de su carácter o las oquedades de sus adentros. Hay en la obra, ciertamente, el placer de pasear lo insospechado, lo inhabitado, y de transitar incluso lo intransitable. Mantiene su prosa el eco lírico de los primeros poetas románticos, portadores de la energía más rebelde y vitalista. Pero subyace en cada línea, la lanza afilada y ardiente del realismo más social y subversivo; quizá, el verbo encendido e incendiario de las batallas que estallan dentro y se luchan fuera.
Cada encuentro que acontece en la novela no deja de alumbrar una noble y encarnizada conquista; asistimos a encuentros que son batallas, batallas que no tienen otro propósito que rendir el corazón del otro. Hay, para ello, riqueza y amplitud en el bagaje discursivo del autor. Amplitud por la oportunidad de encontrarte un relato cosido con el hilo de descripciones serenas y precisas, con una enjundiosa carga visual que coquetea con el arte cinematográfico. Y un discurso que muestra riqueza con la calidez de unas conversaciones que tan pronto desprenden la placidez de los instantes serenos como las turbulencias de sus escenas trepidantes; un discurso y un relato que, a pesar del ritmo que generan, dejan un hueco al lector para ocupar el tiempo y el espacio mágicamente creado.
         En José Miguel, la palabra se encuentran y se funden para mostrar una comunicación personalísima, envolvente, capaz de crear una atmósfera única, reconocible, y desprender con ella un aroma ya genuino que refresca algunos de los temas que vertebran el conjunto de su obra: el destino, la fe, la Providencia.
El destino se forja. Y ese forjado lo provoca nuestra actitud vital, nuestra palabra y la acción de nuestra pequeña historia para la gran historia. La lucha valiente de cada ser humano libra con sus márgenes, que contribuye decisivamente a la lucha de la humanidad con los grandes márgenes impuestos y concedidos. Solo entonces emerge el sentido providente de la existencia para rescatar al personaje del oleaje inhóspito de los días, de la imprevisible tormenta del océano que es la existencia.
Quizá hoy es la historia de Ventinam como la de un nuevo Moisés que al principio desconoce, niega y hasta reniega de su origen; que huye hasta el desierto para escapar de los miedos; hasta que una revelación providencial derriba los muros levantados. Quizá Wentinam como un nuevo Moisés que rompe las cadenas y sale de la tierra que lo hace esclavo y le roba el alma y su destino; que atraviesa el desierto y sus penurias hasta, después de una titánica travesía, respirar profundamente el aire que trae la tierra prometida que ya se divisa. Wentinam como un nuevo Moisés que nos interpela y nos provoca, que horada el alma de quienes nos empeñamos en sentenciar qué es la tierra prometida: ¿el lugar al que se llega o el lugar que tu vida, tus desvelos, tu lucha merece y que, en consecuencia, tus descendientes disfrutan? Tuvo Moisés como tiene Wentinam, el anhelo y el reto; la lucha…, y en ella su premio.
Después de todo, cuando las negras sombras nos acechan, solo nos queda la fe, aquello que nos impulsa a dar el salto sin tenerlo todo atado; aquello que nos empuja a no medir la distancia del salto porque ya no queda más suelo; porque ya no queda nada más que perder una vez que todo te ha sido arrebatado. Entonces compruebas, como sucede con Wentinam, que no hay desiertos intransitables, sino motivos inconsistentes.
Siento, que TE PROTEGERÁN MIS ALAS es la historia de un robo, de alguien que posee esa capacidad en desuso para movilizar tu corazón y cambiar el orden de tus latidos. La historia, por mejor decir, de quien secuestra por unos instantes tu corazón para devolvértelo instantes después siendo ya otro.
Novelas como esta hacen que sientas que no callarán la historia de los que no tienen voz, ni silenciarán el alma de quienes gritan en el silencio de la noche; no lo harán porque, hoy, como siempre, la providencia se hace hueco en nuestros días para susurrar al oído la melodía de sus promesas.

Te protegerán mis alas, José Miguel Núñez. Ediciones Carena. Barcelona, 2015.

El caso "VW" o cómo recuperar la confianza.

“Generalmente, ganamos la confianza de aquellos en quien ponemos la nuestra”
 Tito Livio.
            Podríamos discernir sobre los factores y valores que llevan a empresas y organizaciones al éxito completo: competitividad, calidad del producto, comercialización, atención al cliente, capacidad de innovación, política de recursos humanos… Difícil jerarquizarlos, ¿verdad? Nos quedamos con todos ellos y otros más que se te han ocurrido mientras los leías. Después de todo, la realidad de las organizaciones es orgánica, viva, dinámica.
Me atrevo entonces a compartir que, por esta y otras razones, es la credibilidad el valor esencial de las organizaciones, de todas en su conjunto, especialmente de aquellas orientadas a la actividad comercial. A fin de cuentas, todo se compra y se vende, todo es transacción, en la mayor parte de las ocasiones monetaria; en algunas otras, es tiempo, incluso implicación emocional, lo que marca el valor de muchas de las transacciones de hoy. De ahí que el caso “VW” haya hecho estallar algunas de las costuras del tejido comercial que une a organización y cliente.
Cuando la credibilidad se quiebra lo hace por una fisura en la confianza existente entre las partes. Ocurre del mismo modo en la pareja, con los amigos, la familia… Si verdaderamente hay algo complejo de recuperar en las relaciones es la confianza, el activo más poderoso que alimenta el valor de la credibilidad. La tarea que Matthias Müller emprende junto a sus 600.000 empleados es delicada, por lo que todas las organizaciones, CEOs y Escuelas de Negocios tienen a Volkswagen en el punto de mira de sus particulares “observatorios”.
Posiblemente, la recuperación de la confianza requiere de un proceso dilatado en el tiempo, con fases bien delimitadas y objetivos muy concretos para cada una de ellas, internas y externas, algunas con necesidad de alta visibilidad y otras con menos.

1.   SENTIR EL GOLPE. Es necesario experimentar la caída, hasta tocar el suelo de la situación, no porque nos guste sufrir, sino para salir desde donde la realidad exactamente te ha llevado, ese lugar y sensación precisa. No hacerlo desde la situación adecuada te puede hacer trazar una estrategia con altas probabilidades de desajustes.


2.   DECIDIR LA ESTRATEGIA. Se necesita una hoja de ruta compartida que demarque el inicio y proyecte la situación deseada. Y entre estas, las diferentes fases que contribuyen a acercarnos al objetivo final, con sus correspondientes acciones, responsables y tiempo.


3.   CAMBIO en el LIDERAZGO. Puede cambiar la persona, pero si no lo hace el modelo de liderazgo, vamos a conseguir poco. Una organización opta por un modelo, que, por supuesto, se encuentra en una persona y un equipo que lo hacen posible.


4.   GESTIÓN de la COMUNICACIÓN. Resulta fundamental la estrategia de comunicación; decidir la política de relaciones internas y externas. Con ellas se fortalece o debilita la red interna de la organización y las alianzas y/o acuerdos con los diferentes entornos. Ha de hacerse visible el cambio; ha de compartirse para ser conocido, respetado, valorado...


5.   EVALUACIÓN y RE-ADAPTACIÓN de las FASES. Emprendido el camino, no hay que temer cambiar; mostrarse lo suficientemente flexible y elástico para afinar la estrategia. La evaluación no es una cuestión del final del proceso, sino que es un factor aliado del que nos servimos tras la experiencia y resultados de cada fase.


6.   TIEMPO y CONFIANZA. Has apostado por un proceso que necesita su tiempo. Generar ese espacio de confianza y fe en lo establecido será determinante. Hay que tener en cuenta que habrá elementos que dependan de la organización, y otros… de la otra parte, aquella que, en mayor o menor medida, se ha sentido defraudada.


El caso “VW” no será el primero y el último que ponga sobre la mesa el reto de la recuperación de la confianza. Todos somos vulnerables, lo son también las organizaciones y equipos que están formados por personas; todos –buscado o encontrado- transitamos algún desierto. Siempre he creído que el reconocimiento de la vulnerabilidad es el principal síntoma de fortaleza de las personas; no creo, sinceramente, que sea muy diferente en el mundo de las organizaciones. ¿Qué valoraban en su marca? Ahí, quizá empieza todo.

"Emogestión" de equipos. Resultados, percepción y liderazgo.

"Únicamente hay un golpe que está en perfecta armonía con el campo (…) Hay un golpe perfecto que nos elige a cada uno de nosotros y lo único que tenemos que hacer es depejarle el camino”
De la película La leyenda de Bagger Vance.
Ningún equipo es tan débil que no disponga de un valioso resorte desde el que hacerse fuerte de nuevo, si es que verdaderamente cayó; como tampoco ningún equipo es tan fuerte que no experimente en algún momento la duda o el vértigo de las alturas que afronta. Gestionar la experiencia de fracaso es, a menudo, tan complejo o tan sencillo como gestionar la experiencia del éxito. Donde el fracaso puede hundir; el éxito puede narcotizar. Y, al fin y al cabo, tanto a uno como otro, mal gestionados, podemos otorgarle el poder de neutralizar nuestro desarrollo, reducir a la mínima expresión tu rendimiento y el de tu equipo.
Ciertamente, tu equilibrio emocional como líder, entrenador, coach, capitán, coordinador… es el que te mantiene en pie a lo largo de las caprichosas curvas que traza todo camino en nuestro propósito de alcanzar el objetivo con nuestro equipo. Tanto si te encuentras en una secuencia de resultados positivos como negativos, pueden serte útiles esta claves para gestionar tendencias, ciclos que, en definitiva, no dejan de trasladar a nuestro cerebro sensaciones, esas mismas sensaciones que se van a convertir finalmente en creencias para tu grupo de trabajo. Qué se puede hacer para salir de ahí o mantenerte, qué dos claves de gestión comparten el manejo tanto del éxito como del fracaso…


1.   Disociación entre los resultados y el equipo. Saca a tu equipo del territorio de los resultados para no dejar de hacerles ver quiénes son, por encima o por debajo de esos resultados.
a.    ZONA de FRACASO. Los resultados son datos que nos permiten analizar nuestro rendimiento, pero también, y sobre todo, datos que posibilitan trabajar para la mejora. Evita quedarte en la queja improductiva.
b.   ZONA de ÉXITO. Recuerdan que no son los resultados los que nos llevan al triunfo, sino el trabajo y todos los factores que ponemos en juego lo que hacen lo posible. Todo resultado solo es consecuencia. Celebra cada logro, pero trata de evita triunfalismos paralizantes.
2.   Compensación de estados emocionales entre Cuerpo Técnico y equipo. Empatiza y valora dónde se encuentra tu equipo. Conecta con su frustración o con su euforia, pero no seas tú ni una ni otra. (Puff, qué valor te concede esto como líder).
a.    ZONA de FRACASO. Ni puedes quedarte en ese fango ni te empeñes en sacarlos solo tú de ahí. Proporciona claves, actitudes, estrategias, posibles conceptos para aplicar…, pero que sean ellos quienes se piensen, sientan y crean capaces de hacerlo. Experimentarán que es la persona la que tiene el poder, la decisión y los recursos para hacerlo. Acompaña, pero evita ser el “mesías todopoderoso” y valora la fuerza de cada uno y de todos para salir de ahí.
b.   ZONA de ÉXITO. No eres un aguafiestas, y vives con pasión cada victoria, pero evita te entregarte en brazos de la euforia; trata de compartir la alegría, pero responsabilízate de poner el acento en todo aquello que hace estar ahí al equipo; conviene recordarlo. La digestión de la victoria puede ser dura si confundimos sus ingredientes. No dejes de manifestar qué les hace fuertes como equipo.

La emogestión se convierte en elemento esencial del liderazgo y desarrollo de equipos de toda naturaleza y misión. Después de todo, el talento necesita de todos los soportes que lo impulsen. Tu EQUIPO es más fuerte cuando TÚ eres también más fuerte. Trabaja tu mente; trabaja tu corazón. Despeja el camino…

De un conjunto de paredes a otro de ventanas.

“El aprendizaje es experiencia, todo lo demás es información”
Albert Einstein
            Definitivamente, ha dejado de ser una habitación para convertirse en una ventana; una hermosa ventana desde la que puede compartirse la mirada a ese mundo en su vertiginoso y vibrante movimiento. Me refiero al aula como espacio de aprendizaje compartido por docentes y alumnos, pero condicionado por muchos otros factores que también los necesita.
Cada vez menos, pero aún hay quienes se empeñan en pensar que el aula no deja de ser una habitación en la que acontece la muy noble experiencia del aprendizaje; quizá una burbuja que teoriza sobre la realidad y el mundo; que entroniza el contenido y trata de proteger de la posible contaminación exterior; que rehúye de la experiencia por no disponer de su total control. Y sí, puede que lo fuera –y hasta que fuera útil en su momento-, pero ya ha dejado de serlo. Y quienes mantienen retenidos a sus alumnos en esa escuela que agoniza, no solo están perdiendo la oportunidad de prepararlos para el tiempo y las claves de su entorno, sino que, además, se están perdiendo una realidad pujante que no necesita de más pre-juicio, sino de proyecto, estrategia y, sobre todo, pasión, mucha pasión por lo que se hace. Sí, definitivamente el aula es una ventana, no una habitación.
El cambio ha llegado para quedase… para quedarse un tiempo, como se han quedado otros cambios de la historia, de las generaciones, para transcurrido su momento, dar paso a otro cambio, y a otro, permaneciendo en todos ellos el ser humano como lo permanente. Cambian los entornos, los contextos, las claves, las herramientas, cambian los paradigmas para desde ellos hacer cambiar a mujeres y hombres de cada tiempo, que sin embargo mantienen de todo este movimiento informe, un deseo intacto y un anhelo permanente: su plenitud, su desarrollo, ese deseo inoculado en su alma para ser libre y volar. Preparar ese vuelo…
Un cambio que reta y requiere lo mejor de cada una de las partes implicadas: educadores, alumnos, familias, administraciones…, la sociedad en su conjunto. Al fin y al cabo, la resistencia al cambio no es una cuestión tanto de comodidad, como de inseguridad, de incertidumbre por el salto que exige. ¿Posibles claves para transitar ese espacio de cambio y acciones que requieren?:


         No se exige estar ya en el modelo, porque tampoco se tiene la certeza de tenerlo, pero sí quizá estar en el paso que te hace salir y te acerca a lo que necesitamos, porque lo necesita el protagonista de esta historia, el alumno, pero tampoco dejan de necesitarlo, en su justa proporción, docentes, familias, administraciones y la sociedad en su conjunto. 
     A veces es necesario que se nos mueva el suelo para caer en la cuenta de las alas que disponemos. A veces es necesario que el aire mueva la rama para sentir la necesidad de volar. A veces es necesario sentir la fuerza del viento en contra para comprobar la consistencia de nuestros motivos. Como en todo, salir es la parte primera y fundamental para llegar.