El precio del paraíso. Presentación de "Te protegerán mis alas".

“Vine a la luz un día impreciso en un lugar indeterminado. Mi madre me parió con tanto dolor que se dejó la vida en el intento”
Wentinam, protagonista de Te protegerán mis alas.

Puede parecerlo a fuerza de ser contada, a fuerza de ser revivida, pero no, por mucho que se parezcan unas historias a otras, no somos la historia que se repite; somos, más bien, la historia que se abre ante nuestros pasos, ese espacio y ese tiempo que se nos concede, aquel que incluso puede llegar a salvarnos.
Personalmente, no le supongo un ejercicio más noble al escritor que el de destellar historias; el de derramar emociones como se derraman las gotas de un perfume que parece traernos la misma eternidad prendida en su efímera fragancia de palabras e historias que cobran vida. Quizá sea esa, la vocación de toda novela, de esta novela, de la mejor y más alta literatura: traernos aromas de eternidad a un mundo que lleva cosido a su alma ese anhelo… Eternidad.
Nos adentramos en una novela que deslumbra con su historia por muy frágil y tenue que su luz parecer pudiera, una novela que derrama emociones nada más abrir la primera de sus ardientes páginas. Una novela que regala una intuición: a cada ser humano nos corresponde un sueño, y a cada sueño, un propósito; a cada sueño y a cada propósito le corresponden un ángel y un par de alas. Así sucede con Wentinam; y llego a pensar que, como le ocurre a nuestro protagonista, todos tenemos un ángel a nuestros pies desde que nacemos, aunque solo algunos lo ven y solo unos pocos lo reconocen.
Hay en la impronta creativa de José Miguel una habilidad muy singular para ganar el espacio y conquistar el tiempo para su novela. Así, el relato crea su espacio y su tiempo para dominarlo, recreándolos al calor de un estilo narrativo fresco, directo, generoso en imágenes y transparente en la riqueza conceptual de metáforas siempre oportunas. Se adentra el lector en sus páginas a golpe de palabras como latidos, de latidos como palabras que se agarran a la vida con esa fuerza de quien parece nacer cada día y morir cada noche.
Hay también en el texto adjetivos adheridos a la esencia de los nombres a los que incendian con su fuerza evocadora; adjetivos que cortejan a los nombres, adjetivos atrevidos y provocadores en su deseo de poseer la realidad sustantiva. Adjetivos sencillos, oportunos, vibrantes, sonoros; adjetivos convocados para asaltar una y otra vez la tibieza a la que hemos condenado a los nombres a fuerza de escucharlos. Hallamos proporción y ritmo, una suerte de cadencia expresiva que se forja con la chispa y el fuego de verbos exactos, palpitantes.
José Miguel es filósofo; no puede, aunque lo quisiera, esconder ni disimular esa devoción casi mágica por el poder del lenguaje. Ni puede esconder esa inercia creativa tan suya en la que el lenguaje importa; porque no es un instrumento más; se trata de un soporte esencial que hace y construye cosmovisión, que regala y genera mundo, concepto... y, por tanto, vida. Hay, de hecho, expresiones y palabras en el autor de TE PROTEGERÁN MIS ALAS que ya son forman parte de su propio estilo literario.
José Miguel es teólogo. Un sentido providente de la existencia sortea todo tipo de escenarios que asaltarán al lector sin apenas respiro ni solución de continuidad. El tiempo que sucede como línea inevitable (CRONOS), termina por caer rendido en los brazos maternales del tiempo que se revela; del tiempo que se abre como descubrimiento, como desafío, y también como oportunidad (KAIRÓS). Y de ese modo, entrelazado a un vitalismo descarnado, desnudo, deposita nuestro autor en sus personajes toda la libertad para las decisiones, la misma libertad que se torna en peso, con esa fuerza de gravedad que solo soportan los seres humanos que parecen vivir con la fecha de caducidad tatuada en la espalda.
Y José Miguel es escritor; articulista elegante, ensayista profundo y propositivo, pero inconformista a la vez ante las lecturas planas de la realidad entre las que se adormece y –quién sabe si se marchita- una parte del mundo quizá desapasionado, anestesiado; una parte del mundo que deambula buscando la parte del alma que perdió en alguno de sus caminos.
Pero ahora nos detenemos ante el novelista apasionado, quizá en el poeta que encuentra acomodo y proyección en la prosa; acaso en el narrador capaz de seducir a la poesía para intensificar la luz de las palabras, para perfumar la presencia de los sintagmas con los que impulsa relatos de fuego y vida… Y lo hacemos disfrutando de su madurez estilística y su compromiso con la realidad. De afilada técnica y ritmo vibrante, José Miguel ya reúne en sus escritos alguno de los rasgos de los grandes autores, que siendo previsibles en su estilo, se muestran, después de todo, desbordantes en sus historias, historias que ponen a nuestros pies para provocar nuestros pasos, en nuestros ojos para transformar nuestra mirada, y en nuestro corazón para –si así lo permitimos- agitar nuestras entrañas.
Escribía Octavio Paz: “Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo”. ¿Qué se puede esperar de quien ha mirado al miedo a la cara, de quien ha sostenido la mirada ante sus negros presagios o de quien ha desafiado a los días oscuros o a las horas marchitas que anuncian desgracias, más desgracias?, ¿qué cabe esperar de aquellos que no olvidaron las palabras de una madre porque ni siquiera tuvieron la oportunidad de escucharlas, de quienes robaron los besos al viento, lanzaron sus lamentos a las estrellas o reclamaron las caricias de la luna, porque no disponían de más techo que el abismo siempre inmenso de un cielo abierto?, ¿qué cabe esperar, finalmente, de quienes dieron la cara hasta partírsela por la dignidad que otros le negaron o arrebataron; de quienes derrotaron todo lamento y saltaron la valla de la opresión, dejándose la piel y hasta parte del alma en su intento; de quienes cruzan cada día un mar como si cruzaran del infierno al cielo?
Y es ahí, justo en esa tensión narrativa y su vaivén, donde se sostienen impolutos y desafiantes unos renglones hechos versos para que alguien recuerde; las historias de quienes son devorados por la historia, de cuantos son arrojados al agujero negro de la pena, la desmemoria y el olvido. Ahí, donde ya no quedan lágrimas por derramar, y la risa y el llanto unen caminos y destinos, ahí es donde navega la historia de Wentinam, de Abalogam, del padre Antonio, Dominique, Margueritte, Arsene, de Fátima o de Pedro, entre otros... de esa incandescente galería de personajes elevados por el poder del encuentro sincero, de encuentros tan profundos y auténticos que ni calculamos el beneficio ni reparamos los daños.
En definitiva, personajes atrincherados en sus desvelos, presos de sus sombras y esclavos de sus anhelos, a veces soñadores despiertos empujados por un extraño vértigo; personajes que pagan el precio de vivir con monedas de sangre y billetes de fuego; personajes, al fin y al cabo, para los que vivir es a veces un juego y a veces un mal sueño. Personajes para los que vivir es a veces es pisar fuerte, y la mayoría… llegar adentro.
Nos regala el autor con esta novela tan rotunda, esa habilidad de artesano con la que explora el alma humana, sus recovecos más ocultos, allí donde la alegría ensancha el alma, allí donde también luchamos con nuestro tormento; nos regala esa forma tan suya de recorrer lo escarpado de cada personaje, las aristas de su carácter o las oquedades de sus adentros. Hay en la obra, ciertamente, el placer de pasear lo insospechado, lo inhabitado, y de transitar incluso lo intransitable. Mantiene su prosa el eco lírico de los primeros poetas románticos, portadores de la energía más rebelde y vitalista. Pero subyace en cada línea, la lanza afilada y ardiente del realismo más social y subversivo; quizá, el verbo encendido e incendiario de las batallas que estallan dentro y se luchan fuera.
Cada encuentro que acontece en la novela no deja de alumbrar una noble y encarnizada conquista; asistimos a encuentros que son batallas, batallas que no tienen otro propósito que rendir el corazón del otro. Hay, para ello, riqueza y amplitud en el bagaje discursivo del autor. Amplitud por la oportunidad de encontrarte un relato cosido con el hilo de descripciones serenas y precisas, con una enjundiosa carga visual que coquetea con el arte cinematográfico. Y un discurso que muestra riqueza con la calidez de unas conversaciones que tan pronto desprenden la placidez de los instantes serenos como las turbulencias de sus escenas trepidantes; un discurso y un relato que, a pesar del ritmo que generan, dejan un hueco al lector para ocupar el tiempo y el espacio mágicamente creado.
         En José Miguel, la palabra se encuentran y se funden para mostrar una comunicación personalísima, envolvente, capaz de crear una atmósfera única, reconocible, y desprender con ella un aroma ya genuino que refresca algunos de los temas que vertebran el conjunto de su obra: el destino, la fe, la Providencia.
El destino se forja. Y ese forjado lo provoca nuestra actitud vital, nuestra palabra y la acción de nuestra pequeña historia para la gran historia. La lucha valiente de cada ser humano libra con sus márgenes, que contribuye decisivamente a la lucha de la humanidad con los grandes márgenes impuestos y concedidos. Solo entonces emerge el sentido providente de la existencia para rescatar al personaje del oleaje inhóspito de los días, de la imprevisible tormenta del océano que es la existencia.
Quizá hoy es la historia de Ventinam como la de un nuevo Moisés que al principio desconoce, niega y hasta reniega de su origen; que huye hasta el desierto para escapar de los miedos; hasta que una revelación providencial derriba los muros levantados. Quizá Wentinam como un nuevo Moisés que rompe las cadenas y sale de la tierra que lo hace esclavo y le roba el alma y su destino; que atraviesa el desierto y sus penurias hasta, después de una titánica travesía, respirar profundamente el aire que trae la tierra prometida que ya se divisa. Wentinam como un nuevo Moisés que nos interpela y nos provoca, que horada el alma de quienes nos empeñamos en sentenciar qué es la tierra prometida: ¿el lugar al que se llega o el lugar que tu vida, tus desvelos, tu lucha merece y que, en consecuencia, tus descendientes disfrutan? Tuvo Moisés como tiene Wentinam, el anhelo y el reto; la lucha…, y en ella su premio.
Después de todo, cuando las negras sombras nos acechan, solo nos queda la fe, aquello que nos impulsa a dar el salto sin tenerlo todo atado; aquello que nos empuja a no medir la distancia del salto porque ya no queda más suelo; porque ya no queda nada más que perder una vez que todo te ha sido arrebatado. Entonces compruebas, como sucede con Wentinam, que no hay desiertos intransitables, sino motivos inconsistentes.
Siento, que TE PROTEGERÁN MIS ALAS es la historia de un robo, de alguien que posee esa capacidad en desuso para movilizar tu corazón y cambiar el orden de tus latidos. La historia, por mejor decir, de quien secuestra por unos instantes tu corazón para devolvértelo instantes después siendo ya otro.
Novelas como esta hacen que sientas que no callarán la historia de los que no tienen voz, ni silenciarán el alma de quienes gritan en el silencio de la noche; no lo harán porque, hoy, como siempre, la providencia se hace hueco en nuestros días para susurrar al oído la melodía de sus promesas.

Te protegerán mis alas, José Miguel Núñez. Ediciones Carena. Barcelona, 2015.

El caso "VW" o cómo recuperar la confianza.

“Generalmente, ganamos la confianza de aquellos en quien ponemos la nuestra”
 Tito Livio.
            Podríamos discernir sobre los factores y valores que llevan a empresas y organizaciones al éxito completo: competitividad, calidad del producto, comercialización, atención al cliente, capacidad de innovación, política de recursos humanos… Difícil jerarquizarlos, ¿verdad? Nos quedamos con todos ellos y otros más que se te han ocurrido mientras los leías. Después de todo, la realidad de las organizaciones es orgánica, viva, dinámica.
Me atrevo entonces a compartir que, por esta y otras razones, es la credibilidad el valor esencial de las organizaciones, de todas en su conjunto, especialmente de aquellas orientadas a la actividad comercial. A fin de cuentas, todo se compra y se vende, todo es transacción, en la mayor parte de las ocasiones monetaria; en algunas otras, es tiempo, incluso implicación emocional, lo que marca el valor de muchas de las transacciones de hoy. De ahí que el caso “VW” haya hecho estallar algunas de las costuras del tejido comercial que une a organización y cliente.
Cuando la credibilidad se quiebra lo hace por una fisura en la confianza existente entre las partes. Ocurre del mismo modo en la pareja, con los amigos, la familia… Si verdaderamente hay algo complejo de recuperar en las relaciones es la confianza, el activo más poderoso que alimenta el valor de la credibilidad. La tarea que Matthias Müller emprende junto a sus 600.000 empleados es delicada, por lo que todas las organizaciones, CEOs y Escuelas de Negocios tienen a Volkswagen en el punto de mira de sus particulares “observatorios”.
Posiblemente, la recuperación de la confianza requiere de un proceso dilatado en el tiempo, con fases bien delimitadas y objetivos muy concretos para cada una de ellas, internas y externas, algunas con necesidad de alta visibilidad y otras con menos.

1.   SENTIR EL GOLPE. Es necesario experimentar la caída, hasta tocar el suelo de la situación, no porque nos guste sufrir, sino para salir desde donde la realidad exactamente te ha llevado, ese lugar y sensación precisa. No hacerlo desde la situación adecuada te puede hacer trazar una estrategia con altas probabilidades de desajustes.


2.   DECIDIR LA ESTRATEGIA. Se necesita una hoja de ruta compartida que demarque el inicio y proyecte la situación deseada. Y entre estas, las diferentes fases que contribuyen a acercarnos al objetivo final, con sus correspondientes acciones, responsables y tiempo.


3.   CAMBIO en el LIDERAZGO. Puede cambiar la persona, pero si no lo hace el modelo de liderazgo, vamos a conseguir poco. Una organización opta por un modelo, que, por supuesto, se encuentra en una persona y un equipo que lo hacen posible.


4.   GESTIÓN de la COMUNICACIÓN. Resulta fundamental la estrategia de comunicación; decidir la política de relaciones internas y externas. Con ellas se fortalece o debilita la red interna de la organización y las alianzas y/o acuerdos con los diferentes entornos. Ha de hacerse visible el cambio; ha de compartirse para ser conocido, respetado, valorado...


5.   EVALUACIÓN y RE-ADAPTACIÓN de las FASES. Emprendido el camino, no hay que temer cambiar; mostrarse lo suficientemente flexible y elástico para afinar la estrategia. La evaluación no es una cuestión del final del proceso, sino que es un factor aliado del que nos servimos tras la experiencia y resultados de cada fase.


6.   TIEMPO y CONFIANZA. Has apostado por un proceso que necesita su tiempo. Generar ese espacio de confianza y fe en lo establecido será determinante. Hay que tener en cuenta que habrá elementos que dependan de la organización, y otros… de la otra parte, aquella que, en mayor o menor medida, se ha sentido defraudada.


El caso “VW” no será el primero y el último que ponga sobre la mesa el reto de la recuperación de la confianza. Todos somos vulnerables, lo son también las organizaciones y equipos que están formados por personas; todos –buscado o encontrado- transitamos algún desierto. Siempre he creído que el reconocimiento de la vulnerabilidad es el principal síntoma de fortaleza de las personas; no creo, sinceramente, que sea muy diferente en el mundo de las organizaciones. ¿Qué valoraban en su marca? Ahí, quizá empieza todo.

"Emogestión" de equipos. Resultados, percepción y liderazgo.

"Únicamente hay un golpe que está en perfecta armonía con el campo (…) Hay un golpe perfecto que nos elige a cada uno de nosotros y lo único que tenemos que hacer es depejarle el camino”
De la película La leyenda de Bagger Vance.
Ningún equipo es tan débil que no disponga de un valioso resorte desde el que hacerse fuerte de nuevo, si es que verdaderamente cayó; como tampoco ningún equipo es tan fuerte que no experimente en algún momento la duda o el vértigo de las alturas que afronta. Gestionar la experiencia de fracaso es, a menudo, tan complejo o tan sencillo como gestionar la experiencia del éxito. Donde el fracaso puede hundir; el éxito puede narcotizar. Y, al fin y al cabo, tanto a uno como otro, mal gestionados, podemos otorgarle el poder de neutralizar nuestro desarrollo, reducir a la mínima expresión tu rendimiento y el de tu equipo.
Ciertamente, tu equilibrio emocional como líder, entrenador, coach, capitán, coordinador… es el que te mantiene en pie a lo largo de las caprichosas curvas que traza todo camino en nuestro propósito de alcanzar el objetivo con nuestro equipo. Tanto si te encuentras en una secuencia de resultados positivos como negativos, pueden serte útiles esta claves para gestionar tendencias, ciclos que, en definitiva, no dejan de trasladar a nuestro cerebro sensaciones, esas mismas sensaciones que se van a convertir finalmente en creencias para tu grupo de trabajo. Qué se puede hacer para salir de ahí o mantenerte, qué dos claves de gestión comparten el manejo tanto del éxito como del fracaso…


1.   Disociación entre los resultados y el equipo. Saca a tu equipo del territorio de los resultados para no dejar de hacerles ver quiénes son, por encima o por debajo de esos resultados.
a.    ZONA de FRACASO. Los resultados son datos que nos permiten analizar nuestro rendimiento, pero también, y sobre todo, datos que posibilitan trabajar para la mejora. Evita quedarte en la queja improductiva.
b.   ZONA de ÉXITO. Recuerdan que no son los resultados los que nos llevan al triunfo, sino el trabajo y todos los factores que ponemos en juego lo que hacen lo posible. Todo resultado solo es consecuencia. Celebra cada logro, pero trata de evita triunfalismos paralizantes.
2.   Compensación de estados emocionales entre Cuerpo Técnico y equipo. Empatiza y valora dónde se encuentra tu equipo. Conecta con su frustración o con su euforia, pero no seas tú ni una ni otra. (Puff, qué valor te concede esto como líder).
a.    ZONA de FRACASO. Ni puedes quedarte en ese fango ni te empeñes en sacarlos solo tú de ahí. Proporciona claves, actitudes, estrategias, posibles conceptos para aplicar…, pero que sean ellos quienes se piensen, sientan y crean capaces de hacerlo. Experimentarán que es la persona la que tiene el poder, la decisión y los recursos para hacerlo. Acompaña, pero evita ser el “mesías todopoderoso” y valora la fuerza de cada uno y de todos para salir de ahí.
b.   ZONA de ÉXITO. No eres un aguafiestas, y vives con pasión cada victoria, pero evita te entregarte en brazos de la euforia; trata de compartir la alegría, pero responsabilízate de poner el acento en todo aquello que hace estar ahí al equipo; conviene recordarlo. La digestión de la victoria puede ser dura si confundimos sus ingredientes. No dejes de manifestar qué les hace fuertes como equipo.

La emogestión se convierte en elemento esencial del liderazgo y desarrollo de equipos de toda naturaleza y misión. Después de todo, el talento necesita de todos los soportes que lo impulsen. Tu EQUIPO es más fuerte cuando TÚ eres también más fuerte. Trabaja tu mente; trabaja tu corazón. Despeja el camino…

De un conjunto de paredes a otro de ventanas.

“El aprendizaje es experiencia, todo lo demás es información”
Albert Einstein
            Definitivamente, ha dejado de ser una habitación para convertirse en una ventana; una hermosa ventana desde la que puede compartirse la mirada a ese mundo en su vertiginoso y vibrante movimiento. Me refiero al aula como espacio de aprendizaje compartido por docentes y alumnos, pero condicionado por muchos otros factores que también los necesita.
Cada vez menos, pero aún hay quienes se empeñan en pensar que el aula no deja de ser una habitación en la que acontece la muy noble experiencia del aprendizaje; quizá una burbuja que teoriza sobre la realidad y el mundo; que entroniza el contenido y trata de proteger de la posible contaminación exterior; que rehúye de la experiencia por no disponer de su total control. Y sí, puede que lo fuera –y hasta que fuera útil en su momento-, pero ya ha dejado de serlo. Y quienes mantienen retenidos a sus alumnos en esa escuela que agoniza, no solo están perdiendo la oportunidad de prepararlos para el tiempo y las claves de su entorno, sino que, además, se están perdiendo una realidad pujante que no necesita de más pre-juicio, sino de proyecto, estrategia y, sobre todo, pasión, mucha pasión por lo que se hace. Sí, definitivamente el aula es una ventana, no una habitación.
El cambio ha llegado para quedase… para quedarse un tiempo, como se han quedado otros cambios de la historia, de las generaciones, para transcurrido su momento, dar paso a otro cambio, y a otro, permaneciendo en todos ellos el ser humano como lo permanente. Cambian los entornos, los contextos, las claves, las herramientas, cambian los paradigmas para desde ellos hacer cambiar a mujeres y hombres de cada tiempo, que sin embargo mantienen de todo este movimiento informe, un deseo intacto y un anhelo permanente: su plenitud, su desarrollo, ese deseo inoculado en su alma para ser libre y volar. Preparar ese vuelo…
Un cambio que reta y requiere lo mejor de cada una de las partes implicadas: educadores, alumnos, familias, administraciones…, la sociedad en su conjunto. Al fin y al cabo, la resistencia al cambio no es una cuestión tanto de comodidad, como de inseguridad, de incertidumbre por el salto que exige. ¿Posibles claves para transitar ese espacio de cambio y acciones que requieren?:


         No se exige estar ya en el modelo, porque tampoco se tiene la certeza de tenerlo, pero sí quizá estar en el paso que te hace salir y te acerca a lo que necesitamos, porque lo necesita el protagonista de esta historia, el alumno, pero tampoco dejan de necesitarlo, en su justa proporción, docentes, familias, administraciones y la sociedad en su conjunto. 
     A veces es necesario que se nos mueva el suelo para caer en la cuenta de las alas que disponemos. A veces es necesario que el aire mueva la rama para sentir la necesidad de volar. A veces es necesario sentir la fuerza del viento en contra para comprobar la consistencia de nuestros motivos. Como en todo, salir es la parte primera y fundamental para llegar.

"DEL REVÉS" o la agitada vida de las emociones.

“Lo que acceptes completamente te hará sentirte en paz, incluyendo la aceptación de que no puedes aceptar, de que te estás resistiendo”
Eckhart Tolle.
           
            Ni aliadas ni enemigas; quizá –eso sí- respuestas, reacciones, impulsos; o sencillamente un caudal de energía que permite conocernos y conocer todo aquello que constituye una de las maravillosas realidades de nuestra ineludible condición humana. Sea como fuere, las emociones se generan, están, se quedan, se instalan, o se van sin avisar para regresar pasado un tiempo que ni siquiera se encuentra acordado. La mayor parte de las ocasiones las presentimos, pero eso no significa que avisen cuando deciden llegar. Las emociones, a menudo, están sin ser notadas para estallar después en ese inescrutable giro en alguna de las esquinas de nuestro cerebro.
            De las emociones predominantes como la alegría, la tristeza, el miedo o la ira, podemos incluso no aprender nada en una vida entera, sin que por ello pase nada, pero si lo decidimos, sí que podríamos descubrir mucho, más de lo que creemos, de tal forma que incluso pudiéramos jugar con su presencia, sentirla, integrarla o –por qué no- condicionarla. Y en ese continuo ejercicio vital de descubrimientos puede acontecer –o no- el aprendizaje. Para todo ello, ya hay un inabarcable material sobre neuroplasticidad, que nos llevaría alguna que otra vida leerlo.
En cualquier caso, de las situaciones y escenas de la película Del revés me atrevo a compartir con vosotros cinco valores extrapolables al mundo exterior.
1.      El valor de CONOCERSE A SÍ MISMO. Somos únicos, de ahí la importancia de llegar a descubrir quiénes somos para conocer qué podemos compartir; qué podemos aportar de lo esencial y diferente respecto de los demás. ¿Qué EVITAMOS? Pretender que los otros sean como nosotros y comprendan y reaccionen a las situaciones como lo haríamos nosotros.
2.      El valor de SALIR (voluntaria o involuntariamente) DE LA REALIDAD conocida y asumida. Con frecuencia, hasta que no salimos de nuestra zona de comodidad, aquella que conocemos y dominamos, no descubrimos el rostro completo de la realidad en la que vivimos. ¿Qué EVITAMOS? Conformarnos, caer en la tentación de absolutizar la visión que tenemos de la realidad y las cosas.
3.      El valor de la EMPATÍA. Poner en valor el principio de la alteridad no consiste solo en la consciencia de la existencia del otro, de su realidad y especificidad como individuo, sino también en respetarla y entenderla; aún más, en alzar y promocionar el valor que solo atesora esa persona. ¿Qué EVITAMOS? El egocentrismo. Considerar que nadie aporta tanto como nosotros, llegando a sentirnos imprescindibles.
4.      El valor del TRABAJO EN EQUIPO. No se trata de una interacción pasiva e interesada, sino de una acción acordada, valorada, que pone el valor de cada uno y dispara el potencial creativo y operativo de la interdependencia. ¿Qué EVITAMOS? El individualismo; creer que el fundamento de los resultados obedece a nuestra imprescindible aportación; caer en la trampa emocional de sentirnos los salvadores exclusivos de la humanidad sufriente y doliente que nos espera con los brazos abiertos.
5.      El valor de la APERTURA al CAMBIO. Nada permanece, o al menos, casi todo cambia, al más puro pensamiento heraclitano. El cambio, sobre todo el que no decidimos, no es una realidad amenazante; no lo juzgues, el cambio simplemente viene, está y te reta… podemos verlo como una oportunidad; cuesta lo mismo situarse en una perspectiva u otra, la diferencia es que mientras una libera, la otra esclaviza. ¿Qué EVITAMOS? La tortura mental de pensar que nada cambia y todo es para siempre.

En Del revés, todo lo que pasa fuera (realidad del mundo) termina por suceder dentro (cerebro de la persona), para volver como reacción hacia fuera tras experimentar los procesos orgánicos de nuestro cuerpo. Y en ese columpio emocional nos sumergimos en cada uno de los inputs que recibimos del exterior, para no dejar de ser esos omnívoros cazadores de estímulos que lo devoran todo a través sus filtros sensoriales. Qué bueno que provoquemos ese trabajo en equipo dentro de nosotros; que alegría, tristeza, miedo, asco o ira estén ahí, haciendo ese trabajo que debemos dejar hacer…

Entrenando intangibles. "La primera vez que la pegué con la izquierda" o la confianza como talento.

“Los líderes nacen, pero nacen tan pocos que a los demás hay que formarlos”
Peter Drucker.
        Mi amigo Sergio Fernández, además de llevar la generosidad por castigo, me regaló este verano un libro cuya lectura tenía decidida, pero aparcada. Y sucede lo que tiene que suceder; que cuando algo quieres que pase, termina pasando… Así llegó este libro a mis manos, fruto de la complicidad que destilan los corazones desprendidos y generosos. Y, por supuesto, lo leí, me entregué a su lectura curioso y expectante. Ya queda su poso burbujeante que hacen inevitables estos cuantos párrafos improvisados.
En ocasiones, tienes la sensación de que hay personas que parecen destinadas, llamadas, convocadas para preservar el alma y la esencia de las cosas, incluso también de las que parecen ya desalmadas por su tamaño o naturaleza, o sencillamente, por el desgaste de las horas estériles al que se ven sometidas. Quizá sea parte del mérito de Imanol Ibarrondo al centrarnos un balón como libro para que lo rematemos así, a bocajarro frente al portero de la desconfianza propia. Qué bueno que tuviera que ser el fútbol el que le dispensara la llave del mapa emocional humano. Lo ganamos como agitador de emociones.
Lo cierto es que, en un mundo entregado al imperio de lo tangible y a las leyes de la visibilidad; movido por los complejos intereses de los capitales movedizos, refresca adentrarnos en el deporte de masas, y en especial el fútbol, que tanto interés despierta y tanto mueve como industria, desde la orilla de lo intangible; desde el taller apacible del artesano que escucha con atención y pregunta con sabiduría; desde el camino que se adentra en las costuras de los motivos y los propósitos más profundos hasta llegar a lo verdaderamente esencial: la persona.
Sin caer en la trampa editorial del manual al uso, tan abierto como frío en su pretensión de alcanzar la inexistente totalidad, un acentuado sentido práctico y sugerente recorre las páginas de La primera vez que la pegué con la izquierda. Precisamente su paciente trenzado con un mundo tan concreto como el fútbol, le habilita para cualquier otra disciplina, del ámbito profesional que sea. Al fin y al cabo, está el fútbol como pasión, pero el coaching como herramienta potenciadora concreta, terrena, que adquiere la forma de las “7Ps” para brillar allá donde tu elemento –en terminología de Ken Robinson- se encuentre. En todo caso, promete el taller, al que la lectura te abalanza como ola a la orilla.
Entrenar intangibles para mejorar lo tangible es propio del gremio de los sopladores de brasas, esos que reavivan el fuego interior de personas, deportistas, equipos, organizaciones…; esos que se atan la humildad como una bota de fútbol; que se retiran sabiendo que el fuego no es obra suya, sino de aquel que descubre todo su maravilloso potencial, ese mismo potencial que está abierto mientras nos alcance para latir en el instante que se nos da, este de ahora. Puede que vivamos de tanteos, de constantes y continuos resultados que se comparan, pero La primera vez que la pegué con la izquierda nos sumerge en un ideal tan concreto y posible como el de sentir que ningún marcador como la satisfacción de ser todo tú en el momento que eres. ¡Tú en el instante…!
Si la has sentido, ya es tuya; inicia de una vez la jugada, tu jugada. Ni siquiera pienses en el resultado; tan solo disfruta el placer irrenunciable de decidir y dar el paso que sientes. La confianza es un principio -muy activo- del talento. Trabajarla, entrenarla es atrevido y valioso. Buena lectura si así lo decides.


La primera vez que la pegué con la izquierda, de Imanol Ibarrondo. Kolima Books.

Elogio del iluso. La razón liberada.

“La locura es el estado en el que la felicidad deja de ser inalcanzable”
En Alicia en el país de las maravillas.

Dicen los expertos en materia de ilusionismo que la magia no existe, que solo hay magos y lo que percibe el público. Al fin y al cabo, el motor es la ilusión, y no solo en el mundo de la magia. Hay quienes, sin embargo,  se entretienen, se empeñan y hasta se pasan la vida pretendiendo encontrar el truco. Me encanta esa visión de los ilusos como personas entregadas en los brazos tiernos y sinceros de la ilusión. Demasiados tristes se empeñan cada día en descabalgar a Don Quijote de Rocinante y negarle aquella dicha que llaman locura; quizá demasiadas sobrinas, barberos, curas, amas… demasiado Sansón Carrasco infiltrado en los sueños para romperlos a golpe de lanza macabra.
Me encanta ese tipo de ilusos que estrenan días como se estrenan zapatos, y me encantan también ese tipo de ilusos que miran el final de la tarde como quien asiste al teatro de sus sueños; o que se detiene ante la luna o se maravilla del brillo inagotable de las estrellas; me encantan ese tipo de ilusos que sonríen en soledad recordando personas o sencillamente soñando momentos; me encantan ese tipo de ilusos que desafían las reglas del juego no porque no les gusten, sino porque aman también otras. Me encantan ese tipo de ilusos que regalan “te quieros” sin necesidad de monedas a la entrada o la salida, o que hacen las cosas porque les sale del alma, sin reparar si quiera en los daños propios o ajenos.
Tengo que decir que me encantan ese tipo de ilusos por muchas y muy variadas razones que comparto como una interminable lista que tú también puedes completar con las tuyas:
1.      Sonríen sin esperar que el mundo les sonría de una puñetera vez (Y los hay; he conocido a alguno).
2.      Se alimentan del bien que les pasa a los otros, porque, además, forma parte de su bien.
3.      Gozan de una conversación profunda y ridícula de la misma forma. Ríen por no llorar y lloran de felicidad.
4.      Entregan todo sin hacer más ruido que el de sus pasos al marcharse. Lo único que se atan son los cordones de las zapatillas.
5.      Son libres entre la esclavitud de tanta seguridad mal entendida y pretendida.
Hoy me detengo a elogiar a ese tipo de ilusos que muchos tachan de irresponsables porque sencillamente no se atreven a soñar como ellos; porque, de alguna manera, no están dispuestos a tropezar; sí, porque les preocupa más que les vean caídos en el suelo que sentirse más cerca de su sueño. Ellos no conocen ni conocerán sus alas. Ese tipo de ilusos lo llaman algunos inconscientes porque en el fondo desean sus pasos, su atrevimiento, su actitud y hasta su manera de afrontar cada tropiezo… pero, sobre todo, porque desean su corazón. Que nadie juzgue a uno de estos ilusos sin revisar cuanto de su alma rebosante desea. Ellos caen, lloran si tienen que hacerlo, y se levantan.